La provinciaLagos y Bosques

Tensión en la zona fronteriza

Plan Quinquenal Neuquén

A fines de los años 70 se reabrió un antiguo conflicto con Chile por la disputa de las islas Picton, Lennox, Nueva e islotes adyacentes del canal de Beagle.

Las fuerzas armadas argentinas elaboraron el Operativo Soberanía y en diciembre de 1978 realizaron simulacros a largo de toda la frontera.

En San Martín de los Andes se captaban radios chilenas y no había otros medios informativos como no fueran los periódicos que llegaban atrasados.

En 1978 se instaló la filial local de LRA Radio Nacional con el propósito de divulgar novedades oficiales sobre la marcha del problema limítrofe. Formaba parte de un conjunto de seis radios zonales.

La emisora -que se instaló en tres días con equipos VHS- comenzó con trasmisiones de cuatro horas diarias y tres personas bajo la dirección de Roberto Aldo Arcagni.

El Operativo Soberanía se vivió intensamente en San Martín de los Andes, ciudad que está a 40 km del paso internacional Hua Hum y a menos de una hora y media de viaje de la frontera de Mamuil Malal.

El Tte. Cnel. Osvaldo Córdoba era el Jefe del Regimiento 4 que se constituyó en una figura clave durante todo el período, por ser conocedor de la zona, a diferencia de los oficiales que llegaron desde distintos puntos del país.

En noviembre de 1978 un jefe del Ejército acampó en la estancia Collun-Có ubicada entre Junín y San Martín de los Andes. Lo acompañaban aproximadamente mil hombres, que traían quinientos camiones, tanquetas, jeeps y armas. Ocuparon las viviendas, se instalaron y dispusieron del lugar.

Esa presencia militar llegó a diez mil efectivos en toda la frontera. Para pueblos patagónicos de vida apacible fue grande la conmoción.

Regimiento 4 de Caballería, regresando a San Martin de los Andes, luego de haber estado durante cuatro meses haciendo maniobras en el sector entre Moquehue y Ñorquinco, en el contexto del conflicto con Chile.
Regimiento 4 de Caballería, regresando a San Martín de los Andes, luego de haber estado durante cuatro meses haciendo maniobras entre Moquehue y Ñorquinco, en el contexto del conflicto con Chile.

Aprestos en la cordillera

El embajador chileno ante la Organización de Estados Americanos había denunciado la expulsión de Argentina de más de cuatro mil conciudadanos. Esa circunstancia fue triste en las zonas fronterizas donde son frecuentes los lazos de sangre con familias del país vecino.

Un detalle es revelador: cada 18 de setiembre, fiesta patria de Chile, era celebrada en el pueblo con un programa de festejos donde se enarbolaban las dos banderas, como si se tratara de nuestro 25 de Mayo.

Surgieron las listas de los lugares sanmartinenses potencialmente peligrosos porque en ellos había empleados chilenos. Ernesto Pfister recuerda un plano del casco urbano con tachuelas rojas pinchadas en las manzanas donde estaban esos comercios. Resaltaban muchos lunares rojos sobre el papel.

En los barrios Calderón y Vallejos vivían muchos chilenos; se trataba de un conjunto de casitas sencillas y muy agradables pintadas de colores con los marcos de las ventanitas blancas, recuerda Mario Muglia. Allí funcionaba entonces Laminadora Chapelco, un establecimiento maderero que tenía un galpón al que debían dirigirse los vecinos, cuando así lo disponían las autoridades.

“Nos hacían ubicar en una fila a los chilenos y en otra a los argentinos y era muy triste escuchar cuando los chicos pequeñitos preguntaban por qué estaban separados de los padres que formaban otra fila”, sostiene la Sra. Juana Herminia Mardones de Lema, chilena, hija de chilenos y madre de tres argentinos.

En el pueblo casi todos se conocían. “Los dos únicos puentes que entonces había sobre el arroyo Pocahullo estaban controlados por militares y cuando cruzábamos para hacer una compra, teníamos que informar a dónde íbamos y mostrar los documentos. Y unos minutos después cuando volvíamos con la bolsa del mandado, nuevamente debíamos sacar la documentación y contar de dónde veníamos… para un lugar donde todos formábamos una gran familia, esto era difícil”, agrega la señora de Lema.

Se habían establecido guardias especiales en lugares estratégicos como las dos antenas receptoras ubicadas en los cerros, los sitios donde están los filtros de la Cooperativa de Agua, en Radio Nacional y la Municipalidad. Se llevaba un registro de guardias y se había ordenado a los hombres que presentaran las armas que tuvieran en sus casas y las pusieran a disposición de las fuerzas militares.

El radio urbano se había subdividido. Cada sector contaba con un “jefe de manzana” que debía recorrerla por las noches y llamar la atención a los propietarios de las viviendas por las que se filtraba algún rayo de luz al exterior, durante los ejercicios de oscurecimiento. Ellos habían sido instruidos con códigos para la comunicación entre sí y debían reportarse periódicamente para informar las novedades.

El pueblo contaba entonces con un único lugar espacioso: el club Lácar. Allí se previó la instalación de un hospital si llegaba a hacer falta. Sobre su techo, así como sobre los de algunos hoteles, se pintaron las cruces que podían ser vistas desde el aire, indicando un puesto sanitario.

Se requisaban los vehículos, las embarcaciones, los catangos con sus bueyes y las ollas grandes de los establecimientos gastronómicos. Todo estaba sujeto a la “carga pública” Los vecinos recuerdan paseos de uniformados por el lago en lanchas requisadas y autos confiscados estacionados en la confitería Munich que estaba ubicada en el centro del pueblo.

En una oportunidad dos camiones nuevos del Municipio de San Martín de los Andes, dos de una estación de servicio y otro de un vecino fueron requisados y trasladados a Ñorquinco. Uno de ellos cargado de combustible se incendió por una maniobra accidental e hizo arder a los otros cuatro. Después, tras reclamar insistentemente, sus propietarios fueron indemnizados. En el lugar, todavía están los restos de las estructuras quemadas.

El pueblo bullía de militares que utilizaban los vehículos requisados a los indignados vecinos para sus compras privadas, relata Margarita Schroeder.

El clima militarizado se respiraba en todas partes una vez se estacionaron tanques, tanquetas y otros vehículos del Ejército cerca de la Escuela N° 5 y las autoridades invitaron a los docentes para que llevaran a los niños a ver el equipamiento.

El Ing. Juan C. Fontanive era jefe de manzana y su esposa Marta Rossi recuerda que él se impresionó mucho cuando vio bajar de un camión del Regimiento una interminable sucesión de ataúdes de madera ordinaria… Esos preparativos no podían anunciar otra cosa que la guerra.

Juana Herminia Mardones preparó mudas de ropa de sus pequeños hijos, los abrigos, los alimentos enlatados y algunos víveres guardados en un bolsón, por si tenía que evacuarse con ellos. Muchos sanmartinenses hicieron lo mismo.

Finalmente, después de avances y retrocesos en las negociaciones, la Junta Militar abortó el Operativo Soberanía y aceptó la mediación del Papa Juan Pablo II, quien nombró al cardenal Antonio Samoré para que actuase en su nombre.

En 1982 sobrevino la guerra de Malvinas y con la derrota terminó el gobierno militar.

La vida seguía

Mientras tanto, los hoteleros, cabañeros, gastronómicos, transportistas, guías y otros pequeños empresarios ligados al turismo que veían peligrar la llegada de visitantes, hacían colectas para pagar solicitadas en los diarios neuquinos y rionegrinos con el fin de atraer la llegada de turistas del valle, señalando que seguía la temporada veraniega.

Para distender ese ambiente la gente encontró en el humor la forma de sobrellevarlo. Así, a un jefe de manzana que se mostraba tranquilo lo apodaron “el capitán Sin Miedo”. La verbalización ayudaba a contrarrestar los temores.

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Fuente: San Martín de los Andes. Historia de una postal, de Ana María de Mena. Editorial Patalibro.


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