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La provinciaNorte Neuquino

La salud pública en los comienzos del Territorio

Campaña Vacunación

Chos Malal estaba muy lejos de Buenos Aires, allá por el año 1887. Esa distancia implicaba, entre otras cuestiones, dificultades para que desde los centros del poder se entendieran las limitaciones a las que se veían sometidos los habitantes de esta zona en materia de salud. Aún las mínimas exigencias para dar respuesta a los problemas sanitarios de la población demoraban mucho en llegar. Es notorio que en la nutrida comitiva que acompañó a Olascoaga en el momento de la fundación no hubiera ningún médico. Lo acompañaron ingenieros, mecánicos herreros, dibujantes y también capellán párroco, pero no personal sanitario.
Sin embargo más tarde, y mientras Chos Malal fue capital del territorio nacional, al menos contó con el médico de la Gobernación.

No se han encontrado registros que certifiquen quién pudo haber sido el primer facultativo del entonces Territorio Nacional del Neuquén. En aquella época esas designaciones surgían de disposiciones del Ministerio del Interior y se dictaban desde Buenos Aires. Así fue nombrado el Dr. Roberto Bucane en mayo de 1891, aunque no se cuenta con documentos que den fe de que este profesional efectivamente haya ejercido en Chos Malal.

Pareciera que Sergio Toledo fue uno de los primeros facultativos de Chos Malal con cierta estabilidad en el cargo, nombrado por primera vez en mayo de 1892. Había nacido en San Luis y cursó parte de sus estudios en San Juan, desde donde partió hacia Buenos Aires para estudiar medicina. El año 1890 lo encontró en medio de la revolución contra el presidente Juárez Celman. Cuando estaba por recibirse, lo mandaron a Roca Viejo (primer emplazamiento de la actual General Roca, Río Negro) como médico del Ejército, asimilado a un regimiento. Lo cierto es que ése fue su destino hasta 1892, año en que lo enviaron como médico de la Gobernación en Chos Malal, durante el gobierno del Tte. Cnel. Franklin Rawson.

Sergio Toledo, en el centro.
Sergio Toledo, en el centro.

Los registros consultados muestran a Toledo como un profesional muy ordenado y estricto en el cumplimiento de su misión. Con prolijidad asombrosa consignaba diariamente los pacientes asistidos por el nombre, diagnóstico, profesión o condición (empleado, gendarme, particular, etc.), así como la evolución y estado de los mismos (de alta, en tratamiento, fallecido). En abril de 1893, como médico de la Gobernación eleva al entonces gobernador del territorio nacional, Sócrates Anaya, información estadística correspondiente al año anterior. Se trata de un documento que bien podría considerarse el primer informe de gestión del área de salud del que se tiene noticia. Cumplía de esta manera con una de las funciones propias del cargo. Ese informe da cuenta del “número de recetas y mobimiento [sic] de enfermos durante el año 1892 a particulares y oficiales”. En los últimos ocho meses de ese año, refiere el documento, “se asistió a 131 personas, falleciendo 20 de ellas”, es decir el 15,3%. Entre las causas de muerte figura en primer lugar las de origen respiratorio e infeccioso tales como “pulmonía, bronquitis pulmonar, pulmonía de 3er grado, fiebre intermitente, peritonitis”, también se registraron muertes por “mal parto”, “congestión cerebral” y algunas con definiciones imprecisas (“asfixia, muerte repentina”).
Respecto de los partos, todo parece indicar que sólo se consultaba al médico de la Gobernación en casos complejos, ya que no hay registro de partos normales y mucho menos de controles de embarazo. En efecto, la atención de los partos normales era patrimonio de las parteras y lo seguiría siendo hasta muchos años después.

De este primer informe llama también la atención que casi el 70% de las consultas son solicitadas por varones y que en muy pocos casos el mismo paciente consulta por segunda vez. Muchos de los pacientes eran gendarmes, denominación dada a los soldados afectados a la guarnición asentada en el lugar. Es que el médico de la Gobernación estaba obligado a “prestar asistencia gratuita al personal superior de policía, presos policiales y encausados”. La permanencia en el tiempo de dotaciones militares en la zona, del Ejército primero y los escuadrones de Gendarmería a partir de la década del cuarenta, garantizaron cobertura médica, no sólo para las huestes castrenses residentes en la localidad, sino además a otros miembros de la comunidad.

Sin embargo, la información recabada sobre los primeros años de vida de Chos Malal demuestra que, si bien el facultativo a cargo atendía a los pobres de la Capital, la asistencia médica no era totalmente gratuita. Un informe firmado por Sergio Toledo, mediante el cual eleva Inventario de los medicamentos y útiles en la Botica de la Gobernación, fechado en enero de 1893, refiere: “… fueron espendidas [sic] en los últimos ocho meses de 1892, 354 recetas a empleados y gendarmes, 210 gratis y vendidas 157, las que dieron por resultado la suma de $125,10 m.n.”
Esta última cifra es muy significativa ya que, alcanzaba para cubrir un porcentaje importante del gasto de reposición de drogas que en ocasiones se concretaba en Chile.

Una crónica de la época retrata a este pionero sanitario que llegó para quedarse, recorriendo la zona de a caballo, único medio para poder llegar hasta las viviendas más alejadas, ya que no había otros facultativos en la región. Sergio Toledo falleció, pobre y con su salud quebrantada, el 9 de octubre de 1924, después de cumplir una trayectoria pública relevante en el Chos Malal de los primeros años. Había sido médico de la Gobernación por segunda vez, desde noviembre de 1897 hasta julio de 1899, por pedido de la población, pues era difícil encontrar a otro profesional que viniera a Chos Malal. Entre 1894 y 1897 ocupó el cargo de farmacéutico oficial y también el de comisario de policía, pero su aporte para la salud de Chos Malal dejó huella.

Chos Malal, capital del territorio del Neuquén a finales del Siglo XIX, foto tomada desde el Torreón.
Chos Malal, capital del territorio del Neuquén a finales del Siglo XIX, foto tomada desde el Torreón.

Cuando la salud falta y peligra la vida

La situación era demasiado precaria y exigía mejoras. Mario de Legar sucede a Toledo, y en enero de 1895 envía una misiva al secretario a cargo de la Gobernación, sargento mayor Estanislao Maldones, dando cuenta de la precariedad del entonces sistema de salud. De Legar, a propósito de una epidemia de influenza (más conocida como gripe), advierte de la necesidad de contar a la mayor brevedad posible con un “alojamiento confortable, como ser cama o tarima confortable”. También solicita “un cabo de enfermería que sepa leer y cuidar de las indicaciones facultativas.”

En esa época, cuando se requería internar a un paciente, como en tiempos de epidemias, se utilizaba el Departamento de Policía, que obviamente no reunía “condiciones mínimas que todo ser humano requiere cuando la salud falta y la vida peligra”, tal la expresión de Mario de Legar. Ante la falta de respuesta, reitera sus pedidos en una nota fechada el 3 de mayo de 1895, dirigida al jefe de Policía, mayor Nicolás Menendes, en la que denuncia:
“… la falta absoluta de camas, de colchones, sábanas, cobijas, útiles de enfermería, cabo enfermero, etc., etc. En este momento, tengo dos enfermos que reposan en el suelo, atacados del aparato respiratorio. En esta situación no es posible una mediana asistencia y sin embargo, he hecho hasta la fecha todo lo que humanamente es posible en favor de mis pobres enfermos.”

Claro está que la evidencia de la casi inexistente estructura de servicios sanitarios sólo mostraba un aspecto del tema, básicamente vinculado con el final del proceso salud-enfermedad de la población de entonces. Varios documentos dan cuenta de diferentes epidemias y situaciones que aquejaban a los vecinos del norte neuquino, en las postrimerías del s. XIX y los albores del XX.

Limpios y disciplinados

Varios profesionales ocuparon el cargo oficial de Médico de la Gobernación, entre 1891 y 1904, además de ejercer en forma privada, publicitando sus servicios en los medios gráficos locales. José Canda, Víctor Pougratz y José Celotti, entre otros, se sucedieron en la cobertura del puesto hasta que le tocó el turno al Dr. Manuel Figueroa, quien podría considerarse uno de los primeros médicos higienistas del entonces Territorio Nacional del Neuquén.

Con más de 500 habitantes, Chos Malal se transformaba en los comienzos del s. XX en un espacio urbano que podía facilitar el contagio de enfermedades provocadas por gérmenes. Es la época en que los médicos higienistas entran en escena. Todas las ciudades importantes tendrán los suyos, desplegando y proponiendo un variado arsenal de instrumentos; entre ellos, encuestas sobre enfermedades y condiciones de higiene, programas de vacunación e inspecciones periódicas.

Su acción los ubicaba en las esferas del poder: dado que su práctica apuntaba a prevenir, intervenían prescribiendo formas generales de comportamiento y opinaban sobre variados terrenos tales como la vivienda, la alimentación, la bebida, la higiene personal y hasta la sexualidad. Esa tendencia tiene una traducción normativa: hacia julio de 1905 se publicó en el Boletín Oficial de la República Argentina el Reglamento para los médicos oficiales de las Gobernaciones de Territorios Nacionales. En este texto se instruye a los médicos para que asuman tareas de “profilaxia, vacunación, control de provisión de aguas, mataderos, [..]”

Un ejemplo fue la recomendación de “blanquear con cal viva las casas que hubieren sido infectadas” y otras medidas de higiene pública y saneamiento que buscaban mejorar la salud colectiva. El mismo Figueroa, preocupado por la salud pública, solicitó a la Gobernación que “se prohibiera el traslado de cadáveres hacia la capital.” Había detectado a principios de junio de 1901 la llegada de varios niños fallecidos, desde parajes distantes a la capital, incluso hasta más de treinta leguas, deduciendo al examinarlos e interrogar a sus parientes que se trataba de difteria. Los traían a efectos de ser inhumados en Chos Malal. Sin embargo, este médico consideraba que el traslado de cadáveres desde lugares alejados era un atentado contra la salud pública, además de no respetar los preceptos más elementales de higiene. Esta situación da lugar entonces a la habilitación de un pequeño cementerio en los llanos de Tricao Malal, ese mismo año 1901.

El primer enterratorio de Chos Malal, tal como consta en la documentación oficial, estaba al noroeste de la ciudad, sobre la margen izquierda del canal municipal, aproximadamente donde hoy se encuentra el barrio Tiro Federal. El actual cementerio, inaugurado en 1894, fue construido por iniciativa del gobernador Franklin Rawson y se concretó con el aporte de una comisión de vecinos de la localidad y parajes aledaños.

El Torreón de Chos Malal en la cima del Cerrito.
El Torreón de Chos Malal en la cima del Cerrito.

A fin de evitar a toda costa los focos de infección que pudieran alterar la salud Manuel Figueroa propuso a la Comisión Municipal una serie de medidas, que quedaron plasmadas en una ordenanza que resolvió:

  • “Art. 1o: Subdivídase en dos secciones el municipio de la Capital, Art. 2o: Desígnase la calle Sarmiento como divisora de las dos secciones, Art. 3o: Nómbrase Inspector de Higiene de la sección Sud al señor Antonio Infante y de la sección Norte al señor Virgilio Pesgé.
  • Art. 4o: Los inspectores practicarán visitas domiciliarias […] informarán el estado de higiene, denunciando las casas donde se observe desaseo y el nombre del propietario aconsejando medidas del caso.”

Otro de los problemas que preocupaban a las autoridades de entonces era la viruela. Esta enfermedad, originaria de la India o Egipto y hoy erradicada del planeta desde 1977 gracias a la vacunación masiva, provocaba epidemias de gran alcance, con tasas de mortalidad muy altas. Morían hasta el 40% de los afectados.

La viruela mató a la reina María II de Inglaterra, al emperador José I de Austria y al rey Luis XV de Francia, y decididamente fue un terrible flagelo para los pueblos originarios de América. Podría incluso arriesgarse la interpretación de que se convirtió en una involuntaria arma bacteriológica que facilitó la dominación europea, ya que los aborígenes al no tener memoria inmunológica contra esta enfermedad eran blanco fácil de la misma.

Nadie estaba exceptuado del peligro. En noviembre de 1900, desde el Ministerio del Interior se insta al gobernador Lisandro Olmos a combatir eficazmente la viruela y hacer equitativa la distribución de vacuna contra dicha enfermedad. Un año después se detectaron varios casos fatales en la campaña. La difusión de la enfermedad se incrementaba por el desarrollo poblacional en las provincias de Buenos Aires y La Pampa, desde donde continuamente llegaban nuevos pobladores. Así en octubre de 1901, el gobernador dicta el decreto N° 443 18, mediante el cual declara obligatoria la vacunación y revacunación antivariólica.

Algunos aspectos de esta norma son dignos de mención, ya que marcan la preocupación existente y los instrumentos que se ponen en juego. El decreto estipula que los directores de escuela exigirán a los alumnos el certificado correspondiente, sin el cual no serán admitidos en el establecimiento escolar. La tarea es encomendada al médico de la Gobernación, por ese entonces Manuel Figueroa, responsable también de diseñar el operativo de vacunación en la campaña, en otro gesto típico de los higienistas de su época. En el campo los pobladores debían concurrir para vacunarse a los juzgados de paz, de acuerdo a las instrucciones del citado facultativo. Los contraventores al decreto pagarían multa de $50 m.n; el equivalente a cinco sueldos del peón de la botica, siendo la policía encargada de velar por el cumplimiento de esta disposición.

La viruela no era la única enfermedad infecciosa que aparecía por brotes epidémicos. Los registros de principios del s.XX mencionan también el sarampión y la influenza (gripe), ya que no existían en esa época vacunas que facilitaran medidas preventivas para combatir estos males en forma eficaz. Aun en la década del treinta el sarampión era responsable de numerosas muertes infantiles. Cuenta doña María del Carmen Lembo:
“El sarampión se llevó muchos chicos en Chos Malal […] claro, eran pobrecitos los que no tenían mucho abrigo en sus casas, pero si uno hacía cama […]”.
Otra de las enfermedades infecciosas que azotaban la zona era la difteria, que se combatía con un suero específico que se solicitaba al entonces Departamento Nacional de Higiene, autoridad nacional para el ámbito de salud hasta 1946. Llama la atención cómo, a pesar de solicitar reiteradamente -por nota y por telegrama- la recepción de los sueros necesarios, los envíos sufrían injustificadas demoras.

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Esa es otra historia

Extraído de: Chos Malal, entre el olvido y la pasión – Historia de la primera capital del Neuquén, desde sus orígenes hasta los años 70 – Carlos Aníbal LatorCecilia Inés ariasMaría del Carmen GorrochateguiDaniel Esteban Manoukian


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