Historias

“Tanto penar para morirse uno”

Plan Quinquenal Neuquén

Francisco Moreno hacía seis años que trabajaba en la Estancia “El Campanario”, un establecimiento ganadero ubicado en las cercanías del río Limay, en el departamento Collón-Curá, zona este del “triángulo”. Había nacido hacía 24 años en la zona de Sañi-Có, muy cerca de donde desarrollaba su tarea. Su madre los había criado con un gran sacrificio, a él y sus hermanos, enseñándoles que había que trabajar duro, que había que ser responsable y las recompensas vendrían en esta vida. Y Francisco cumplía religiosamente estas máximas aprendidas de boca de su madre, trabajaba de 12 a 15 horas diarias, y de 84 a 105 horas semanales. Se trabajaba los siete días a la semana, cada día… todos los días. -Y bueno -habrá pensado-, se es joven, hay una mujer que mantener-, y “el casalito”, la pareja de mujercita y varón, que lo alegraban a la noche de vuelta al rancho después de haber burreado todo el santo día.

Del padre hacía años que no tenían información, ni tenían idea de su paradero, había salido una vez y no se supo nada más. En cambio tenía a su madre viviendo con él. Y para mejor, en esos días de finales de noviembre de 1950, su hermano que estaba en la Marina, en Puerto Belgrano, allá en la lejana Bahía Blanca, los estaba visitando; andaba de licencia, y se había hecho una escapadita para ver la familia.

Francisco tenía motivos de sobra para estar alegre; ganaba bien, casi digamos que muy bien. Mientras que un empleado de Correos y Telecomunicaciones con 15 años de antigüedad cobraba $ 625 por mes, él en cambio recibía ¡$ 1200 por mes!, y además la casa. Otro peón, como Roque Vera, que trabajaba allí cerca, en el establecimiento de Zingoni, recibía por mes $ 180, y como desde la semana anterior lo habían ascendido a ayudante de Mecánico, su sueldo aumentó a $ 360. El chileno Vera era de los trabajadores voluntariosos, según decían de los comedidos que ayudaban a sus compañeros aunque estuvieran de franco. Por la distancia cercana en que vivían, seguramente ese final de noviembre oyó del accidente de Moreno.

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En un medio donde el trabajo efectivo no abundaba, y cuando se lo tenía no era bien remunerado, Francisco Moreno era un privilegiado, aunque era consciente de que “rendía por tres” en los trabajos del campo. Se daba maña para manejar la animalada y en las tareas diarias no era de los que mandaban desde arriba del caballo; Francisco era el primero en salir a la mañana y el último en dejar a la tarde. Hablamos de una sociedad donde la organización económica era predominantemente ganadera. Esta comprendía desde campesinos con un puñado de animales hasta las grandes estancias que trabajaban con un criterio capitalista de administración y manejaban miles de cabezas de ganado menor y mayor.

Emplearse en una estancia significaba la posibilidad de un sueldo que podía variar según se tratara de un empleo estacional, en tareas como la esquila o limpieza de potreros, que se realizaban normalmente en temporada; o de un empleo estable, con un sueldo mensual. En esta última situación, el trabajador podía ser puestero y vivir dentro del establecimiento -solo o con su familia- o bien vivir en los dormitorios del casco, y visitar a los familiares los fines de semana o de vez en cuando, dependiendo esto de la cercanía de los seres queridos.

Sin duda que en estas grandes categorías de trabajo solía haber situaciones intermedias, con funciones puntuales en cada explotación, aunque es indudable que uno de los empleos más respetados y prestigiados era el de “Administrador de Estancia”. No se llegaba por casualidad o por que se fuera simpático, había que estar “capacitado”.

Moreno llegó en poco tiempo, había comenzado a trabajar cuando tenía 18 años, y hoy a los 24 era un Administrador hecho y derecho, querido por el personal, coincidiendo todos en decir que se “llevaban muy bien con él” y lo apreciaban. Buena prueba de ello la da Belarmino Cañumil, un peón mapuche de 28 años, quién recorre incansablemente las orillas del río Limay; las islas, las rinconadas, hasta que finalmente, tres semanas después del accidente, da con el cadáver de quien él llama, “su patrón”.

Estaba como a 35 kilómetros río abajo de donde había caído. Todavía con la camiseta roja de mangas cortas, con calzoncillos de verano, alpargatas y espuelas chilenas… sólo que la naturaleza había causado estragos sobre su extinta humanidad.

¿Qué había ocurrido? Una tarde de fines de noviembre, Francisco y dos peones se acercaron al conocido sitio en el que existía un vado, un paso de agua, donde hacían pie para cruzar a una isla ovalada de dimensiones regulares, formada por la división del río en dos brazos. Había que bañar una tropilla de caballos. Francisco dejó su ropa en el costado del río, y se subió en pelo al caballo, el mismo que según los testimonios era manso y había montado varias veces.

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El vado era de unos 60 metros hasta llegar a la otra orilla. Todo iba bien hasta que sin mediar razón aparente, el caballo de pelaje oscuro se encabritó y golpeó con su cabeza a Moreno, atontándolo según los que lo vieron. El hombre era fuerte, pero con un río crecido por las aguas de los deshielos, y semiinconsciente por el terrible golpe, no pudo recibir los lazos que le tiraban sus compañeros desde la orilla, ni los gritos desesperados tratando de que reaccionara.

A fines de diciembre de 1950, Francisco Moreno yacía en el cementerio de Piedra del Águila junto a Roque Vera, ese peón chileno de 39 años, a quién había matado una rueda de camión de unos 90 kilos, mientras cargaba fardos de lana, una semana después que el Administrador de estancia pereciera ahogado. Ambos eran empleados ejemplares, ambos yacían muertos. Uno había dejado mujer, hijos y madre; el otro solamente una madre anciana.

Daniel S. Caminotti

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Capítulo: Entre Vados y tempestades, de Daniel S. Caminotti


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