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La estrategia de Purrán

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A las horas de desalientos deben ceder paso las de las decisiones que exigían medidas prácticas y urgentes. Purrán, el gran cacique pehuenche, aceptó filosóficamente su mala suerte considerándola momentánea, y para ponerle remedio, trazó un plan general de táctica y estrategia para enfrentar la invasión.  Acordó lo siguiente:

  • Convocar para una guerra defensiva a todas las tribus del norte neuquino desde la cordillera al río Neuquén y desde Barrancas al Covunco.
  • Abandonar los campos amenazados, atravesando el río Neuquén; recostarse sobre la margen derecha del Mucúm (Agrio) a la espera de los acontecimientos. Mientras tanto se tendería una vasta red de espías o “vichadores” a lo largo del río Neuquén.
  • Tratar de robar caballadas y asaltar las comunicaciones entre las guarniciones de los cristianos.
  • Se engañaría al ejército huinca, simulando una amplia retirada hacia la cordillera, poniendo entre el Neuquén y el Mucún el desierto del Salado de por medio, esperando que se agoten al enemigo los víveres y caballadas.
  • Si debido a esta táctica llegara el momento de cargar, caería sobre él repentinamente, como un vendaval, ante las primeras luces de la aurora, para batirlos con toda saña en el terreno mismo de sus ambiciones. ¡Ya verían lo que es el indio en sus dominios del desierto! Astucia y expectación armada hasta llegar el momento de obrar y entonces hacerlo con decisión y sorpresa.
  • Se acordó en mandar mensajeros a Shayhuque, Reuque Cura, Ñancucheo y demás caciques del sur, como así también a las de Lonquimay, Antuco y demás tribus de allende la Vuta Pire Mahuida (Cordillera de los Andes).
  • Antes del Puchai travún (dispersión de la gente), hacer un Nguillatún o rogativa de tres días de duración, en el que, en aras de la conveniencia general y de la defensa y sentir de la raza, se comprometieran a deponer todas las rencillas existentes y agravios que la debilitaron en guerras civiles inacabables, infundiéndose en cambio optimismo y fe en el triunfo a toda la pehuenchada de la amplia cuenca del Neuquén.
Imagen ilustrativa. Pintura de Francisco Madero Marenco.
Imagen ilustrativa. Pintura de Francisco Madero Marenco.

Estando en estas funciones le fue a buscar un mensajero de los de la tribu, con las noticias de que había ocurrido el perimontu que me narró el cacique Antical de Taquimilán.

¿Qué es un perimontu?. Los indios de todas las latitudes del Neuquén coinciden en que es una “visión” que suele mostrarse ante un privilegiado de las tribus, en momentos de sobresaltos, dudas o peligros. En realidad, científicamente es una alucinación de las que suelen experimentar algunas personas excepcionalmente dotadas para captar esta clase de fenómenos. Es un anuncio de algo tan trascendental para los indios, que de su interpretación depende los intereses de la raza.

El perimontu de referencia consistía en lo siguiente: Un niño cautivo, huérfano pastor de cabras, fue el elegido por Futa Chao o Gran Padre, para ser el protagonista de este original episodio. Este niño vio aparecérsele un anciano venerable que apesadumbrado por la tristísima condición en que se encontraba, siendo objeto de malos tratamientos por sus amos, le confortó con palabras de consuelo y le predijo que, muy pronto cambiaría su suerte. Le aseguró que sería liberado por unos hombres de raza blanca que, en son de guerra, invadirían la tierra de los pehuenches, para exterminar las tribus. Después de algunas demostraciones afectuosas, las primeras que conociera el niño, el bondadoso anciano desapareció.

Esta milagrosa aparición produjo un revuelo entre la indiada al ser revelada por el niño y ser puesta en conocimiento del cacique Purrán. Este resolvió que el adivino de la tribu interpretara el sentido de este perimontu. El adivino o hechicero se retiró a pensar, lo que le deparó durante la noche un sueño. Soñó, que un gran ejército de huincas argentinos estaba preparando un gran malón a las pampas y al Pehuén Mapu Neuquino, para dar muerte sin compasión a los indios que consiguiera arrollar. Por consiguiente, había que prepararse a la defensa y mandar las familias a Chile.

Puesto ese sueño en conocimiento del subdelegado que el hacendado chileno, don Vicente Méndez Urrejola tenía en Varvarco, llevó la noticia al general Bulnes, quien se trasladó al Neuquén y solicitó una entrevista con los caciques para tranquilizarlos. Se reunió un parlamento a la usanza indígena.

Después de oír la alarma de los caciques. Bulnes les dijo que no debían preocuparse, puesto que todos ellos eran chilenos, así como sus tierras, y les garantizaba que nada podía ocurrirles.

Pasó cierto tiempo. Cuando ya se creía conjurado todo peligro, Purrán llegó a enterarse de que efectivamente se hacían preparativos militares en Mendoza, para una expedición al norte del Neuquén. Teme que se cumpla nomás el vaticinio del perimontu y decide llamar a un “aucatravún” o junta de guerra, el que se llevó a cabo en Chocoy Mallín, cerca del río Reñí Leuvu. Estos antecedentes fueron los que sirvieron de fundamento a Antical, para aseverarme que mucho antes de que el gobierno argentino decidiera efectuar la expedición al Neuquén, ya los pehuenches sabían que se debía producir y, por ello, en el aucatravún se resolvió a organización de la resistencia.          

Don Anselmo Oses, testigo presencial, nos relata en los siguientes términos los detalles de este segundo parlamento.

“Empieza diciendo que el coronel Uriburu era un jefe muy honorable que se portó muy bien con los chilenos habitantes de los campos que en aquel tiempo arrendaban a los indios, tales como don Francisco Méndez Urrejola, don Enrique Price y otros.”

“Para poder salvar su hacienda, que estaba amenaza de invasión, el señor Méndez Urrejola tuvo que obsequiar a los indios 15 reses vacunas, más o menos, para un parlamento que se realizó en Callanta, costa del río Dahueve (Nahueve), para consumo de los concurrentes. Acudieron los caciques Epurran (Purrán), Zuñiga, Guayquillán, Curaleo y Udal, con sus respectivos capitanejos y mocetones, los que no bajarían de 400 más o menos”.

“Posteriormente, Méndez concurrió a El Alamito (Fuerte General San Martín), en Mendoza, en donde estaban las fuerzas de línea, y se presentó a los Jefes de Frontera”.

De regreso a su estancia, pasó por donde estaban los caciques y les dijo que las fuerzas del ejército iban a venir a establecerse en sus campos pero que, si ellos se presentaban voluntariamente, serían indultados, como asimismo, respetadas sus haciendas. Los caciques no dieron crédito a lo dicho por el señor Méndez Urrejola. Como éste siguiera en viaje a Chile, dejó en su lugar al administrador, ordenando que se pusiera a las órdenes del Jefe de la Frontera cuando llegasen las fuerzas. Antes de llegar éstas al Neuquen, el jefe envió un chasque a Méndez, el que llegó en el momento de la partida. Pero el administrador, un señor Pedro Herrera, acompañado de varios probladores, se presentó al coronel Uriburu por quien fueron muy bien atendidos”.

“Aseveraron a este jefe que estaban expuestos a una invasión indígena, en consecuencia, Uriburu mandó una fuerza al mando del comandante Recabarren, para el resguardo de todas las haciendas. Este jefe también “se portó muy bien” con todos los pobladores que iba encontrando en su marcha. Antes de acampar recibió en Huinganco, la noticia de unos indios que habían entrado a robar y despojar a los pobladores. Al momento les dio armas a los paisanos, los que, acompañados por algunos soldados, persiguieron a los asaltantes, de los que algunos resultaron muertos y otros tomados prisioneros.”

“A Recabarren se le presentaron algunos indios de los que estaban en la hacienda del señor Price, pero a pesar de haber sido bien recibidos, se fueron para Chile a los pocos días.”

“Se presentó de nuevo Herrera, con toda su gente, porque así se le había ordenado. Hizo quedar veinte hombres para el resguardo de los que eran baqueanos. Entre ellos eligieron al señor Oses, autor del presente relato. Se le dio el nombramiento de teniente de Guardias Nacionales y estuvo de servicio durante un mes.”

“Recorriendo la banda occidental del Neuquén, al sur del Dahueve, encontraron haciendas de los indios “guañacos”, de las que se les volvían a la querencia cuando éstos huían para Chile. Trajeron treinta animales más o menos, los que se dieron al proveedor. Este había llegado con el capitán García en procura de reses, enviado por el coronel Uriburu”.

“En seguida se le mandó a este capitán perseguir al cacique Udal (Udalmán), llegando hasta las juntas del arroyo Picunleo con el río Trocomán. Allí encontraron algunos pobladores que habían sido despojados por Udalmán en su fuga. Los expedicionarios resolvieron regresar porque fueron informados que Udalmán se habían dirigido a Trapa Trapa para reunirse con otros caciques y ellos llevaban muy poca fuerza”.

Llegaron los primeros días del mes de mayo de 1879. A poco se ve llegar, en busca de amparo y de refugio, a los primeros ranquilches escapados de las pampas. Vienen buscando su salvación después de haber cruzado la travesía del Colorado, donde también la tierra les fue hostil, pero confiando en la hospitalidad de los toldos cordilleranos y los de Chile, que son los de sus hermanos de raza. Nada piden para sí; sólo quieren asilo para sus mujeres y sus hijos y un caballo de pelea para alistarse en la guerra común. Como otras veces, ha de pasar la vorágine, entonces los pampas y salineros responderán con un malón que sirva de escarmiento al huinca trehua y ladrón, aunque esta vez viene pegando fuerte y será difícil librarse de sus garras que, al parecer quieren dejar un escarmiento. Pero ya verán los cristianos cuando llegue el invierno y les encuentre con sus caballadas inservibles por lo cansadas y flacas; cuando el rigor de clima acabe con la resistencia de esos hombres de rostro blanco. Ya verá el general Roca, por más “toro” que sea, como sus fuerzas se aplastarán ante la inercia de la tierra hosca y la astucia y el coraje del pehuenche.

Imagen ilustrativa: Parlamento, obra de Augusto Gómez Romero
Imagen ilustrativa: Parlamento, obra de Augusto Gómez Romero

Sin embargo, siguen aumentando los indios fugitivos que vienen huyendo del empuje de las fuerzas invasoras del río Negro. ¡Huera dungu, huera dungu! (malas noticias, malas noticias), vienen exclamando temerosos. Ya el general Racedo ha hecho sentir la eficacia del nuevo armamento de la Nación en los toldos de los ranquilches, mamilches y salineros de Namuncurá. Una acción envolvente, apenas si les dejó resquicio para escapar. Al parecer, el reinado del araucano en las pampas argentinas ha llegado ya a su fin. Pasando al sur del Colorado, las fuerzas del genera Roca no se detendrán hasta llegar al Neuquén. Tal vez no se aventuren a pasar este último río, porque la caballada está muy maltratada. Si no fuera por los animales que deja abandonados el indio, no se podría llevar a cabo la campaña. ¡Pero esta vez el huinca viene arrollando y matando! Si llegara el caso, el indio todavía podría reorganizarse en la cordillera y esperar el fracaso del huinca por cansancio. Así había acontecido en otras campañas. No le tenían miedo. ¡Ya les pagaría la zozobra que estaban experimentando! Así reflexionaba Purrán.

Con todo, no está tranquilo. Shayhueque ha contestado evasivamente. Al parecer no quiere faltar a su compromiso con el gobierno de la Nación que le suministra víveres, ropas y vicios; por lo demás no quiere tratos con indios que nunca fueron sus amigos.  El no cree que el peligro sea común. Pero Purrán lo presiente. Él está comprobando que el desbande de los pampeanos está tomando proporciones alarmantes; que su chusma compuesta de mujeres, niños y ancianos vive en míseras condiciones. Ante ese cuadro de derrota nublose su faz de bronce, acentuó la preocupación la natural adustez y la duda comenzó a roerle el alma que hasta ese momento no había sabido de flaquezas. Impasible hasta en las más peligrosas empresas, ahora la sentía ensombrecida por un nefasto presentimiento. Era que las cosas pintaban de otro modo… ¡Era el huinca el que atacaba! ¿Qué iba hacer él de su familia, de sus tribus y su patria? ¿Qué se propondrían las fuerzas del ejército de los argentinos? ¿Hasta dónde llegarían en su empuje tras la retirada calculada de los pehuenches? Ahora que había llegado el momento de poner en práctica la estrategia prevista comenzaba a comprender que abandonar sus tierras era uno de los arbitrios más dolorosos. Equivalía a desprenderse de lo más querido: cerros, arroyos, lares, recuerdos, cruces de caminos. Era alejarse del Neuquén, su río, el que con su eterno canturrear le endulzaba las noches de su infancia y que ahora, de igual modo, llamaba al sueño de sus pichivotones (niños); era no ver más, tal vez, su corriente vigorosa, que cuando las circunstancias obligaban, más de una vez lo cruzara animoso asiéndose a la cola de su caballo indio; no ver más a su querido Chos Malal, en donde se levantaban los toldos que abrigaron sus amores, no poder solazar su vista al arrimo de sus malales bayos, ni disfrutar el amparo de los saucedales que bordeaban el Curileuvú, no respirar más el aire embalsamado de yuyo blanco ni gozar de las caricias de su sol; no poder saludar en las mañanas los cerros piqueteados de llaquis y de jarillas; abandonar sus sementeras, sus huertas, sus flores y las dulces esperanzas acunadas en el engendro de sus frutos; no poder contemplar desde lo alto del Mayal, la guirnalda nevada del Puconi Mahuida, que el huinca más tarde empezó a llamar Cordillera del Viento, ni el macizo cristalino del Domuyo, el piramidal Palao, el encapuchado Curi Mahuida, el soberbio Tromen, el Caycayén extenso y el Tilhue taciturno.

¡Cuánta amargura eclipsó en un instante la dulzura de su vida en los campos libres de su Ranquilón histórico!, donde se celebraban los más famosos cahuines y evoluciones pehuenches. ¡Cuánto le dolía el recuerdo de sus horas hogareñas cuando el amor de sus esposas y el respeto de sus hijos, compensaba las fatigas de su diario trajinar! ¡Cuánto le pesaban sus prerrogativas de cacique, no siempre acomodadas a las responsabilidades inherentes al cargo! ¡Y cómo lamentaba que estos sentimientos contrastaran con sus aspiraciones de guerrero ambicioso de gloria y de botín! Porque él también hubiera querido ser héroe de la raza, y ya había ubicado en el Huenuleuvu el lugar en que su alma iría a encender el fuego que lo inmortalizara y desde el que velaría por el bien de su raza…

De pie sobre la comba del cerrito de los malales bayos, miró por última vez el valle ensombrecido y sintió que a pesar de ser gran lonco, no podía, en su grandeza, dejar de ser un hombre; aflojáronse sus rodillas, dobló su cabeza entrecana y entornó sus ojos hacia la tierra amada para ocultar las primeras lágrimas que en su vida derramó.

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Esa es otra historia

Extraído de Purrán, de Gregorio Álvarez. Este texto es un capítulo de dicha obra.


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