Historias

Cacería accidentada

 “No hay muchos, pero hay algunos” — nos había contestado un viejo poblador de estos lugares cuando por primera vez le preguntamos si había leones (pumas) en la región, hace de esto muchos años.

Venidos de Buenos Aires, de las llanuras “como billar”, nuestro trasplante a la montaña nos obligó a comenzar de nuevo el aprendizaje campero. Detrás de cada cerro había un misterio para nosotros; nos asombrábamos de ver pastar al ganado en las empinadas laderas, donde nos parecía que sólo por milagro podían andar las bestias; las quebradas nos dejaban suspensos, no atinando por dónde salvarlas; ante cualquier arroyo quedábamos perplejos, ignorantes de “las señas” que denunciaban los vados; mirábamos el campo sin atinar a individualizar los pastos aptos para la alimentación de las haciendas; y en la selva milenaria que se alzaba arriba de los mil trescientos metros, sobrecogidos por su misterio, nos sentíamos rematadamente inútiles.

De ahí que en el afán de acriollarnos en la región, de penetrar todos los secretos de la nueva vida que nos tocaba vivir, no dejáramos pregunta por hacer, rincón que no registráramos, privación que no sufriéramos, rigor climatérico que no experimentáramos. Así adquirimos, con el tiempo y la voluntad, la aptitud que nos ha permitido señorear la montaña.

Como el viejo criollo nos informara, si no abundan, hay leones en estas serranías. Viven en el bosque, en las cumbres poco frecuentadas, de donde sólo bajan a los valles en invierno, cuando la nieve les hace imposible la permanencia en las alturas. Mientras residen en ellas se alimentan de las alimañas silvestres, siendo una de sus presas favoritas el huemul, ciervo andino que mora en las cumbres boscosas de la región. Pero cuando los rigores del invierno los obligan a buscar el refugio de las quebradas próximas a los valles donde viven los rebaños domésticos, conviértanse en un temible azote de la ganadería comarcana. El león no caza sólo para saciar su hambre, sino que parece encontrara placer en matar reses, que luego deja abandonadas como un desafío al celo de los pastores. Y si es una leona parida la que “entra a la majada”, aquello conviértese en una hecatombe. Treinta, cuarenta, cincuenta y más ovejas amanecen destrozadas en el rodeo.

 Y entonces hay que perseguir a la fiera a todo trance, pues en cebándose, terminaría por producir un desastre en las majadas. Se dice, y nosotros lo creemos porque a ello nos obliga la experiencia, que la leona, en esos casos, hace tanto destrozo, por que enseña a sus cachorros a cazar. Esto mismo puede verse en el gato doméstico, cuando la madre, rodeada de su cría, consigue atrapar una laucha. La suelta luego entre su prole y queda ella vigilante para saltar sobre el mísero roedor en cuanto éste escapa de las garras inexpertas de los gatitos, a quienes, solícita y siempre alerta, les devuelve la presa una y cien veces. Y así la leona parida, en medio de una majada, mata y hace matar ovejas a sus cachorros hasta que la fatiga o la luz del día la lleva a su guarida, generalmente oculta en riscos poco menos que inaccesibles, en las cumbres nevadas.

Estábamos en pleno invierno. La nieve cubría totalmente las montañas, quedando descubiertos únicamente los valles y los faldeos abajo de los mil doscientos metros sobre el nivel del mar.

Se rumoreaba en los “puestos” de las andanzas de una leona parida por las cercanías. “Que Fulano vido el rastro en el paso tal; que Zutano dice que ha bajao el lión porque la tropilla llegó disparando, asustada, a las casas, y la madrina bufaba, divisando pa el alto; que Perengano vido algo en la meseta, entre el ñirantal, que le pareció lión, pero la niebla no le dejó ver bien, pero dice que los rastros son de lión, uno grandazo y dos como de cachorros”.

Y de los “puestos” el rumor llegó a la cocina de la estancia y de allí a nosotros. Recomendamos especial vigilancia a los peones de campo, con cargo de avisarnos en cuanto le “pisaran el rastro” a la invasora. Nos preparábamos para el hermoso espectáculo de una cacería en la montaña nevada, en la que el músculo y lo demás suelen ponerse a prueba.

En un día de esos, en circunstancias que montábamos a caballo para dar un vistazo a cierto rodeo, llega un muchacho, peoncito de uno de los “puestos” más distantes, con la noticia de que Ramón Alarcón, uno de nuestros “puesteros”, en compañía de otros vecinos, había muerto a la leona y los dos cachorros, allá lejos, en las nacientes del Llamuco.

A los dos días se nos presentó el hombre en la estancia, trayéndonos de regalo los tres cueros. Nos hicimos relatar la cacería.

Una cacería accidentada - Imagen ilustrativa
Una cacería accidentada – Imagen ilustrativa

La leona había bajado en la noche y muértole quince ovejas. Convidó a tres vecinos y la rastrearon. Siguieron a caballo hasta donde les fue posible, pues a lo abrupto de las laderas se unía el grave inconveniente de la nieve, que en partes, amontonada en “bardones” por el viento, alcanzaba a más de tres metros de espesor. Dejaron seguros los caballos y siguieron a pie, ora por entre la selva de la faldas, ya por entre riscos, o bien por la ribera del arroyo, aguas arriba, según la leona, con su instintiva malicia, o en el simple vagar de fiera repleta, había ganado su cubil. Siempre sobre el rastro, treparon al altiplano, pasado ya más de medio día de caminar embarazados por la nieve. En un acantilado que caía sobre la quebrada, se perdían los rastros. Era seguro que en ese lugar la leona tenía su guarida, y comenzaron a registrar todas las grietas y resquebrajaduras de las peñas que allí se amontonaban en la ordenación desconcertante de las formaciones basálticas. En una caverna formada por una enorme aleta de piedra, al reparo de los vientos, estaba la fiera. Les recibió con el sordo rugido de sus terribles enojos, madre, al fin, que se prepara a la defensa de su cría. Ramón llevaba un revólver cualquiera, de esos que los pulperos venden como “de los buenos”, y que si una de sus balas le acierta a uno en un ojo, todo lo más que causan es una nube. Los otros compañeros llevaban cuchillo y boleadoras. Ramón toma posición cómoda frente a la entrada de la caverna, apunta al pecho y hace fuego. Un rugido terrible llenó el espacio, y simultáneamente la leona se arrojó, en salto formidable, sobre su atacante. Una “cuerpeada” a tiempo salvó a éste del zarpazo; pero en la violencia del movimiento perdió el revólver. Rápido, echó mano al cuchillo y atropelló a la leona que en ese instante, arrollada sobre sus cuatro patas en el veril del acantilado, se disponía a saltar al abismo. Ramón llegó a ella en el preciso momento en que la fiera daba el brinco, y enardecido por la lucha brava y violentísima, sin reparar en lo que hacía, perdida ya la noción del peligro, se aferró a la cola con la mano izquierda. Y la fiera lo arrastró en su salto hacia el vacío. Felizmente, a cuatro metros del borde del acantilado, sobresalía una pestaña de la enorme pared basáltica, y en ella la nieve tendría como un metro de espesor. Leona y hombre cayeron juntos, ambos de pie, el gaucho siempre sujeto a la larga y poderosa cola de la bestia y ésta debatiéndose por alcanzarle con sus garras. La nieve había amortiguado el golpe de la caída y los dos adversarios estaban en plena posesión de sus medios. Ramón, sereno y ágil, no perdió un instante, y al arquearse la fiera para atacarle, “le buscó el lao contrario” y le partió el corazón de una puñalada.

Y el gaucho, al finalizar su relato, temblándole la voz por la emoción, agregó por todo comentario: ¡Viera, patrón, qué paisaje!”.

Bello debió ser, sin duda, en su sencillez salvaje, ese cuadro, viva representación del valor y de la fuerza en aquel escenario grandioso de la montaña nevada y solitaria. Tan bello, que hirió el fondo del alma ruda del montañés, arrancándole esa exclamación, que si incorrecta en la forma, acusa la fina sensibilidad del alma gaucha ante la belleza pura.

Félix San Martín – 1926

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Extraído del libro “Entre mate y mate“, de Félix San Martín, publicado en 1926.


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