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Zapala, 1940 – (primera parte) – La trifulca

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Los expedientes de la Justicia Letrada del Neuquén territoriano muestran que ese tiempo no estuvo exento de hechos de sangre relacionados con la política, donde hay historias, verdaderas tramas para una novela de intriga y suspenso, donde la intolerancia y aniquilación moral del adversario político no solo quedaron grabadas en los escritos encendidos del momento, sino que sus autores terminaron siendo las víctimas, porque estos conflictos se saldaron con su propia muerte. Los casos más resonantes fueron los del periodista Abel Chaneton (Neuquén – 1917), Emilio Pessino(Chos Malal – 1930), Martín Etcheluz (Zapala – 1942).

La Ley de Territorios Nacionales limitó la organización política. La pequeñez de los poblados y el escaso número de habitantes sólo los habilitó a organizarse a través de Comisiones de Fomento. Zapala conformó la suya en el año 1919 y ya en la década siguiente, el crecimiento poblacional le permitió tener su propio municipio: para esa época esa localidad contaba con cerca de dos mil personas, según los datos que arrojó el Censo Nacional de 1926. La extensión de rieles del ferrocarril en 1913 que contribuyó al incremento de la actividad económica de la región, favoreció también un importante crecimiento poblacional. En la década del veinte, el flujo de personas y mercancías en el corredor Neuquén – Zapala era muy significativo con respecto a otras regiones del Territorio.

En Zapala se organizaron dos partidos vecinales: el Partido Demócrata Comunal y Concertación Popular. Por muchos años ambos partidos fueron los únicos que se disputaron el acceso al municipio zapalino. El primero de ellos ya aparece conformado en el año 1932; entre sus partidarios encontramos figuras representativas del quehacer de la ciudad: Martín Etcheluz, Ramón Idizarri, José Ricardes, Julio Endorzain (primo político de José Carro) y otros. En el partido Concertación Popular militaban: José Carro (h), Elías Sapag y Víctor Zani, entre otros.

Las elecciones municipales solían realizarse durante el mes de abril. El triunfo en una elección municipal implicaba, como en otras regiones del país, el primer paso hacia una carrera política mayor y además ejercer el control sobre los impuestos, los servicios públicos y los negocios en general. Por esta razón, aunque eran espacios de poder restringidos, los interesados se sirvieron de todos los recursos a su alcance para acceder a ellos. Las denuncias en torno al manejo discrecional que se hacía de la administración pública en general y de los fondos municipales en particular fueron haciéndose más frecuentes, y los conflictos entre los notables mantuvieron en vilo a la incipiente sociedad política del Territorio del Neuquén.

Zapala, 1940

Transcurría el mes de Mayo, los primeros fríos ya habían llegado para quedarse y los vientos cordilleranos golpeaban con impaciencia a los vecinos que esperaban que el tren de las 15.10hs. llegara de la Capital. La Estación era más bien pequeña y estaba constituida por unas pocas construcciones que se elevaban contra el andén: la oficina de encomiendas, un galponcito de chapa que servía como depósito de máquinas, y en el centro de la plataforma de metal se erguía la oficina de la jefatura junto a una pequeña salita de espera.

Estación de Ferrocarril Zapala - 1939
Estación de Ferrocarril Zapala – 1939

Los transportistas se agolpaban en la entrada de la oficina de encomiendas, esperando captar a los futuros pasajeros y los vahos cálidos de la única estufa cercana. Aquel día, unos minutos antes de la llegada del tren, dos hombres entablaron una discusión que culminó, entre golpes y bastonazos, con la intervención de la autoridad policial del lugar.

El hecho en sí mismo no fue más que una nota pintoresca, un episodio para dar que hablar a los vecinos que aguardaban impacientes la llegada del convoy. Sin embargo, este episodio apareció en la primera plana de un periódico de la Ciudad de Neuquén, ni bien circuló el rumor por la Capital. El titular denunció implacable: “Zapala bajo la violencia y el terror” “Los hechos malditos, que siguen sucediéndose en este vecindario, con el silencio culpable de las autoridades del Territorio han llegado a extremos tales que reclaman una solución urgente del Ministro del Interior, si quiere evitarse que esto epilogue a breve plazo en hechos luctuosos (… ) Ya no solo se está viviendo bajo el caos administrativo más bochornoso, (… ) se ha empezado a atentar contra la vida de vecinos honrados y laboriosos….”

¿Hecho maldito? ¿Hecho luctuoso? Una batahola de tales características no tendría nada de peculiar si no dijéramos que el episodio fue protagonizado por dos miembros muy respetados e influyentes dentro de su comunidad, que además formaban parte del núcleo de poder de la sociedad zapalina.

Citado a declarar dijo “llamarse José F. Carro, de nacionalidad español de 32 años, casado con tres hijos, de ocupación transportista. Reside de manera permanente en la ciudad de Zapala” (…) El incidente según declaró “fue iniciado por M. Etcheluz, quién entra vociferando en la oficina de encomiendas (…) ‘a estos desgraciados hay que enseñarles respeto’ (…) Cuando salió con el bastón que empuñaba en su mano derecha tiro dos bastonazos que él intentó repeler con su mano izquierda dándole a Martín Etcheluz un golpe de puño. El hecho termina allí cuando dos agentes de policía que estaban en el lugar los separan.

El alboroto y el griterío quebraron el sopor de la siesta zapalina. Aquella misma tarde, un joven comerciante había concurrido a la estación probablemente a recibir envíos provenientes de Neuquén, y junto a un joven cabo que esperaba el tren para dirigirse a su destacamento fueron testigos de la trifulca que ocurría a unos cuarenta metros, en la oficina de encomiendas. Pero además, según manifestaron los testigos, en la plataforma de metal de la estación cercano a ellos, pudo observarse una escena digna de un duelo medieval, dos hombres a unos metros uno del otro congelados en posición de ataque, cuchillo en mano el primero y revolver el segundo. Probablemente entretenidos, en este nuevo escenario, ninguno de los presentes percibió que uno de los protagonistas del supuesto duelo, el gallego García, de varias zancadas había llegado hasta donde estaba Carro gritándole a Etcheluz ‘¡ Usted tiene miedo, pero yo no!’. Y dicho esto, tomó por las solapas de la campera a Carro trabándose en lucha con el transportista.

Los silbidos del tren y la acción policial terminaron echando paños fríos a la frustrada vocación pugilística de estos vecinos zapalinos, aunque las acciones continuarían en la comisaría.

El proceso indagatorio

Uno a uno fueron citados a declarar en las dependencias policiales los protagonistas y testigos del hecho. Allí tuvieron que dar cuenta de lo sucedido en la Estación dándose inicio a un sumario de mucho más de cien fojas.

El primero en declarar, como hemos visto, fue uno de los agredidos, José Carro, protagonista del primer incidente junto a Martín Etcheluz. Los dichos de Carro revelaron que existía una hostilidad manifiesta, entre ambos. El declarante insistió en que no estaban en buenos términos por razones de índole política. “Es un hombre (Etcheluz) que tiene la pretensión de que todos los habitantes del pueblo deben marchar, pensar y desenvolverse como a él se le antoja “, sostuvo Carro.

Martín Etcheluz con su hija Hayde y con el hijo de Ramón Idizarri. 1936
Martín Etcheluz con su hija Hayde y con el hijo de Ramón Idizarri. 1936

Hubiera sido de esperar que el segundo contendiente, quién había dado de bastonazos a Carro, fuera citado de inmediato a fin de poder confrontar declaraciones. Sin embargo, el rumbo del expediente continuó por otros senderos no favorables, por cierto, para el gallego García.

Citado a declarar dijo “llamarse Elías Mansur Sapag, de 28 años de edad de nacionalidad libanés, de ocupación comerciante. Domicilio permanente en la ciudad de Zapala. El joven libanés sostuvo que mientras observaba la discusión entre Etcheluz y Carro, el gallego García lo provoca (…) ‘se me abalanza con el cuchillo en la mano y me ataca. Por eso me vi obligado a sacar el arma que siempre llevo encima’.” Interrogado acerca de cómo justifica él esa agresión, Sapag respondió ‘por ser contrario político de Etcheluz y a su vez correligionario de José Carro, quizás García pensó que yo tomaría venganza contra Etcheluz'(…).”

El argumento de la enemistad política entre los contendientes fue avalado por varios de los testigos interrogados en la causa. Otros optaron por esa caprichosa manera que tiene el decir de no decir y que se enmascara tras las sutilezas del silencio:

“(…) Interrogado por los hechos, dijo haberse retirado antes de que estos ocurrieran,
(…) que desde donde se encontraba no alcanzó a distinguir lo que ocurría,
(…) que se retiró para protegerse dado que alguien dijo que estaban armados.”

En una sociedad tan pequeña podía no ser saludable quedar ubicado en alguna de las veredas del conflicto, por eso esta clase de respuestas es habitual en las declaraciones. Quienes habían comprendido cómo funcionaban las prácticas políticas de la época, no parecían dispuestos a perder los favores que podían obtenerse de ellas. Estas razones podrían dar cuenta del por qué, a la hora de acusar a sus benefactores, algunos testigos perdieran la memoria. Los actores enfrentados eran hombres con poder y en la cotidianeidad sumaban lealtades, de un lado; y enemigos a muerte, del otro.

Estas disputas eran frecuentes y a veces muy encarnizadas. La prensa de la época también las registró: “Nunca fui político ni aún aquí, puesto que la de estos pueblos no puede llamarse política. Cuando vine al sur, traía la equivocada ilusión de que los bandoleros, recios y audaces se jugaban la vida en la huella. Pero aquí como en Buenos Aires, disfrutan del poder o lo apetecen.” Así lo expresaba un enojado galeno quien había militado en la década del 30 del radicalismo local.

Finalmente le llegó el turno de declarar al gallego García. Citado a declarar, dijo llamarse José García, de apodo el gallego, de 42 años, soltero, nacionalidad español, ocupación chofer (…). Cuando le preguntaron si tenía otras causas tuvo que mencionar los diez procesos que figuraban en su prontuario. De ellos, siete eran por agresiones, lesiones y resistencia a la autoridad. García se encargó de enfatizar que él no había ocasionado ningún incidente (…) Cuando llegó a la estación vio que Sapag apuntaba con el revolver en mano hacia la plataforma de metal (…) trató de persuadirlo para evitar una desgracia. Como no pudo extrajo el cuchillo que lleva siempre encima por razones de su oficio. Carro vociferaba que todos ellos eran una punta de cuadrilleros y sinvergüenzas refiriéndose a los partidarios de Etcheluz. Él se sintió afectado, porque es afiliado al partido democrático comunal…”. No quedó muy claro en su declaración cuáles eran las razones del oficio que hacían indispensable el uso de un cuchillo para el chofer. Pero las sucesivas declaraciones permiten ver cómo estaban conformadas las alianzas.

Nuestro cuarto protagonista finalmente fue requerido en las dependencias policiales Dijo “… llamarse Martín Cirilo Etcheluz, de apodo el lince o escobillón, Argentino, de 58 años de edad, casado, de profesión periodista, que solo cursó el primer grado de instrucción primaria, residente en esta ciudad (….)”

Corría el año 1902, cuando Martín Etcheluz llegó al Territorio transferido por la oficina de Telégrafos de Rosario a la que había ingresado en el año 1899. No se radicó de inmediato en Zapala, durante los primeros años del siglo XX, las huellas del “Lince” aparecieron cerca de Loncopué. Fue jefe de Correos en Zapala entre 1914 y1915. En 1923, fundó el periódico local, “La Voz del Territorio”, que actuó como un canal de expresión para muchos sectores vinculados a la vida pública zapalina. En su declaración sostuvo que “… ingresó a la oficina de encomiendas para ver si la estufa estaba prendida, cuando salió Carro, lo empuja haciéndolo trastabillar. Entonces se dio vuelta y le tiró un golpe con el bastón que al dar en la pared se rompió (…). Carro lo atacó y luego de esto fue detenido por la policía (…). No sabe qué pudo haber ocurrido después (…) se considera enemigo personal de Carro quién permanentemente lo amenaza que lo va matar…”

La enemistad entre los principales protagonistas de este relato es de larga data; no hay fecha exacta de su origen pero se puede rastrear desde el año 1926, año en que el padre del imputado, con el mismo nombre que su hijo, J. Carro había tenido acceso a la presidencia de la Comisión Fomento de Zapala.

 

Continúa..

 


Extraído de: Relaciones peligrosas. Violencia política y prensa en el Neuquén territoriano: 1920-1940. De Susana Debattista. Algunos partes han sido sintetizadas para su mejor lectura. Link al original Aquí
Fotos: Gentileza Museo Municipal de Zapala


 

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