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Cuadreras y bochinches en Picún Leufú

Plan Quinquenal Neuquén

Las carreras cuadreras y las tabeadas, que se relacionaban con las yerras, las señaladas, las trillas, las domadas y las terminaciones de esquilas, creo que son los pasatiempos preferidos del gaucho patagónico. Más que la taba creo que a nuestros hombres de campo lo atrajeron las carreras cuadreras, pues a mi criterio, esas competencias se asimilan más a los gustos del criollaje.

Antes de una cuadrera hay trabajo para preparar los parejeros, en manos de los llamados “compositores”, toma de tiempo, vareadas, y un sin fin de preparativos que culminan el día del encuentro, donde al trabajo se agrega el coraje de los que manipulan o montan los animales que compiten, la picardía en la largada, según sea a bandera o envite, la preparación del animal, y la habilidad para llevarlo a la victoria. Además, las cuadreras son una institución de la idiosincrasia gaucha.

Hubo grandes parejeros en el país que protagonizaron famosas carreras. Voy a referirme a una sola, la gran cuadrera que conmovió el país entre el tordillo de Urquiza y el Pangaré buey de la zona de Chascomús, propiedad de un coronel hacendado, apellidado La Cruz. En esa trascendental ocasión triunfó contra todas las previsiones, el Pangaré buey, quedando postergado el famoso tordillo de Urquiza.

En nuestra zona se lucieron en las canchas muy buenos caballos y excelentes jinetes. Para no prolongar esta historia voy a recordar a los parejeros “El entrevero”, de Juan Lavalle, de Loncopué; “El Trucha”, de un señor Millain, de Centenario, luego vendido a Jesús Medhi de Plottier, como así también un zaino de mi padre, que fue conocido como “El Tuerto”, matungo que en los quinientos metros no lo alcanzaba nadie. Además, no puedo dejar de mencionar los parejeros de los hermanos Curruhuinca de Picún Leufú y de don Dardo Suárez, de Paso Aguerre. Recuerdo aquí la famosa carrera del primero de enero de mil novecientos cuarenta, entre el Alazán de Bustingorry y el Zaino de Seaje, que inspiró una milonga surera con letra de Barcia y música del payador analfabeto Marcelino Fuentes, y de la cual hago mención en el relato titulado “La milonga de Marcelino”. No puedo dejar de mencionar aquí al famoso y legendario jinete Julián Monte ni a otros como Tilo Zuñiga, Estelo Suárez, y Alberto Becerra.

Cuadreras y bochinches en Picún Leufú
Cuadreras

En nuestra república hay lugares populares para las cuadreras. En nuestras zonas también. Mi padre era muy aficionado a ellas, por ser “compositor” y propietario de caballos, y he sentido de chico, que las carreras trascendentes se realizaron en Ingeniero Jacobacci, Río Negro y Picún Leufú, Neuquén. Fue en este lugar donde por allá, en mil novecientos cincuenta y uno o cincuenta y dos, se midieron el Alazán marca Rosa de los hermanos Curruhuinca y el doradillo, del cual no recuerdo la marca, pero al que llamaban El Radical, propiedad de don Dardo Suárez. Corría el Alazán Don Tilo Zuñiga, famosa fusta cuadrera, y el doradillo, Estelo Suárez. Fue parejo el asunto hasta los quinientos metros, donde llegaron cabeza a cabeza. Viendo Zuñiga el empate, levantó al Alazán en el freno, le acomodó un chirlo y lo animó con un grito de ¡¡¡vamos no más, Alazán!!!. El grito y el chirlo, parece que surtieron un efecto definitivo en el Alazán, que apuró sus patas, se despegó del doradillo y llegó triunfante a la raya. Luego de ello vinieron las felicitaciones, los reproches, las discusiones, los abrazos, y el pago de las obligaciones. Terminada la reunión al aire libre con abundante asado y libaciones, se desconcentró el gauchaje y cada uno agarró para su lado. Don Manuel Bustingorry, junto con Agustín Curruhuinca fueron, previa visita a Ramón “Chito” Arias y su madre doña Mereja, protocolizada con abundantes licores, a ginebrear a lo de Mamerto Contreras, donde ya estaba el Güeñe Zuñiga. Fueron muy bien recibidos por don Mamerto y doña Pierina, su esposa, y de inmediato comenzaron a festejar por lo que habían ganado apostando al Alazán. Ya venían medio tocados por el alcohol, de una enramada que funcionaba en la zona de carreras, y en lo de Contreras terminaron de alegrarse. Conversaban entre ellos balbuceantes y trabados por la ingesta, cuando apareció en la puerta del boliche, siendo casi las veintidós horas, y cuan grande era, el oficial de la policía del Territorio Nacional del Neuquén, Rufino Carrizo Padrón. Se paró en la puerta, al modo de milico prepotente, haciendo sonar con fuerza su fusta en la bota del uniforme reglamentario. Nadie dijo nada y se siguió conversando, iluminados todos por un poderoso sol de noche, por lo general en aquellos tiempos de marca Petromax, colocado en el medio del boliche por don Mamerto. Como parecía que nadie se había percatado de su presencia, la autoridad caminó unos pasos, se paró frente a Agustín, y le gritó: “¿Ya andás mamao, indio porrudo?”.

Decirle esto a Agustín era declararle la guerra a Hitler. Se levantó Agustín como un puma, sin perjuicio del alcohol que cargaba y de un soberano cachetazo de revés, mandó al justicia a tierra, tan grande era. Enseguida se le echó encima, le apretó el pescuezo, sacó la daga de la cintura y comenzó a poner la hoja cerca de la garganta del caído, ante la mirada absorta de Bustingorry y El Güeñe Zuñiga, que se refrescaron de golpe.

Don Mamerto y doña Pierina habían quedado petrificados junto al mostrador. En ese momento entró al negocio, caminando muy rápido, el comisario Ferrera, quien al ver a su subordinado a punto de ser degollado, desenfundó la cuarenta y cinco reglamentaria y apuntó a la nuca de Agustín, que estaba de espaldas y sobre el oficial, quien al ver al superior comenzó a pedir auxilio. Al ver accionar al comisario, el Güeñe Zuñiga envolvió la lonja del rebenque para garrotear al comisario antes de que tirara y matara a su amigo. Bustingorry vio la cosa muy brava y, a su modo, desenfundó el colt treinta y ocho, que nunca se le caía de la cintura, y de un certero balazo destrozó el sol de noche quedando todos en una total y absoluta oscuridad. Aprovechó Agustín para salir puerta afuera, subir a su tobeano dominguero y como luz ganar el campo, seguido de cerca por el Güeñe. Bustingorry corrió a la camioneta, la puso en marcha y a toda velocidad se ausentó para su campo del Chocón. En el boliche quedaron los milicos a las puteadas; don Mamerto, a las lamentaciones; y doña Pierina, llorando a lágrima viva. No llegó a pasar nada, pero pudo pasar mucho. La rapidez de Bustingorry para buscar oscuridad con un certero balazo hizo que las cosas no pasaran a mayores. Como consecuencia de este entrevero, ni Agustín, ni el Güeñe, ni Bustingorry volvieron al pueblo hasta el año siguiente, cuando cambió la conducción policial. Y el nuevo titular, inició una encomiable labor de trabajo y acercamiento con todos los vecinos, también con los que habían tenido que ver con el oficial de dos apellidos y el comisario, este último cegado antes de usar su arma. Así eran los entreveros de antes. “De endeveras y no macanas” como dice un compadre mío de Picún Leufú. “Ahora, don Arabarco, no hay entreveros fieros como los de antes, porque la gente se pelea a las puteadas y calle por medio… Igualito que los gringos, vio don…?”             

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Extraído de: “Costeando (al tranco por mis pagos)”, de Mauricio Arabarco.


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