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Las leyendas de Kalfukurá

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Kalfukurá (piedra azul), el lonco guerrero que supo hacerse respetar en las llanuras pampeanas del siglo XIX, que muriera pocos años antes del inicio de la segunda denominada “campaña del desierto”, era objeto de temible respeto por parte de los pueblos que habitaban el actual Neuquén, que no dudaban en pedirle ayuda en caso de que su mapu (tierra) estuviera en problemas, especialmente si se lo pedía su hermano Reuquekurá, como sucedió cuando entre 1860 y 1865 aproximadamente, se produjo la invasión muluche desde Chile.

Esa admiración reverencial, dio origen a muchas leyendas, que bien entrado el siglo XX, se seguían narrando en las rucas (casas) y los fogones mapuches de la cordillera neuquina, leyendas rescatadas y recopiladas por Bertha Koessler-Ilg, donde se ponía al bravo Kalfucurá, en un plano al que no llegan los simples seres.

He aquí algunas de ellas.


Según la leyenda, la madre de Kalfukurá dio a un perro grande el cordón umbilical del recién nacido, envuelto en grasa. El perro tragó el paquete entero, sin morderlo; en caso contrario, el hecho hubiese sido de mal augurio para el niño. El perro se encariñó con él. Después de algunos años, enemigos del padre quisieron secuestrar a la criatura, pero el perro, grande, valiente y apegado al niño, lo salvó y mató a algunos de los secuestradores. Ya desde que Kalfukurá era niño sucedían cosas extrañas en torno suyo. A su madre, a consecuencia de la impresión que le causó pisar los huesos de una víbora, se le retiró la leche. Una voz desconocida le dijo: “Si a una vaca le atas la ubre de modo que se parezca a tu pecho, ella tendrá leche para tu niño.” Y realmente fue así.

Se afirma que fue protagonista de muchos sucesos prodigiosos. Si, por ejemplo, quería cruzar un arroyo con sus tropas, éste se secaba hasta, el otro día. Hasta las rocas se partían para darle paso.

Se dice que su caballo preferido tenía en el lomo un hueso más que los caballos comunes, y por eso era tan veloz. Una vez tuvo un caballo de siete colores, el animal más maravilloso de la tierra. Lo llamó Treumún, es decir, Notru, posiblemente por su brillante colorido.

Cuentan que un día Kalfukurá subió al cerro más alto de su vasto territorio,y allá arriba chocó con el sol. Y que desde entonces el sol y él caminaron juntos, como antes habían hecho todos los grandes jefes. De su ‘hermano’ Kilapán conocemos también una leyenda similar.

Dicen también, que cuando el gran cacique tenía que tomar una decisión grave visitaba a una machi en una salamanca, o bien se guiaba por los movimientos de dos pájaros negros, que a menudo lo orientaban y defendían del peligro. Por ejemplo, una vez, en plena noche, en que él estaba con sus guerreros acampado frente al enemigo, los pájaros dieron tales graznidos y gritos, lo picaron y molestaron tanto, que Kalfukurá llamó a su gente y ordenó un ataque nocturno, que fue una gran victoria. Otra vez, estaba indeciso ante una grave resolución y se dejó guiar por los dos pájaros que, volando delante de él, lo condujeron a una gruta habitada por seres misteriosos, grandes espíritus (gruta que tiene un papel importante en muchas leyendas y cuentos, llamada Kurumalal) y allí Kalfukurá fue aconsejado por ellos, que lo decidieron a la lucha. Según otra leyenda, en una marcha contra los blancos, Kalfukurá decidió suspender el combate porque una avispa pequeña, la llamada kallfü malen, que quiso picarlo, fue devorada por uno de los pájaros negros, lo que Kalfukurá interpretó como auspicio desfavorable al combate; y realmente, el adversario tenía fuertes reservas emboscadas, cuyo escondite se ignoraba, de modo que Kalfukurá hubiese sido derrotado. También el origen de estas aves se explica por leyendas. Según una, se trata de una cautiva blanca que sufría enormemente en su cautiverio entre las numerosas mujeres del cacique, a pesar de haberle dado un hijo a Kalfukurá. Un día en que a ella le tocaba preparar la comida para su amo y señor, Kalfukurá quiso comer chaskiñ, y a ella no le salió bien la comida. Entonces, el cacique hizo, arrojar el chaskiñ a los perros, comió con otra mujer y con ésa pasó la noche. Como la situación de la cautiva amenazaba ser en adelante cada vez más penosa, la desgraciada intentó la fuga. En la selva fue devorada por un puma. Desde la noche en que ella huyó, aparecieron las dos aves negras en el toldo de la cautiva, y en esas aves vieron los indios al espíritu de la blanca, que venía a velar por su hijo, que el puma no mató y fue criado por el padre. La gente eludía el toldo, y Kalfukurá dio orden de no dañar a las dos aves negras. Los araucanos siempre afirmaron que, para Kalfukurá, pensar en la muerte de la madre de su hijo era un “oscurecimiento del alma” y que, en adelante, disminuyó la crueldad del jefe.

Dicen que Kalfukurá era invulnerable gracias a una gruta donde los viejos se hacían invulnerables si aprendían a recitar y cantar el verdadero canto de los brujos. También se atribuía su invulnerabilidad a la piedra mágica que llevaba siempre consigo, envuelta en una tela preciosa. El arma que contra él se dirigía rebotaba en su coraza, que estaba cosida de siete capas de cuero de cisne, y provista de rayas rojas y blancas, igual que la coraza de Chokorí.

Los viejos afirmaban que sus éxitos como jefe de guerra se los debía en gran parte a su capacidad de observar la naturaleza, don predominante en él. Una vez, según cuentan, un chinchimoyo le trajo una noticia que salvó a su ejército de una segura destrucción. Él sabía practicar la magia que sólo conocían los brujos superiores. Y era esa magia la que le allanaba los caminos. Como suele decirse de los grandes conductores de pueblos, parece que Kalfukurá obedecía a una voz interior que lo guiaba a la victoria.

Los mapuche suponían que Kalfukurá estaba en comunicación secreta con el legendario Ollol por medio de ciertos pájaros que eran los mensajeros, que lo animaban y prevenían. También del espíritu de las montañas, Trauku dicen que lo ayudaba con su buen auspicio cuando había que cruzar montañas con su gente, ya que el Trauku puede actuar sobre el viento, la lluvia, la nieve, las rocas traicioneras y los animales salvajes. Cuando, durante una marcha, enormes cantidades de mosquitos de los llamados zancudos cayeron sobre los guerreros, el Trauku acudió en ayuda de Kalfukurá y su gente con una vieja hechicera, la cual, de un gran trakal, libró numerosas avecitas negras, que en un abrir y cerrar de ojos, se tragaron a los zancudos.

Sus adeptos agradecían que Kalfukurá permitiese las tradicionales ofrendas y comer yeguas blancas. A la religiosidad de su tribu se atribuía su calidad de invencible. Antes de una lucha, Kalfukurá mandaba a sus hombres adornar los arbustos, salpicarlos con agua y rezar hacia las densas hojas para impetrar la victoria.

Calfucurá
Calfucurá – Ilustración Pepe Berraquero

Como cacique poderoso, Kalfukurá tenía muchas mujeres, pero a ninguna la compró. Como era muy temido por su crueldad, se apoderaba de las mujeres jóvenes y lindas sin que nadie se atreviera a castigarlo ni a reclamar indemnización. Cuando alguna le gustaba, la tocaba, como al descuido, en el brazo, en la mano o en la espalda. Ese roce era suficiente para declararla de su propiedad. Desde ese instante, la muchacha debía trasladarse a la enorme toldería del cacique, sin preocuparse más de su familia. Aunque tuviera temor y pena, no debía demostrarlo nunca. Una ñua domo que perjudicaba su reputación era entregada por él a sus soldados, que la trataban con crueldad sin límites para vengar a su señor.

Su crueldad es proverbial. A los perros cuyo ladrido le molestaba los envenenaba con panza de guanaco.

Nunca dejaba pasar algo sin vengarlo. Quemaba vivos a los prisioneros, pero nunca comió de la carne cortada al enemigo vivo, que, asada o cruda, era comida ante los ojos de la víctima. Pero comía solamente los corazones crudos, arrancados a los prisioneros vivos, porque eso significaba para él aumento de sus fuerzas. Autorizaba, o mandaba, que a los prisioneros cautivos se les raspara carne de las plantas de los pies y de las palmas de las manos, y que se les sacara la rótula, y hasta que se les recortaran las asentaderas, cuando había sospecha de fuga.

Entre los viejos indios corre una poesía que, seguramente por error, se atribuye a Kalfukurá. Dicen que fue compuesta en Chilidugu. El tema son enigmas que nadie sabía solucionar, adivinanzas semejantes a las de una payada. Se cuenta que las adivinanzas eran planteadas a enemigos de Kalfukurá, los cuales, al probarse incapaces de resolverlas, debían participar en el purulón, en la danza de las cabezas colgadas del canelo. Un mapuche de más de noventa años se acuerda bastante bien de la poesía cuyo texto reconstruye aproximadamente así: “Una pregunta quiero hacer que a nadie molestará: ¿Cuánto pesa el aire? ¿El mar, cuánto pesa? Y quiero respuesta a esta pregunta: ¿Cuántos granos de arena hay en las lagunas y en sus orillas? ¿Y cuántos frutos crecen desde el mar hasta la cordillera? ¿Cuántas leguas vuela un pájaro ligero? ¿Y cuántas estrellas hay en derredor, y cuántas le dan algo a la luna? Cada hoja de árbol es única, pero, ¿cuántas sombras tiene la suerte? Si acaso hay alguien que le guste contestar a mis preguntas, diga en esta ocasión cuántas señales corren en el viento. Y sobre cuántas leguas brilla el sol”. Nadie supo contestar las preguntas. Dicen que para Kalfukurá era una diversión martirizar con ellas a los condenados a muerte, con gran contento de su gente.

Dicen que sus ojos tenían una fuerza extraña. Que obligaba a los hombres a mirarlo en los ojos para asegurarse de que decían la verdad. Para los culpables, mirar los ojos de Kalfukurá era el peor castigo. Nadie podía jurar en falso mirándolos. El poder de Kalfukurá sobre los hombres era muy notable, y aún hoy los mapuche hablan de él en voz baja, afirmando que sus poderes los había recibido del sol.

Empleaba también el llamado “trabajo de los dedos” (de los pies), que permitía reconocer la conciencia de culpa. Al observar cómo el culpable, con el dedo grande del pie, dibujaba círculos y otros signos en la arena durante el interrogatorio, Kalfukurá hacía el juicio correcto.

Podía ser de una generosidad conmovedora. Afirman que era capaz de regalar su última piedrita de sal. Siempre cuidaba que se prepararan estos panes de sal, vigilando que siempre hubiera reserva de ellos. Otro manjar que gustaba mucho a Kalfukurá es el kuiul.

De las hierbas medicinales sólo aceptaba las que crecían sobre tierra de la que era posible hacer vasijas muy finas, de superficie delicada. Nunca tomaba agua de pozo. Prefería pasar sed si no tenía a mano agua de manantial o algún arroyo.

Cuentan los viejos que Kalfukurá era sonámbulo y epiléptico. Y que, para evitar o disminuir los ataques, ponía debajo del sitio en que dormía una cabeza de caballo. Mirar el cielo, las constelaciones, le proporcionaba una especie de alivio cuando su situación era crítica o estaba preocupado. Conocía las estrellas por su nombre. Su constelación predilecta, Uelu uitrau , era también su consejero, tenía una influencia especial sobre él.

Cuando se le preguntaba por su salud, siendo ya viejo, dicen que respondía siempre: “Ya hace mucho que mi corazón está alegre y contento porque todavía está sano. Todavía late como un caballo travieso que caracolea: pelala, pelala, pelala. No parece que esté demasiado cansado todavía. Hace más de cien años que caminamos juntos.” Muchas veces, los hombres de su época se preguntaron si su corazón estaría constituido de otra forma que el corazón de la gente común, porque realizaba cosas increíbles. Decían que el corazón de Kalfukurá fue siempre su guía, que el cacique lo obedecía, que el corazón era como una luz capaz de penetrar en la tierra, en el interior del mar y de la montaña, que veía todo para comprenderlo. Cuando mucho más que centenario, Kalfukurá murió en 1872, sus secuaces, juntos y llenos de temor, abrieron su cuerpo. Cuentan que hallaron dos corazones que seguían latiendo alegremente, que no podían morir, y que seguramente todavía laten debajo de la tierra, llenos de vida y fuerza eternas y que, tal vez por eso, la tierra tiembla a veces. Algunos han enviado espíritus para que lo averigüen, y los espíritus han vuelto llenos de miedo porque por poco no han perdido la vida: los corazones siguen latiendo debajo de la tierra para poder volver en ayuda de los araucanos, a conducirlos a la victoria final. Otros suponen que Kalfukurá está de vuelta ya sobre la tierra como un gran soberano o como blanco, compensando las derrotas y humillaciones con sus trabajos, y que se lo podrá reconocer por la piedra azul, que estará en su poder, la piedra del sabio Kalfukurá, el talismán que él encontró en los riñones de su caballo predilecto; piedra que, según dicen, no poseen los descendientes, los Namunkurá, cuya piedra santa es aquella que llegó nadando sobre el agua en un momento de gran miseria.

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Bibliografía: Tradiciones Araucanas – de Bertha Koessler-Ilg


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