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La provincia

El “brujo” Francisco P. Moreno (primera parte)

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Cautiverio en los toldos de Saihueque

El 23 de enero de 1880, cuando Moreno regresa solo a su campamento del lago Nahuel Huapi, después de realizar una excursión con fines científicos, es tomado prisionero por una partida de indios de la tribu de Valentín Shaihueque. Esta acción no le sorprende, pues desde que el 8 de enero de 1880 levantara su campamento en la pampa de Esquel y comenzara su viaje hacia el lago, sabía que estaba expuesto a este peligro. Aún cuando tenía conocimiento de que Saihueque había despachado partidas de indios en su busca, decide continuar con sus exploraciones de acuerdo al programa trazado. Dice Moreno: “… juzgué preferible afrontar las contingencias del futuro antes de retroceder sin haber conocido la topografía del S o el O del lago Nahuel Huapí y la región famosa del paso de Bariloche”.

Es escoltado por los indios que surgen de los tupidos bambúes y así llega al campamento del lago, bajo un añoso ciprés, donde le esperan sus hombres, tristes pero altivos. Ellos no han podido defenderse de los 65 indios capitaneados por Chuaiman, hijo del cacique Molfinqueupu (pedernal sangriento) y hermano del jefe de la caravana de indios que había sido tomada prisionera por el General Villegas.

Por suerte, dice Moreno, como con sus hombres habían quedado Utrac, hijo del cacique Inakayal, fiel indio que se titulaba su hermano, y Gavino, su intérprete, también indio y pariente lejano de Saihueque, la indiada no le había hecho ningún daño a sus prisioneros.

Moreno ya había meditado sobre cómo iba a proceder en caso de ser tomado prisionero. El plan elaborado contemplaba, en primer lugar, adopción de medidas conducentes a ir salvando a sus hombres, hasta quedar solamente con dos, ya que la balsa con la cual pretendía fugarse por el río Limay soportaría, como máximo, el peso de tres personas.

Al ser tomado prisionero, inmediatamente comenzó con la ejecución de su plan. Así, logró convencer sin mucho esfuerzo al “Secretario del Superior Gobierno de las Manzanas”, Loncochino que, según Moreno, “… es el mestizo más traidor y taimado que haya cruzado los Andes” que era conveniente despachar a tres de sus hombres con carta abierta al Ing. Bovio – quien, enfermo, había quedado en Tecka – ordenándole que inmediatamente debía incorporarse al campamento de Saihueque, en Caleufú. Como el mayor deseo de Loncochino era el de entregar completa la comitiva de hombres importantes de Moreno, para así recuperar parte de su perdido prestigio, aceptó la propuesta sin discutirla.

Moreno aprovechó esta circunstancia para que estos hombres transportaran las colecciones que hasta ese momento había reunido. Además, los instruyó sobre cómo debían actuar verbalmente: informarle al Ing. Bovio que no hiciera caso del mensaje escrito y no se moviera de Tecka, donde recibiría un nuevo mensaje con instrucciones precisas.

Después de cumplida esta parte del plan, quedaron junto a Moreno, además de los indios Utrac y Gavino, el entrerriano Melgarejo y el belga Antonio Van Tritter, veterano de la guerra del Paraguay, ambos hombres muy fieles y valientes, que ya le habían acompañado en otras ocasiones.

Loncochino transmitió a Moreno que tenía orden de llevarlo al campamento de Saihueque, en Caleufú, para que desde allí enviara una carta al Gobierno Nacional pidiendo la libertad de los indios que integraban la caravana apresada por el General Villegas. Mientras tanto él, Moreno, sería mantenido como rehén.

Inmediatamente emprendieron la marcha y dos días después llegaron a Caleufú, a orillas del río Collón Curá. Por este río, afluente del Limay, Moreno debía comenzar su fuga en una balsa, similar a la que usaban los indios para colocar en ella sus recados, para luego cruzar hasta la otra orilla nadando y agarrados a los costados.

Cuando llegó el momento de los cruces, Moreno comenzó a actuar. Para evitar sospechas en cuanto a la posibilidad de que utilizara el río para fugarse, fingió sentir un gran temor por el agua. Torpemente se conducía en ella y terminó pidiendo lo transportaran en la balsa. Los indios accedieron a su pedido, burlándose de él.

Tres horas tardaron en hacer los cruces y llegar al valle: las hogueras encendidas en las cumbres anunciaban la llegada de los cristianos.

Antes de acercarse a las tolderías debían esperar el aviso. Moreno aprovechó este descanso para ejecutar otra parte de su plan: entre unas piedras escondió algunos alimentos para cuando emprendiera su fuga en balsa (dos latas de sardinas, una de paté de hígado) y también algunos de sus instrumentos, pues éstos atemorizaban mucho a los indios.

Llegaron el día 25 de enero de 1880. El cautiverio, que iba a prolongarse hasta el 11 de febrero – día de fuga – constituiría una dura prueba para Moreno y sus acompañantes, la que pudieron sobrellevar gracias al extraordinario temple, coraje, astucia y resistencia física que evidenciaron ante circunstancias tan difíciles y peligrosas que debieron afrontar.

El primer día de cautiverio

El día 25 de enero fue sumamente tenso desde su comienzo. Fueron recibidos por indios enfurecidos, que estaban bebiendo sangre fresca y caliente de yeguas recién degolladas, que insultaban tanto a Moreno como a sus acompañantes al tiempo que los amenazaban, en especial a Utrac y a Gavino, a quienes consideraban traidores.

Moreno debía separarse de su dos compañeros – Melgarejo y Antonio – e ir solo al toldo de Saihueque. Temía que algo les pudiera pasar; les aconsejó mantuvieran la calma y permanecieran altivos ya que el indio respeta mucho el valor personal.

En cuanto a Utrac y Gavino, por su condición de indios, se alojarían con éstos.

Según reconoce Moreno, no estaba del todo tranquilo al entrar al toldo de Saihueque. El gran respeto que merecía por parte de los indios el “Peñi Huinca Moreno” o Hermano Cristiano Moreno no alcanzaba a frenar la desconfianza y malestar que los indios sentían por el hombre blanco a raíz de los atropellos que habían sufrido durante la Conquista del Desierto. Caciques amigos de Moreno, como Inakayal, Foyel y Saihueque, se sentían impotentes para contener la ira que dominaba a sus hombres.

Moreno bien sabía esto al entrar al toldo. Su comportamiento durante el largo parlamento fue notable: con serenidad, arrogancia estudiada y coraje extraordinario pudo salir airoso de tan dura prueba en la que, según sus propias palabras, se jugó su vida y logró que terminara sin vencedores ni vencidos.

En algunos pasajes de su relato, dice Moreno: “… para penetar en el gran toldo de Saihueque levanté el cuero que cubría la entrada. Saihueque estaba recostado en los almohadones del colchón de pieles que le servía de trono y cama. Diciéndome amigo, compadre, me extendió su mano, que rechacé. Tomé asiento frente a él, sin contestarle”.

El comportamiento de Moreno provocó la agitación de Saihueque, quien en forma destemplada llamó a Loncochino que entró al instante y detrás de él todos los caciques y capitanejos. El gran toldo se llenó con un  centenar de guerreros que venían a escuchar las razones del prisionero: hombres desnudos, pintarrajeados, con largas melenas y armados con hondas, boleadoras colgadas en sus cintos y largos facones, constituían la audiencia.

Moreno permanecía altivo con su traje de Sargento Mayor; Utrac y Gavino estaban sentados a su lado. No se amedrentó ante los insultos y amenazas de Loncochino y exigió se le respetara. Dijo: “Si hubiera sospechado que me insultarían en esta forma, no hubiera venido”.

Después de alternativas cambiantes, las partes terminaron cejando; Moreno aceptó escribir al día siguiente una carta al General Villegas para pedirle pusiera en libertad a los indios tomados prisioneros.

Terminado tan largo parlamento, Moreno volvió, nervioso y agitado, al lugar donde habían quedado sus dos asistentes. Recobró la calma al ver que, no obstante estar rodeados por una muchedumbre curiosa y nada amigable, habían sabido mantenerse serenos.

Seguía pensando Moreno en la aplicación de su plan. Una primera dificultad que debían vencer para lograr fugarse en la forma concebida era la de no dormir en el gran toldo del cacique. Moreno continuó su notable actuación: fingió estar muy enfermo, casi imposibilitado para caminar; con el apoyo de Utrac y de Gavino consiguió convencer a Saihueque que le permitiera vivir en la carpa que le había regalado en ocasión de un viaje anterior.

Apenas aceptada la propuesta, armaron la carpa a cuatro metros de distancia del toldo y con la puerta al naciente. Ningún toldo tenían al frente; sólo la cancha para la última carrera hacia el río. Esa noche durmieron en la carpa, sin guardia frente a la misma. ¿Cómo podrían pensar en la posibilidad de que se fugaran a pie a una distancia tan grande de la frontera?

Valentín Sayhueque, en mapudungun Chayweke
Valentín Sayhueque, en mapudungun Chayweke

Moreno continúa con la ejecución de su plan

Los días siguientes – hasta el 30 de enero – fueron más calmos y Moreno los aprovechó para ejecutar otra parte de su plan.

El día 26 se despertó con el pensamiento puesto en el Ing. Bovio; debía avisarle ya que emprendiera la marcha en forma inmediata hacia Choele-Choel. Aprovechó la bondadosa credulidad de Utrac y su ascendiente sobre él para convencerlo cuán conveniente sería que el Ing. Bovio se dirigiera a Choele-Choel e influyera ante el General Villegas para lograr la libertad de los indios tomados prisioneros. Desde luego, Utrac ignoraba el plan de fuga – y no lo hubiera permitido – ya que pensaba que cuando los indios liberados llegaran al campamento, Moreno podría marcharse y lo llevaría con él.

Al mediodía el indio elegido como chasque empezó su marcha con lentitud para no despertar sospechas, con un mensaje para el General Villegas que llevaba oculto en la “huincha” que usaba para sujetarse el pelo. Moreno estaba satisfecho: otra parte del plan se había cumplido.

El día 27 Loncochino empezó a asediar a Moreno. Impaciente, le exigió comenzara a escribir la carta prometida al Gobierno Nacional. Como Moreno quería retardarla, para esperar la salida del Ing. Bovio hacia Choele-Choel, aparentó estar muy enfermo. Además, agregó exasperado: “¿Cómo quieren que escriba las cartas si no me dan papel y tinta”.

Pero el día 28 comenzó, aunque en forma muy lenta, la redacción de las cartas. Loncochino lo vigilaba atentamente, interrumpiéndolo a cada momento para cerciorarse de que no escondiera ninguna hoja escrita.

El día 30 debía marcharse al chasque. Moreno logra convencer a Saihueque y Loncochino sobre la conveniencia de que sea uno de sus hombres el que lleve la carta. Antonio, el hombre elegido por Moreno para esa misión, es portador de dos mensajes:

El primer mensaje, leído por Loncochino, es la carta escrita por Moreno en la cual le pide al General Villegas que los indios tomados prisioneros sean puestos en libertad y regresen al campamento de Caleufú; cuando arriben, él será liberado.

El segundo mensaje, ignorado por Loncochino, escrito en francés y en una hoja de papel posteriormente hecha pedazos, lo lleva Antonio escondido en el cuello de su chaquetilla. En éste Moreno advierte a Villegas que no debe dar curso a su pedido, y que lo deje a él librado a sus propias fuerzas, ya que tiene armado un plan para fugarse y dirigirse a Choele-Choel.

Después de la partida de Antonio, Moreno queda muy satisfecho. Sus planes se vienen cumpliendo en la forma prevista: ha conseguido salvar a uno más de sus hombres, el fiel y valiente Antonio Van Tritter, que tantas veces lo ha acompañado.

Serenidad, coraje, astucia…

¿Cómo consiguió Moreno convencer a Saihueque y Loncochino que era conveniente enviar como chasque a uno de sus hombres? Así lo narra:

“Dígame, compadre – la pregunta a Saihueque – ¿sus indios tienen algún pasaporte para que lo dejen pasar en la frontera? Oír esto y alarmarse Loncochino fue más rápido que contarlo; avergonzado, confesó que no se le había ocurrido”.

Entonces agrega Moreno: “Yo le voy a dar un pasaporte, porque quiero que mi compadre Saihueque salga bien. Y en una carilla escribí una orden a un jefe de frontera que no se si existía, rogándole atendiese a los chasques”.

“Esto no termina de conformara Saihueque; quedó intranquilo y me preguntó”:

“¿No le harán daño a los chasques?

“No sé compadre; puede que no, si consiguen llegar sin ser vistos; pero si esto ocurriera, es muy posible que le hagan fuego, ya que ahora ustedes son enemigos del ejército”.

“Cacique y Secretario – agrega Moreno – quedaron muy confundidos con esta lógica tremenda. Los saqué de apuro diciéndoles:”

“¿ Por qué no mandan a uno de mis hombres ?” “Creo que Antonio conoce bien al fortín, y aún cuando estoy enfermo y me sirve de mucho, lo dejaría ir pues podría sacarnos de apuros”.

“Un momento después Antonio, azorado pero prevenido, montaba no sólo con las cartas sino también con una larga lista de pedidos: azúcar, yerba, ponchos, botas… El buen belga partió sin cambiar una palabra conmigo, pero agarrándose el cuello de la chaqueta: allí iba la carta oculta. Pero después distinguí que cruzaba el Caleufú y ascendía por la senda que conduce al Limay. Era hermosa la tarde; largo rato lo seguí con la vista y pensé: uno más de mis hombres salvado”.

Francisco Pascasio Moreno
Francisco Pascasio Moreno

Se suceden días de intensa agitación

Hasta el día de la partida de Antonio el campamento estaba tranquilo. A partir del día siguiente – 31 de enero – todo se transformó: comenzó una gran agitación de la indiada. Los chasques corrían veloces a través del valle; continuamente llegaban noticias cada vez más alarmantes. La intranquilidad alcanzó su pico máximo cuando un indio trajo la noticia que había escapado del Río Negro junto con otros dos que fueron apresados y fusilados en el acto.

“No quiero recordar aquellos momentos”, dice Moreno al referirse a los acontecimientos que tuvieron lugar en esos días y pusieron en peligro sus vidas. Las maniobras militares de los indios, sus simulacros de ataque a punta de lanza, la indignación de viejos guerreros que los insultaban y sometían a vejaciones, hacían realmente insostenible la situación. “… más de un punta de lanza – dice Moreno – me cosquilleó el pecho y más de una piedra de honda silbó cerca de mis orejas; aun así, debía aparentar perfecta serenidad: el menor movimiento de terror me hubiera perdido”.

Esos días de agitación terminaron con una gran reunión del consejo de indios, celebrado en el llano, que tomó la resolución de ocupar todos los caminos vecinos a la frontera y estar listos para el combate.

Terminada la reunión, los indios regresaron a las tolderías. Moreno aprovechó esta circunstancia para volver por la senda cercana al río y estudiar el camino elegido para su futura huida. Siguió simulando su terror al agua y fingiendo inutilidad, que causaba la risa de los indios. Así lo narra: “… al cruzar los arroyos me empapaba cayendo en los pozos, pero mi vista no perdía un sólo meandro del caudaloso Collón-Curá”.

Cuando llegó a la carpa encontró a Melgarejo muy asustado, quien se alarmó aún más al verlo en tan desastroso estado. Pero luego, cuando Moreno le confió que ya conocía el futuro embarcadero, quedó tranquilo.

“Aun cuando esa tarde sólo tuvimos para saciar el hambre “tallarines” hechos del cuero de un cabestro viejo, la idea y la alegría de vernos pronto libres los ablandó. El momento de la evasión se acercaba”.

Una semana más habría de transcurrir antes de la ansiada fuga en balsa por el Collón-Curá. La situación volvió a complicarse con la llegada de hechiceros notables que Saihueque había mandado buscar a Chile, y con la iniciación, el día 6, de las celebraciones religiosas conocida como la Rogativa, fiesta en la cual los indios se embriagaban y atronaban el aire con sus alaridos, tornándose muy agresivos.

Las celebraciones tuvieron en esta ocasión, un carácter muy agresivo prevaleciendo en las mismas un exaltado espíritu guerrero; la principal oración de los viejos capitanes, al regar con aguardiente sus rojas lanzas, consistía en pedir fuerza en su mano derecha para hundirlas en el pecho del huinca.

Los ánimos estaban muy alterados ya que, el día anterior al comienzo de estas jornadas, uno de los hechiceros llegados de Chile aumentó el temor de los indios, pues predijo una invasión de los cristianos. Moreno, respetado por los indios ya que era considerado un brujo poderoso lo enfrentó, y consiguió que modificara su versión: si bien el ejército daría malón, éste sería en los toldos de Namuncurá.

La tranquilidad que este hecho produjo fue de corta duración ya que circuló la noticia de que un chasque perseguido por los cristianos se había ahogado en el Collón-Curá. Aumentó la confusión la llegada de las primeras familias fugitivas – con informes alarmantes -, la tarde del día 5.

El día 6 Moreno fue sumamente agraviado e insultado; el 7, para seguir aparentando serenidad, asistió a los festejos, aunque a caballo, pues convenció a Saihueque que no podía caminar. El día 8 Saihueque no le permitió moverse de su carpa, ya que algo muy grave ocurría: el brujo “machi” había conseguido hablar con los “walichus” más poderosos y éstos le refirieron que muchos cautivos indios fueron muertos y los restantes prisioneros no regresarían a los toldos.

Comenzaron las deliberaciones para discutir la resolución a adoptarse. El hechicero indicó que para expiar a los indios era necesario matar a Moreno a la manera de los toros y de las brujas, arrancándole el corazón a orillas del agua. Pero Saihueque se opuso: nunca se mancharían sus manos con sangre de cristiano dado que, Chocorí, su padre, al morir le ordenó que jamás lo hiciera “pues ropas cristianas lo envolvieron al nacer”.

La firme posición de Saihueque permitió recobrar las esperanzas. Esa noche, dice Moreno “… dormimos contentos, porque además habíamos conseguido aumentar nuestras provisiones con el sebo de una oveja que cambié por mi única camisa”.

El día siguiente – 9 de enero – Moreno mandó a Gavino que le pidiera un caballo a Saihueque para asistir al sacrificio “illatun”; así Moreno quería aparentar ignorancia de lo que pasaba y, al mismo tiempo, que no tenía temores.

Mucho tiempo estuvo aguardando, en vano, el regreso de Gavino. De pronto una polvareda le indicó que un grupo de jinetes, de regreso a los toldos después de la orgía sangrienta, se acercaba a la carpa. Llegaban embriagados, atronando el aire con fuertes alaridos y profiriendo groseros insultos.

–  Melgarejo dice: “Nos van a matar, patrón”.

–  Moreno replica: “a que no se animan”.

Y diciendo esto salió a la puerta de la carpa en momentos en que Saihueque y Inacayal, borrachos, atropellaban. Con un fuerte grito Moreno los contuvo e increpó a Saihueque:

–  “¿Por qué no mandó el caballo que le pedí?”

Confundido, Saihueque balbuceó:

–  “Y…, perdiendo tropilla…, compadre”.

Inakayal quiso apearse, pero rodó al suelo y quedó tendido frente a la puerta de la carpa. Los indios lo levantaron y siguieron hacia los toldos.

Pero el desfile de indios a pie, frente a la carpa, siguió durante varias horas. Hombres y mujeres borrachos, llorando, gritando, insultando y clamando venganza, tornaban dramática la situación. Dice Moreno: “… escapamos milagrosamente, con sólo una puñalada que destrozó mi poncho”.

La mañana del 10 de enero amaneció con borrachos tendidos en todas direcciones, pero que no continuaron con sus manifestaciones, ya que el guerrero debía volver a cuidar sus valles. A la tarde Caleufú quedó solitario: el cansancio los había vencido.

El momento de quietud era favorable para analizar el plan de evasión elaborado. Moreno dijo a Melgarejo: “Ha llegado el momento de la fuga. O huimos o morimos”.

Encuentro entre brujos

Moreno, el “Toro Moreno” o el “Peñi Huinca Moreno” – Hermano Cristiano Moreno – era admirado y respetado por los indios, tanto por su gran resistencia física como por su enorme coraje, cualidades éstas que los indios valoraban en grado superlativo.

Pero otros factores contribuyeron a aumentar su prestigio y el predicamento que tenía sobre los indios: la fama que alcanzó como “brujo” poderoso, temido por los hechiceros de las tribus.

Dos versiones narradas por los mismos indios contribuyeron a cimentar su fama. La primera refería que el “brujo Moreno” había hecho brotar un perro de las aguas del Gran Lago – Nahuel Huapi. La segunda, que era tanto su poder que había movido la enorme piedra sagrada, emblema de la firmeza del poder de Saihueque.

Con respecto a la primer versión, lo ocurrido realmente fue lo siguiente: un perro que se acercó al campamento en busca de comida, se integró al grupo, acompañándolo posteriormente en sus exploraciones. Tan insólita e inexplicable aparición fue explicada por los indios atribuyéndole poderes mágicos a Moreno, que había hecho brotar el perro de las frías aguas del lago.

Es por eso que cuando Saihueque mandó buscar a Chile a tres hechiceros notables, sólo uno de ellos aceptó. Los otros dos no aceptaron porque, dice Moreno, “… temían habérselas con un brujo de mis fuerzas”.

El que se animó eligió, para sus evocaciones, un lugar alejado de la carpa donde vivía Moreno. En la noche del 4 de febrero se instaló en un tupido matorral, dispuesto todo lo necesario: una bolsa de tripas llena de piedras mágicas, el “rali” o tambor y los palillos para iniciar sus trabajos. Al amanecer del día siguiente, cuando ya caía extenuado, habló y dijo:

– ¡Los cristianos invaden!

La noticia en forma inmediata llegó a Saihueque, quien envió a Loncochino a despertar a Moreno.

Moreno enfrentó al hechicero frente a una muchedumbre de indios medio dormidos y desnudos. Dijo:

– El ‘Machi’ se ha equivocado, ¿acaso sabe más que yo que soy un brujo poderoso?.

Moreno argumentó que los elementos de consulta utilizados por el hechicero eran insuficientes; que debía fabricar un nuevo “rali” y otros palillos más poderosos. Así lo hizo el brujo, y comenzó a golpear en forma infernal su tambor, en medio de los gritos enloquecidos de los oráculos. Por fin, casi extenuado y movido sobre todo por el terror de enfrentarse con Moreno, cambió su versión. Dijo:

– Los ejércitos darán malón, pero no aquí; esto ocurrirá en los toldos de Namuncurá.

Moreno logró superar una situación muy angustiosa y tranquilizar los ánimos por un tiempo.

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Publicado en la revista Museo, que tiene como principal objeto difundir la sección cultural y científica que desarrolla el Museo “Francisco Pascasio Moreno” de La Plata. Está basado en el relato del propio Francisco Moreno.


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