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El “brujo” Francisco P. Moreno (segunda parte)

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Primera parte de este artículo: El “brujo” Francisco P. Moreno (primera parte)

A Bertha Koessler-Ilg, en el año 1947, un mapuche le confió esta historia que ella escribió. La persona que la narraba le pidió que no revelase su identidad, aunque sabemos que en ese momento tenía 85 años, y mencionó que la escuchaba de su padre, cuyo hermano (su tío), era werken (portavoz, mensajero) del cacique o lonco Sayhueque.

Por qué Don Francisco (Moreno) debía haber muerto

“Mi padre estaba en la toldería del cacique Valentín Shaiueke , el rey de los Manzaneros, cuando vino un winka que se llamaba Francisco Moreno, pero que los indios, porque lo conocieron, le  dieron otro nombre al hombre éste peligroso : el Cuatrojos. Y como le tenían miedo, lo querían matar para salvarse ellos de las brujerías de él. Cosas graves habían pasado mientras él estuvo en nuestra tierra. La piedra santa, mejor dicho, un montón de piedras de forma rara, se había hecho pedazos: quería decir desgracia, castigo por haberse rendido a don Gobierno, al cristiano. Un chelkura, un hombre de piedra, cayó de la planicie alta, donde había estado siempre el santo hombre de piedra, importante en las fiestas religiosas de abajo. Lo encontraron más tarde en el río, pero estropeado. La parte de arriba, la cabeza, nunca se encontró. ¿Cuándo hubo antes una desgracia tan grande en la tribu? ¿Cómo puede este ser, creado por el Grande del cielo, andar de noche sin cabeza; ése, que no hace daño, que siempre ha sido piedra? ¿Cómo va a vivir sin cabeza? Mucho mal ha traído este winka. Y por entonces lo tenían como preso, sin que él lo sepa, lo vigilaban bien, pero muy bien. Miraban todo lo que hacía y sabían lo que había hecho. Mi chau supo vigilarlo muchas veces. Entonces, los grandes caciques llamaron a un parlamento y decían:

“¿Debe vivir éste, después que quería robar nuestras almas ? Escuchen lo que la sabia machi dijo, ella que vio todo en el peuma, en el sueño de visiones, ella que aconseja muy bien. Terribles fuerzas tiene ése, igual que el toro blanco con las astas de oro, que vive en las cascadas y que lo ve gente con mucha suerte. ¡Cuidado! ¡Aiaiaia!

¿Y por qué nuestros pueblos gritan mape, mape, mape (antiguo grito de guerra), y piden que le quitemos la vida? El corazón de él quieren sacarle del cuerpo y ofrecerlo al Rey del Cielo Azul. En sangre de cristiano quieren lavarse. Quieren festejar el karütún. ¿Y por qué? ¿En qué faltó el intruso? Almas quiere robar. ¿Para qué junta tanta víbora, tanta lagartija, tanto sapo, el intruso; todos estos bichos que nadan, que corren, que se arrastran? Todo lo que vive en la pire mauida (montaña de nieve) lo mete en botellas, les quita el aire, porque los encierra, y así los mata. ¿Para qué ? Solamente porque necesita sus almas, sus espíritus, cuando vuelva a su fta uaria (ciudad grande), donde lo esperan sus amos al ladrón de almas. Que quiere saber todo, que tiene preguntas como de chico. Miren todos y digan: ¿por qué recoge todas las plantas, las flores, las raíces y hasta las hojas de los árboles grandes? ¿Por qué seca algunas, mete otras entre papeles y las encierra para que nadie las vea después? Porque necesita el espíritu de ellas, las almas. ¡Qué pobres han de ser, qué miserables las almas de los winka, que tienen que embotellar, que necesitan esconder las almas de animales y plantas, para que no se les escapen cuando las necesiten! Pero: solamente un brujo sabe agarrar y guardar un alma. Entonces: ¿qué me dicen ustedes? Y con toda seguridad eran pruebas no más. Nuestras almas tienen que agarrar después, nuestros espíritus. ¿Y qué vamos a hacer cuando nos robe las almas y las meta en frascos, en papeles? ¿Cuando vacíe nuestro cuerpo, lo parta en dos, como hizo con el chelkura, que nunca va a ser entero otra vez, que tiene que andar de noche sin cabeza? ¿Y no es capaz de subir a un ciprés alto para esconderse y escuchar lo que los paisanos tienen planeado? Astuto es el hombre éste. ¿Y no hizo robar por su peón la maleta de la machi, donde ella tenía todos los recursos y remedios? ¿No se rió cuando vaciaron la maleta y tiraron las cosas santas? Hay que ofrecer su corazón no más, hace falta el corazón tan variable. Dejen que lo matemos; si no, nos va a matar él a nosotros. ¿O quieren quedar vivos, y al mismo tiempo ser finados, desalmados? Fantasmas seríamos, medio humanos, como ahora es el pobre chelkura, aunque éste fue hecho en piedra y sigue siendo piedra”.

Entonces empezó el cacique Chakaial, el chedkui (suegro) del gran jefe Shaiueke, que, además, era compadre del preso. Hablaba, gritando cada vez más:

“¿Por qué necesita cuatro ojos? Solamente para ver más de lo que es bueno para nosotros, que le dimos hospitalidad al melingué (cuatro ojos) éste. ¿Ya saben que el werkén de él ha declarado que Cuatrojos hace poco hizo un bulto de un espíritu araucano, que lo envolvió en una ueralka (manta hecha con pieles de Guanaco), y que al bulto ése le dio la forma de una persona, con hombros y todo? ¿Y qué mandó el bulto ése a Buenos Aires? ¿Qué merece? ¿Saben que esta alma debe vagar, que nunca encuentra descanso, porque fue robada? Podrá ser el alma del gran guerrero Catriel, que el Cuatrojos la lleva siempre con él, que cuando duerme la tiene al lado, por más que tiene carne en las mejillas y tiene un olor inmundo. Yo pregunto: ¿saben que ya no queda chenke, con huesos o no, que no lo haya revuelto, que no lo haya saqueado, robando los huesos y todo? ¿Saben que en Buenos Aires hay cientos y cientos de cabezas y esqueletos que ha mandado, y que todavía hay muchos más, que tiene escondidos para mandarlos después? ¿Le vamos a dar más tiempo todavía? ¡Griten conmigo el grito de nuestros antepasados! ¡O, oo, ooo, oom! ¿Saben que de nuestra tierra sagrada, de las semillas de plantas, de la sal, del salitre, de las tierras de color (elementos con los que teñían los tejidos), ha juntado mucho de eso y lo ha mandado para la fta uaría? ¿De dónde va a venir después la fuerza del color? ¿De dónde van a sacar las mujeres los colores para los tejidos? ¡Pobre de usted, Cuatrojos! Mejor hubiera sido que te ahogaras en el ka leufu (río de más allá, otro río) en vez de esperar que nos muramos para adueñarte de los huesos y del alma, como has hecho con nuestros antepasados. ¡Ladrón, perro cristiano! ¡Mape, mape, mape! ¿Y han sabido ustedes que ya estaba preso una vez en una ruka (casa) sin luz y que, sin que se sepa cómo, se escapó dejando ahí un ave de rapiña, que también se fue en cuanto la vieron? Quiere decir, que tiene la virtud de cambiarse en animal para hacernos daño. Mape, mape pido yo para el perro winka, el melingué … ¿Y qué puede esperar uno de un winka que se enfurece en seguida porque nuestra gente no quiere que la midan, porque corta va a ser la vida del que fue medido? ¿O tal vez tendrá en sus instrumentos y avíos uno que sabe sacar el alma del cuerpo, quizá en forma de gusano o de un pelo? ¿Quién entenderá el espíritu de este winka? No se olviden ustedes que la gran Aukaché (el nombre de la machi, significa gente rebelde) nos habría avisado antes que venga Cuatrojos. Guerra, muerte nos traerá. ¿Están ustedes seguros y tranquilos si piensan que tal vez los peuén no nos dan más frutos para todo el año? ¿Ustedes creen que estas araucarias madurarán las semillas después que el malintencionado Cuatrojos robó semillas, y hasta arbolitos, para mandar a la fta uaría? Así va a hacer con nuestros chiquitos, los va a echar como bulto en pieles de luán para sacarles el alma ahí, para la uaría grande. Nguenechén, que ha creado todo para el araucano, va a dejar que se sequen los árboles de nuestra comida si no exterminamos al winka, si no le hacemos una fiesta de sangre para mandarle alegría allá arriba, en el Kallfü Uenu, en el cielo azul de Dios.

El

¿Cuánto tiempo hace que no nos bañamos las manos en sangre de cristiano, que no hemos sentido los gritos cobardes? Cobardes hemos sido nosotros, cobardes somos. La gran adivina, la sublime Aukaché, nos ha visto en su peuma tirados en nuestra sangre si no aplicamos al winka éste y después a los otros la puñalada o las boleadoras. Acuérdense que de la boca de un winka solamente pueden salir mentiras.

Si ya hasta cuando oye nuestro grito de guerra y que le preguntamos si será toro (valiente), finge no oír. ¿Y no se ha reído, el otro día, cuando vio que mi laku (nombre del abuelo y nieto en línea paterna) puso en la boca del animal que debía ser sacrificado un manojo de alfalfa antes de matarlo? Claro, Cuatrojos embotella sus animales y con el aire les quita la vida. Mucha fuerza le hemos dejado nosotros, que no hacemos caso a nuestras adivinas. Ellas viven siempre y no mueren nunca: ¿para qué van a mentir ? El winka nos trae la muerte, decían.

Vivos, muertos, todo codicia el melingué. Pero ahora vamos a decir lo más grave, algo que traerá para el winka éste la muerte, para él que esconde detrás de vidrios sus ojos. ¿Saben que quiso robar la piedra santa de nuestro amigo y vecino, la piedra santa que es del cacique, general don Manuel Namunkurá, la piedra que protege la tribu, la tierra, a todos nosotros? ¿Cómo lo consiguió? Amenazó con su poderío, con su autoridad contra los indios, con la fuerza que está detrás de él. La piedra santa la colocó en un cajón de fierro que cerró con siete llaves; tanto es así que la gente no pudo ver más a la piedra santa, qué siempre se les enseñaba en el nguillatún. Sin cuidado tiró lejos el pañuelo de seda que envolvía a la piedra santa. ¡Ueshá ngamno! (malo que no sirve para nada) ¿Y saben lo que pasó después? Las siete llaves no sirvieron. Empezó a relampaguear. Los tokikura bajaban del cielo como lluvia, y se enterraron hondo en los intestinos de la tierra. Escuchen ahora: la piedra santa saltó del cajón con mucho ruido, envuelta en fuego y llamas, y todo el mundo temblaba. Ahora la tribu tiene otra vez su piedra, que es, como saben, larga como dos manos y gruesa como dos manos. Fue mandada por el Uenu Chao en olas grandes de agua para el pueblo de Namunkurá. Como ven, no teme el winka éste las cosas más sagradas. Pido la muerte para él. ¡Maten! ¡Aiaiaiá, aiaiá! ¿No le hemos dado hospitalidad? ¿No nos hemos llamado con él ‘toro’, y nosotros somos valientes, pero el corazón de él cae para aquí, cae para allá? Por eso tenemos que cumplir el deseo de la Aukaché y arrancárselo del cuerpo, este corazón infiel y sucio de perro cristiano. ¡O, oo, ooo, oooo, oom! ¡Arránquenselo, beban la sangre caliente, llamen a nuestro Dios, muéstrenle las manos ensangrentadas, grítenle! ¿O son cobardes ustedes? ¿No creen? ¿Se han olvidado del Nguenemapún, del dueño de todas las tierras? Yo sé que no, y por eso digo: he sabido que el melingué éste, que lleva al hombro todos sus haberes como ‘colector de plantas medicinales’ —según mandó decir don Gobierno para hacernos más engaños todavía, echarnos más mentiras grandes— se burló. El melingué éste, cuando Kirkeuaka  (Lagartija vaca) encontró un tokikura, el rayo que cae del cielo cuando el cielo tiembla pero sin caerse de arriba, un tokikura que recién había salido de la tierra, donde había estado miles de años, trabajando todos los días un poco como para salir, subiendo cada día como el ancho de un pelo, poquito. Y el liñkaingué (ojos grande redondos) se burló cuando supo que el rayo éste es sagrado y quiso decir que es un hacha de piedra de los antiguos. Mentira de él: vienen del cielo; nacen bajo la voz de Dios, que es el tralka (trueno); caen con los lüfke (rayo, relámpago), y caen bien adentro de los intestinos de la tierra, llevándose cada vez oro y plata más para abajo contra los intrusos que quieren oro y plata. El tokikura nos representa a nosotros, los toki, que lo tenemos, porque Dios ordenó así. ¿Qué quiere el melingué, entonces? ¿Ir contra el Dios de los araucanos? Pero en el día en que desaparecerán los winka, ahogados en su sangre, subirán todos los tokikura de golpe. Cada uno de ustedes va a encontrar uno, para curar su corazón, su estómago, como lo hacen las machi, con raspaduras de los tokikuras. Por eso digo: hay que limpiar nuestra tierra. ¡Viertan sangre, hijos de esta tierra! ¡Mueran los burlones! Liñkaingué muera hoy, ya. ¡Fotr, fotr, euen fotr! Demasiado hemos esperado ya. ¡Maten!

Todos gritaron fuerte ‘eia, eia ’ y ‘o, oo, ovo, ooo-o, oom’. Y seguro que el corazón chiquito y falso del Cuatrojos entendió todo y supo que tenía que morir por sus fechorías, que don Gobierno lo mandó a hacer, que no quería al indio pobre y bueno. Todo el pueblo se levantó, las palabras del toki los emborracharon. Y así se decidió la muerte de liñkaingué, y había que hacer como una fiesta grande casi religiosa. Y tenían que preparar y traer mucha bebida fuerte. Y muchos asados tenían que arreglar, porque había que invitar todas las tribus amigas. Y se necesitaban también animales para los sacrificios que esperaba el Rey del Cielo. Muchos preparativos querían hacer los toki, los grandes y los pequeños caciques. Con alegría y con bailes también. Ya estaban buscando las cuatro plumas grandes del choike (ñandú petiso) para pintarlas de colorado como es debido. Los primeros cuatro bailarines tenían que tener cuatro de estas plumas en sus trarülonko. Con gritería se preparaba todo. Y no, se sabía que Cuatrojos había escapado. Escapó por su brujería y nadie lo ha visto más. Parece que más tarde apareció en su uaria grande, pero ahí no le han hecho gran caso, creyendo que decía mentiras. Así son todos los winka, se desconfían entre ellos, no tienen palabra ni corazón. La fiesta no se hizo, después.

Eso es todo lo que contaba mi padre, que el hermano de él había sabido ser werkén del cacique Valentín Shaiueke, compadre del preso.

Este malle mío muchas veces estaba en nuestra ruka, contando, contándome, diciendo que los tokikura tienen fuerza, que saben partir los árboles de un golpe, y que antes Dios los mandaba a la gente para ayudarlos a hacer algún trabajo muy duro. Cuatro veces tenían que llamar, y se venían “chilín, chilín, chilín, chilirí”, sonando fuerte, como trueno. Porque había antes rocas ardientes, árboles como piedra. Y la lluvia y los tokikura venían cuando se los pedía con las palabras precisas. Entonces los paisanos veían todavía a Dios, al Chau mapuche, que hoy se esconde para no ver a los cristianos. Así dicen mis paisanos. Yo no sé nada, cuento no más. Que Melingué ha sido un brujo grande se ve en la forma en que escapó, que había estado muy vigilado. ¿Tendría su fuerza en el cajón pesado? ¿O en las bolsitas con cosas raras, muy pesadas? Quién sabe. Lo que sabemos es que al indio se le quita su tierra donde Dios lo ha puesto; el indio es pobre hoy; Melingué habrá hablado muy mal del indio y seguro que sus patrones le creen todavía. Era un gusto contarle a usted toda la historia, pero no diga que yo la conté: siempre se enoja el winka contra el araucano y puede hacerle daño. Tengo un pedacito de tierra y pocos animales. ¿De qué iba a vivir?”

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Extraído de: Tradiciones Araucanas – de Bertha Koessler-Ilg


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