Historias

Gauchitos

Son niños los protagonistas de esto episodio, niños serranos, cuyas almitas reaccionan ya con todos los atributos de la raza al ensayar sus primeros desplantes en el medio en que nacieran. Y erase como en ellos perdura la psicología labrada en nuestra población rural por el acervo nativo. Es una generación más que afirma en el tiempo la herencia racial.

Los actores son hermanos, nacidos en esta estancia, en la que sus padres trabajan desde hace dieciocho años. Se llaman María Amelia, de diez años, y Guillermo, de ocho. Reciben la enseñanza que se da en la escuela del estado que funciona en el establecimiento.

Desde los cuatro años el varoncito monta en caballo aparte. Hoy es todo un jinete y en las horas en que las tareas escolares le dejan libre, ayuda a su padre en el cuidado de la majada a su cargo. Posee una aptitud extraordinaria para individualizar los animales, y es de escucharle dar detalles precisos acerca de tal o cual vaca, yegua u oveja, cuando algún peón, bromeando, le dice que está equivocado, que esa que él indica no es la madre, o la abuela, o tía, etc., de determinado ejemplar. Él sabe dónde come cada una de las tropillas de la estancia, cuál es la sangre de potro por potro. Tiene una vista de águila, distinguiendo a más de cinco mil metros de distancia si es vacuno o yeguarizo el animal que pasta en los faldeos. Para él las quebradas y las cumbres comarcanas no tienen secretos; le son familiares los vados de los ríos y arroyos en muchas leguas a la redonda, los caminos y las sendas que se entrecruzan en el dédalo de estas montañas. Hasta conoce El Arco, boquete del macizo central andino que nos comunica con Chile, punto a donde le llevamos cierta vez que debimos acudir a una cita con el director de los ferrocarriles nacionales. Tenía entonces seis años y se galopó en el día dieciséis leguas. Sabe rastrear. Alguna vez se ha aventurado hasta la selva milenaria, allá arriba, en las nacientes lejanas de los torrentes, pero no se ha internado en ella. La masa formidable de pinos y robles cerrando en absoluto el horizonte sobrecoge el espíritu por su grandeza, llena de misterio. ¡Quién sabe lo que se oculta en el interior sombrío de la selva enorme! Tal vez las ánimas de los que mueren ahogados en los ríos o entre la nieve de la montaña. Los pocos que se han atrevido a hollar su pavoroso dominio dicen haber visto deslizarse rapidísima y fugazmente unas como sombras. ¿Serán huemules? ¡Quién sabe!

Y ese supersticioso respeto que contiene a los hombres más guapos en el linde de la selva virgen, ha sido también la única valla capaz de sujetar en sus correrías a nuestro diablito, buen baquiano en toda la región. Pero hasta el mes de abril último jamás había salido de la cordillera, es decir, no había traspuesto la cadena del Chachil que separa a la región de Aluminé de la parte llana del territorio. Su mundo se reducía a cincuenta leguas de superficie típicamente montañosa.

La niña, María, es también de a caballo, pero no monta sino ocasionalmente, pues debe ayudar a la madre en los quehaceres domésticos, atendiendo al cuidado de sus hermanitos menores. Es de inteligencia precoz y muy hacendosa.

Decíamos que Guillermo, hasta hace un par de meses, no había trasmontado la cordillera que nos separa de la llanura. En esa fecha se hizo en la estancia una tropa de capones, animales que debían embarcarse en Zapala, estación terminal del F. C. S., distante de aquí veintidós leguas, sistema orográfico del Chachil de por medio, De acuerdo con el padre, que iba a “capatacear” ese arreo, resolvimos que Guillermo bajara al llano, yendo de “tropillero”. Este viaje marcaría una etapa en la vida del pequeño serrano que por primera vez iba a salir de su pago montañés y por primera vez, también, vería, azorado, la planicie inmensa, un pueblo, trenes, automóviles, un mundo para él desconocido, tal vez ni imaginado. Por otra parte, era una forma de completarle su educación campera, enseñándole cómo se arrea en las largas marchas, iniciarle en los secretos del tropero.

El niño recibió con alegría la orden de aprontarse para el viaje. El comprador del ganado le dijo que le pagaría dos pesos diarios, primer dinero que el gauchito recibiría adquirido con su trabajo. Alguien le ofreció pagarle toda la uva que pudiera comer en llegando al pueblo.

El día de la partida, cuando apenas clareaba el alba, le vimos aparecer, montando su petizo tordillo, entre el grupo de peones que venía de los corrales de recibir la tropa, que desde ese momento quedaba bajo la guarda y responsabilidad de todos ellos. Le llamamos. Traía su lazo a los tientos perfectamente arrollado, las boleadoras en la cabezada del basto armándole el recadito; y al echar pie a tierra, las nazarenas que calzaba sonaron con la vibración de sus rodajas de acero. Quitóse el chambergo y nos dió los “buenos días”. Con su caballo del cabresto, el rebenque en la mano izquierda, bien parado, luciendo su rastra y puñal de plata y oro, regalo de un amigo de la casa, la silueta del diminuto centauro se recortaba en líneas vigorosas a la luz rojiza del amanecer. Guillermo es un niño de formas atléticas, alto el pecho y fornida la espalda, fuertes los miembros, de ojos grandes y expresivos, moreno. Todo su aspecto respira salud; ríe con una carcajada amplia y franca.

¿Está listo, amigo? — le preguntamos.

Sí, patrón.

¿Pero cómo, si no le veo poncho?

No tengo.

¿Con qué se va a tapar, entonces, en la noche?

¿Y? Con una matra.

Debajo del corredor de la casa, sobre un banco, tiene un poncho abrigado y paquete que la patrona le regala para que lo use en su nombre. ¿No lleva pañuelo blanco para el cuello?

No, patrón. Tengo este overito.

Tome éste. Yo se lo doy. Llévelo en las maletas y se lo pone al entrar al pueblo.

Muchas gracias, patrón.

Y vamos a ver cómo se porta, amigo. Ya sabe que a mí me gustan los hombres parejos.

Y al acariciarle palmeándole en el hombro, se sonrió como expresando que estaba de más nuestra advertencia. Fuese hacia la casa, alzó su poncho de vivos colores, de factura araucana, montó en su petizo y se incorporó a sus compañeros de viaje que ya se disponían a marchar.

Gauchitos

Al tercer día de la partida “se descompuso” el tiempo y durante toda la noche escarchilló en el valle. Calculamos que el temporal debía haber sorprendido al arreo ya sobre la cordillera, y que allí sería nieve y no escarchilla la caída. Pero como conocemos a nuestros hombres, no sentimos ninguna inquietud. Descontábamos que saldrían con bien de aquel lance como salieran de otros cientos y más duros. En cuanto al debutante de tropero, conociéndole “la clase”, también nos tenía sin cuidado. Durante la noche se acurrucaría al reparo de cualquier aleta de piedra y era seguro que su perro “curiche” dormiría a sus pies, abrigándole. Por lo demás, nadie mejor que su padre, hombre aguerrido en la lucha con la montaña, sabría cuartearle en aquella emergencia.

Dos días después supimos por un jinete que venía de Zapala, que el arreo ya estaba en salvo al otro lado de la cordillera; que troperos y bestias soportaron bien la nevada.

Alguien pasó esa tarde camino de Zapala. Con ese viajero, María, que oyó hablar del temporal que había aguantado la tropa en la cumbre, le escribió a su hermano una cartita que leímos cuando aquél regresó a los diez días de la partida, carta que nuestro capataz, al enterarse de su contenido, nos la había reservado con autorización del destinatario.

Copiamos textualmente un párrafo de esa carta, precioso documento humano que conservaremos. Dice así: “Aquí emos sabido que les nevó en la cordillera, pero como los hombres han nacido para sufrir, metele no más al petizo.”

Esa frase “los hombres han nacido para sufrir” no es una queja, no es una protesta contra el destino, no es la voz del renunciamiento. Es la afirmación rotunda del alma estoica del gaucho, de su recia moral, que no admite debilidades, que no permite achicarse en ningún trance de la vida por rudo que él sea. Es la incitación a la lucha, de cara al peligro, como cuadra al que tiene corazón: ¡”Metele no más al petizo”!

“Los hombres han nacido para sufrir” es hermano gemelo del conocido refrán: ¿”Pa qué dijo ¡macho! la partera?”, con que el criollo de buena cepa se anima a sí mismo en los momentos de prueba, o profiere cuando desea estimular a un amigo en situación difícil. Ese concepto severo del destino de los hombres que la niña serrana enunciara al saber a su hermano en apuros, es como la notificación del deber que comporta el haber nacido varón entre el gauchaje. Mañana y siempre, cuando María sea moza, se lo repetirá al marido si lo ve ”aflojar”, y se lo inculcará luego a los hijos cuando sea madre, porque ese es el código moral de su raza. Así viene sucediendo desde hace siglos entre los nativos de la campaña argentina; bajo esa comprensión austera de la virilidad se plasmó el criollo. De ahí sus hazañas en las guerras de la emancipación y en las luchas civiles, de ahí la razón de nuestros prestigios como pueblo fuerte.

Esta niña serrana se ha criado viendo luchar a los hombres con los elementos, con las fuerzas ciegas de la naturaleza. Los relatos de las frecuentes tragedias que tienen por teatro los torrentes y las cumbres, donde todos los años mueren hombres valientes y avezados a esta vida ruda de la montaña andina; las referencias personales de los mismos actores que escaparon milagrosamente de la muerte que acecha al serrano en los crudos inviernos; la brega con el toro montaraz y el potro indómito que ella ha presenciado desde que nació; los consejos de sus padres, formados en el mismo ambiente, que escuchara en el fogón durante las veladas invernales; las expresiones enérgicas oídas a la peonada comentando la hazaña de tal mozo entrañudo; el respeto que rodea al hombre valiente y animoso; los despliegues de la fuerza en sus manifestaciones más viriles; todo lo que la circunda, en fin, y que ella a más de traerlo en la sangre lo está viviendo, vibró en su espíritu ante el peligro que amenazó a su hermano, cristalizándose en esa frase lapidaria que parece haber brotado de las entrañas mismas de la raza.

Félix San Martín – 1926

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Extraído del libro “Entre mate y mate“, de Félix San Martín, publicado en 1926.


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