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Simplemente, Don Gregorio Álvarez

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Cayó muchas veces, pero también se levantó otras tantas. Quizás la primera caída haya sido a los cuatro años, cuando fue arrancado por su padre del regazo materno. Ella, Eloísa Sandoval vio como Gumersindo Álvarez huía con el pequeño Gregorio.

En Chos Malal -adonde llegó después de haber nacido el 28 de noviembre de 1889 en Ñorquín- ayudaba a su padre en el trabajo que dan las ovejas, y en sus ratos libres iba a la escuela. Allí cursó primero y segundo grado. Eran los dos únicos niveles que se dictaban en la zona. Por eso, repitió varias veces el segundo; para no quedarse en su casa sin nada que hacer, aburrido y triste por no poder estudiar. Después de varios años, al verlo sentado siempre en el mismo banco, su maestra le pidió que dejara de ir a la escuela. Su ocupación fue entonces la lectura.» El primer libro que cayó en sus manos fue el «Martín Fierro».

A los 10 años comenzó a trabajar como mensajero en la oficina de Correos de Chos Malal, donde una fría tarde de invierno se enteró que el supremo gobierno de la Nación estaba dispuesto a entregar becas para que dos niños del -por entonces- Territorio Patagónico, concluyeran sus estudios primarios en Buenos Aires. La única solicitud que se recibió, fue la del niño Gregorio Álvarez.

Viajó y rindió libre tercero y cuarto grado, pero fue desaprobado en quinto. Años más tarde, recordando su niñez, dijo que aquel traspié se debió a su desconocimiento sobre la regla de tres compuesta. «No figuraba en los libros que yo tenía», explicó.

Sus avances educativos fueron vertiginosos; al mismo tiempo que completaba la primaria, se preparaba para el nivel superior.

Estudió inglés, francés e hizo cursos de filosofía y letras. Cuando tenía 23 años, en 1912, ingresó a la Facultad de Medicina para convertirse en el primer médico patagónico de la historia argentina.

Gregorio Álvarez a los 25 años.
Gregorio Álvarez a los 25 años.

Por entonces, ya era el primer maestro patagónico.

Sin embargo, al promediar la carrera se sinceró ante un compañero, a quien le dijo: «Voy a dejar de estudiar. No tengo plata para pagar las mesas de exámenes».

Su amigo intentó convencerlo y como ayuda le sugirió que fuera a hablar con el rector, un tal Güemes, nieto del caudillo salteño. Este le dijo que era imposible que la Facultad le concediera una beca; pocos días antes habían otorgado las únicas dos disponibles. Pero al ver el rector el promedio de notas del alumno Álvarez, tomó una medida revolucionaria para la época: «Que se dejen de comprar escobas y cepillos pero jamás dejaré que un estudiante con 10 puntos de promedio, abandone su carrera», le dijo al joven conocido por entonces con el sobrenombre de «Goyo».

Esa tarde habrá regresado exultante a su casa, donde vivía con su esposa, Clotilde Tancredi, cinco años más joven que él. Se habían conocido en la casa de ella, donde Gregorio vivía mientras cursaba la secundaria, pero que se dispuso a abandonarla de inmediato, como hacían los caballeros, cuando comenzó a «conversar” con la menor de los Tancredi. Con ella se casó. Tuvieron tres hijas: Nélida, Nidia y Zulema.

Vivían de lo poco que Gregorio ganaba como profesor particular de inglés y francés y de su cargo como maestro en la escuela nocturna. Era tal la sencillez en la que se hallaban que habitaban una casa con otro matrimonio.

Al recibirse de médico, especializado en Dermatología con un promedio de 8,70 puntos, se fueron al campo. “Mi primera atención fue un parto que venía mal. El niño salía de cola y yo, con los únicos instrumentos que tenía, que eran mis manos, lo di vuelta». Su relato siempre fue comentado por los médicos del Neuquén.

En el año “22 recibió una tentadora oferta desde Buenos Aires, un puesto en el Hospital de Niños, nosocomio al que ingresó para desempeñarse durante 40 años, gran parte de ellos como jefe del Departamento de Dermatología.

Ya estabilizado en su labor, y con una mujer a su lado, compañera y amiga, comenzó a incursionar en la literatura. Su primera experiencia la había realizado en 1906, como alumno de sexto grado. El solo editó una revista a la que llamó «La Pluma», del que se realizó un solo ejemplar y que le fue regalado al maestro Carlos Sorondón. Una fotocopia de aquella legendaria publicación se encuentra hoy en la Dirección de Archivo Provincial.

Pero la tarea literaria y científica que desarrolló siendo adulto tuvo otra repercusión. Temas tales como las primeras expediciones al Neuquén. La etnosociología de la región, la toponimia, la vida de los indios tehuelches, los actos vandálicos de los Pincheira, la radiografía de Chos Malal y el detalle geográfico minucioso de la provincia, requirieron de don Gregorio el sacrificio y el esfuerzo. Fueron necesarias vanas décadas de trabajo constante.

Durante todos meses de enero, entre 1921 y 1962, Gregorio Álvarez salió a recorrer Neuquén para tomar apuntes del mundo que lo alumbró. En ese mes, sus pacientes del consultorio privado, del Hospital de Niños y de Socorros Mutuos, sabían que el «doctor Goyo» estaba en su tierra, seguramente a caballo, en compañía de su mujer, rebosante de vida y salud.

En 1948 viajó solo a Europa, a un Congreso de dermatología. En ese viaje tomó contacto con la literatura internacional

Leyó a Alfred de Musset y George Sand. Se enamoró de sus estilos, de sus estructuras, de sus vocabularios, que luego intentó emular. Un viaje similar realizó en 1954, pero esta vez con su amada Clota, a la que también llevó a conocer los Estados Unidos.

A Gregorio Álvarez le gustaba definirse como «ateo y apolítico», pero esto no fue escollo para que trabara amistad con el líder radical Arturo Humberto Illa. Alguna vez, quien fuera presidente de la Nación, lo tentó para que aceptara ser candidato a diputado, cargo que rechazó «por no ser meta a alcanzar», dijo. A pesar de haber sido invitado por Illia a su asunción como presidente, no concurrió. Pero sí fue a su casa, pocas horas después de que éste fuera depuesto. «Don Gregorio, gran hombre -dijo alguna vez Illia- fue el primero en venir a manifestarme su solidaridad cuando los bárbaros me echaron de la Casa de Gobierno».

Gregorio Álvarez - 1979
Gregorio Álvarez – 1979

La historia recordará que Gregorio Álvarez falleció el 11 de octubre de 1986, pero en verdad quizás haya empezado a morir veinte años antes, en Chos Malal, cuando perdió su esposa tras un accidente automovilístico. Habían salido de Neuquén unas horas antes. Conducía un chofer. Clotilde viajaba sentada en el asiento del acompañante. Gregorio descansaba atrás. Se habían intercambiado los lugares a mitad de camino. De pronto el chofer perdió el control del auto que dio uno, dos, tres tumbos. El trágico final llegó en Buenos Aires, adonde Clotilde fue trasladada, en estado desesperante, A medio recuperarse, guardando aún en su alma el dolor de la tragedia, el médico continuó sus viajes por el interior neuquino. Siempre con la misma pasión, pero ya con menor alegría. Estaba una tarde observando la flora y la fauna que rodea al extinto volcán Domuyo. Vio a un paisano acercarse al arroyito formado por las aguas que fluyen del interior de la tierra; aguas en estado de ebu-llición. El hombre bajó del caballo y se zambulló. Después tomó algas y se las pasó por el cuerpo. La curiosidad del doctor Alvarez lo llevó a hacer lo mismo cuando el paisano ya se habla alejado del lugar. Después guardó en un frasco un poco de agua, algunas algas y al ponerle la tapa, encerró sin darse cuenta, una mosca. Meses más tarde viajó a Buenos Aires y grande fue su sorpresa al abrir el frasco en su laboratorio, porque vio como se escapaba la mosca que había atrapado inconscientemente. “¿Cómo puede ser? –pensó. Las moscas viven un promedio de 45 días. Esta lleva encerrada casi un año». Relacionó este minúsculo hecho con lo que hizo el paisano, y se dispuso a investigar sin saber que iba a descubrir la fuente casi milagrosa de los males de la piel, su especialidad.

En 1969 cumplió 80 años. El escritor Jorge Luis Borges viajó en 1970 desde Buenos Aires para saludarlo. Por su precaria economía se desempeñó como médico hasta jubilarse a los 88 años. Su último recibo es de 104 australes. Se mantenía con este magro ingreso, más lo que percibía como asesor en indigenología e historia de la provincia, y una mensualidad que le otorgaba la UNC, de la cual es profesor emérito.

Partió el 11 de octubre de 1986. Su vida se apagó como se agota una vela, lentamente, pero siempre iluminando.

 

 


Extraído de: El diario de Neuquén – Suplemento del 12/10/86 en homenaje a Gregorio Álvarez. Título Original de la nota: «Gregorio murió, y con él, un siglo echó raíces.»


 

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