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La última curda – Apostar, conquistar y morir de alcohol – (parte 1)

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No hacía mucho que Carlos Bouquet Roldán, el gobernador que propició el traslado de la capital de Chos Malal a Neuquén en 1904, había diseñado esa ciudad “fantástica”, como él la llamó, sobre la base del “pueblito Confluencia”. Poco a poco iban materializándose las calles, los edificios públicos, los centros comerciales y los barrios que la poblaban. Al finalizar la década de 1910 ya se podía ver cómo se construía una ciudad organizada al norte y otra, por organizar, al sur. Las vías del tren marcaban el límite que diferenciaba el alto del bajo. La estación era el punto de llegada y de partida de gente que iba y venía a trabajar y a habitar esta “llanura desértica” como la llamaba el mencionado gobernador.

Archivo de la Justicia Letrada del Territorio Nacional del Neuquén - (AJLTN) - exp.nº 1047
Archivo de la Justicia Letrada del Territorio Nacional del Neuquén – (AJLTN) – exp.nº 1047

Muchos eran los hombres que arribaban a estas tierras por trabajo. Algunos venían a la administración pública, otros al comercio, a trabajar en el ferrocarril o en las colonias agrícolas. De los pueblos del Alto Valle, no era el lugar más poblado, tampoco el más dinámico, pero reunía dos elementos que atraían población: uno de ellos era la estación del ferrocarril; el otro, ser la capital del territorio, centro administrativo y político.

La población que llegaba a estas regiones, además de variada, se componía mayoritariamente de hombres: desde el interior llegaban nativos y trasandinos y con el tren arribaban nacionales e inmigrantes.

Era frecuente que muchos de estos hombres merodearan en la noche, cruzando una y otra vez las vías, refugiándose en lugares públicos abiertos hasta altas horas como las fondas, prostíbulos o alguna confitería “decente” a la que no acudía cualquier gente.

Las historias que aquí se recrean tienen que ver con este conjunto social que llegaba sin rumbo fijo, buscando un trabajo y un lugar donde vivir; hombres y mujeres que se vieron envueltos en un juego mortal o en un amor letal que condujo a unos a la cárcel y otros a la muerte.

El llamado “Bajo”, ubicado en la zona sur de la ciudad, aparecía como un escenario central para el transcurso de la noche. Desde 1906 se había reglamentado la ubicación de una especie de “sub-ciudad roja” al sur de las calles Perito Moreno y Ministro Alcorta, donde se establecían las casas de tolerancia. La tranquera del ferrocarril se cerraba a la hora cero, separando concreta y simbólicamente la zona de tolerancia del resto de la ciudad dormida. En este espacio se sucedieron un sinnúmero de episodios de los cuales algunos quedaron registrados en los expedientes judiciales.

Un jueves de invierno de 1908, en la fonda de Carmen Zapata situada frente a las vías del tren, se organizó un baile al que acudirían hombres y mujeres llegados de diferentes lugares, algunos provenían de la gobernación de Río Negro, de Colonia Lucinda (Cipolletti), Chichinales y General Roca, otros del interior de la gobernación o trasandinos con domicilio en la capital. Por esa misma época en ambientes de carnavales, bailes y cabarets se comenzaba a escuchar cada vez más el tango, no solamente en la ciudad porteña sino también en los territorios nacionales. Desde las diez de la noche comenzó a llegar gente al baile, mujeres y hombres, solteros, jóvenes, jornaleros, soldados, ferroviarios, peones, prostitutas, empleadas domésticas, costureras, etc.

Dos días habían transcurrido del baile aquel cuando la mañana del domingo del 19 de julio de 1908, uno de sus concurrentes, Rodolfo Laurín, fue hallado muerto en el interior de una chacra ubicada sobre la calle Mitre, frente a las vías del tren en dirección al puente. Sin ropas, sin dinero, con el cráneo y el cuerpo cubierto de golpes de rebenque y estrangulado con un pañuelo. ¿Qué había sucedió aquella noche de invierno en el baile de Carmen Zapata?

Justamente, lo sucedido en aquel baile se inició con el incidente entre dos mujeres, que discutieron, insultaron y se agredieron físicamente por el amor de un hombre, Eduardo Villagra, compadrito conocido y codiciado en el ambiente nocturno de aquellas épocas. Una de estas mujeres era viuda, provenía de Salta, tenía 37 años y sin profesión; la otra declaró tener 27 años, correntina, de profesión prostituta y sin instrucción.

Este hecho indirectamente motivó un cruce de palabras y bribonerías entre dos hombres que estaban en el lugar: Rodolfo Laurín e Hilario Torres, este último un malevo de “mal llevar”. Una de estas mujeres fue invitada a bailar un tango por Rodolfo Laurín, un hombre llegado desde la colonia Lucinda, bien vestido y con plata. Mientras estaban bailando, Hilario Torres, excedido en copas decía “que quería pelear con el que se le presentara”. Creyéndose insultado, Laurín se dirigió a Torres preguntándole si las injurias eran para él. A lo que Torres respondió que “era argentino y que no tenía miedo a ningún chileno y que él si tenía plata también algún día podía tenerla él (Torres) para poder compadrear”. Laurín le contestó que no compadreaba y si bien era chico en estatura no se dejaría insultar.

Entre palabras y agravios salieron a la calle, donde se resolvían las peleas “entre hombres”. Con una daga filosa, Torres amenazó a Laurín pero otros hombres y mujeres, testigos de la escena, intervinieron para separarlos y evitar que corriera sangre en las puertas del baile.

Hasta aquí, en general, los testigos coinciden en sus declaraciones, luego comienzan las contradicciones entre los acusados y los testigos. Siguiendo lo expuesto en el expediente judicial, se puede inferir que Laurín fue llevado por uno o más hombres hasta cerca del lugar donde fue hallado muerto, allí lo golpearon con el rebenque primero y con una piedra después para robarle lo que traía puesto y el dinero que llevaba.

¿Qué acontecía en los bailes del Bajo por aquella época? Evidentemente como lugar de esparcimiento y recreación reunía un conjunto variado de hombres y mujeres que estaban dispuestos a tomar unas copas, bailar unos tangos, compadrear, seducir e ir más allá de lo “tolerable” en un hombre o una mujer que se dijera decente. Era también un lugar “peligroso”, ya que se exponían públicamente los celos, envidias, rencores y deseos que podían conducir a situaciones no deseadas, al menos conscientemente.

Celos y competencias por la posesión de mujeres y dinero no es cosa nueva entre hombres, son bienes de intercambio por los cuales los varones se enfrentan desde tiempos muy remotos. En estas circunstancias donde, según las declaraciones de algunos testigos, había asistido gente de “mala fama”, “con antecedentes”, “camorristas de mala condición”, la rivalidad masculina animada por el alcohol emergía con furia.

En este caso, celos y envidia se revelan en Hilario Torres cuando, ante sus propios ojos, Laurín “compadrea” primero con una mujer, bailando el tango, luciendo su ropa y exhibiendo su dinero. ¿Por qué tolerar calladamente la compadreada de este petiso y chileno?, ¿no sería hora de demostrar, en ese baile, quién era el más macho? A Torres no le alcanzaba con robarle, debía golpearlo con el rebenque, dejarlo completamente desnudo, sin nada, indefenso, tirado y muerto en medio de la noche helada.

(Continúa)

Marcela Debener

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Esa es otra historia

Extraído de: Historias de sangre, locura y amor: Neuquén (1900-1950), de María Beatriz Gentile, Gabriel Rafart, Ernesto Lázaro Bohoslavsky (compiladores)


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