HistoriasLa provinciaNorte Neuquino

Esposas y concubinas

Plan Quinquenal - Neuquén

Yo sé que soy de tu agrado,
no niegues el darme el sí,
que yo te he ofrecido a ti
un matrimonio sagrado…


“El 19 de septiembre de 1950, Rodolfo Fuentes Zúñiga hijo de Desiderio y Carmen Zúñiga, chileno de 46 años de edad, con 11 años de residencia en el país, domiciliado en paraje Pichi-Neuquén, departamento de Ñorquín, sustrajo mediante engaño del domicilio de sus padres a la menor Clotilde Rivera hija de Moisés y Margarita Avendaño, argentina de 17 años, soltera, alfabeta, cuidadora de cabríos y domiciliada en el paraje Pichi-Neuquén. Dos años atrás el inculpado había dado promesa de casamiento a la menor Clotilde Rivera y ésta el día 18 de septiembre pasado le pidió que la llevara con él, a lo que accedió el inculpado y ese mismo día se pusieron de acuerdo para fugarse en horas de la noche del día siguiente, cosa que así hicieron a las 20 horas aproximadamente.”  Archivo de la Justicia Letrada del Territorio Nacional de Neuquén – Expediente. 1550 “Zúñiga Rodolfo Fuentes o José Zúñiga s/ rapto Paraje Taquimilán, Neuquén.


Clotilde conocía a Zúñiga desde hacía más de 10 años, cuando éste había venido de Chile. Sin trabajo y sin tierra, de oficio minero, Zúñiga había emprendido el camino tan transitado de la cordillera aguardando encontrar al Este una alternativa más digna que la miseria. En su Chile natal había dejado mujer e hijos a los que ya ni siquiera podía considerar como propios. Su mujer hacía tiempo que le había reemplazado con otro a quien sus hijos, aunque más no fuera, respetaban. A pesar de la hombría herida, Zúñiga con cada jornal no olvidaba enviar lo que quedaba después de pagar comida, un poco de alcohol y tabaco. Tal vez con la ilusión de no ser reemplazado también en el corazón de sus hijos. Algún día la vida tendría que darle una chance, o quizás fuera más sencillo esperar que una explosión le dinamitara la cabeza y acabar de una vez por todas con una existencia desgraciada.

Once años habían pasado desde el verano en que decidió cruzar los Andes, la tierra neuquina no había sido demasiado generosa con él.

Trabajo duro, riesgoso y mal remunerado el de las minas. Expuesto a una impiadosa geografía olvidada por la madre naturaleza, que sólo le había dado carbón y algún otro mineral como para contrarrestar la presencia del viento y el desierto, los grandes dueños del norte neuquino. Los hombres poco habían podido hacer con ese paisaje temible, escasa el agua, escasa comida y escasos caminos. Sin escuelas, sin casas, sólo la presencia de esas montañas que por momentos parecían constituir el único refugio para escapar de la furia con que el viento y el frío se ensañaban con los mortales.

En ese lugar, la muerte iba montada en los picos y palas, tan compañera ella que a veces ni ganas daban de organizarse y reclamar frente al patrón mayor seguridad. Con el tiempo, mina y muerte se hicieron hermanas. Y ni el gobierno territoriano con sus oficinas a más de cuatrocientos kilómetros, ni los “gringos” dueños de las empresas quisieron separarlas. ¿Para qué? Si siempre existía reemplazo para un minero mal pago, para un minero muerto o para un agitador.

Pero Zúñiga no se quejaba de esto, ni de la falta de agua, ni de tener que vivir a veces en las cuevas por no poder construir un miserable rancho, lo suficientemente fuerte para aguantar la orgía que el viento desataba. No se quejaba tampoco de no haber aprendido a leer y a escribir, de haber tenido que salir a trabajar antes de hacerse hombre. Ya ni siquiera se quejaba de la traición de su esposa; sólo una cosa le enfriaba el alma, la soledad. Esa sensación de ser tan único que a nadie importa su existencia, que puede un día cualquiera quedar enterrado bajo las rocas y sólo el capataz al final de la quincena notará que debe pagar un jornal menos. ¿Qué hacer en esos parajes abandonados para combatir tan terrible drama? ¿Cómo alivianar las escasas horas de descanso que entre rutina y rutina – desgraciadamente para Zúñiga- quedaban liberadas al disfrute de los afectos? ¿A dónde ir aunque más no fuera a comprar un poco de amor? Las profesionales eran demasiado caras y sólo venían de vez en cuando, en los días de cobro, a ejercer su oficio.

A unos kilómetros del paraje en que Zúñiga y otros mineros compartían el destino, se levantaba el rancho de los Avendaño. Una familia criancera de chivos y cabras, tan pobre como lo puede ser cualquier campesino de estas tierras áridas. Viviendo de la poca ganancia de sus animales, dependiendo de un comerciante estafador o un juez de paz corrupto para sacar un poquito más en un precio siempre injusto. En la familia todos trabajan, aún los niños que dejan de serlo rápidamente porque la infancia es casi un privilegio que no pueden darse los pobres. La vida es corta y no se nace para disfrutarla sino para padecerla. A los siete u ocho años, niña o varón, ya se ha iniciado en los quehaceres más rudimentarios de la vida doméstica, sea en la cocina, juntando leña o cuidando chivos. El varón, por su condición, tendrá que buscar trabajo remunerado fuera del hogar paterno desde muy temprano. A los diez u once años, una niña violentamente se convertirá en mujer aunque su biología indique lo contrario. Un padre, un tío, primo, hermano o conocido se encargará de acabar con su inocencia y dejarle un hijo en el vientre como testimonio de su madurez prematura.

Con un poco de suerte y buena voluntad de la familia, el nuevo integrante podrá crecer junto con su madre-niña y convertirse en una boca más que alimentar hasta que pueda producir lo que consuma. Pero generalmente ese pequeño morirá antes de nacer o al poco tiempo de haber visto la luz, víctima de la falta de atención médica de su madre así como de enfermedades que en otras partes con vacunas ya se han erradicado. Según las autoridades nacionales, en ese rincón del país cada mil niños que nacen vivos,  118 se mueren; un 40% de los que tienen entre 6 y 8 años está infectado de tuberculosis.

Clotilde creció allí, en ese lugar de Ñorquín. Siempre cuidó de las chivas, recorrió cada uno y mil veces los mismos senderos por los que los animales andaban, buscando una maleza vieja y dura y un poco de agua. Más de una vez debió pasar la noche a la intemperie. En ocasiones en que las cabras se alejaban demasiado de la casa ella debía aguardar el alba refugiándose en alguna cueva que la amparase aunque más no fuera del viento, ya que frío y hambre podían llegar a soportarse mejor. Para esa adolescente morena y delgadita, 17 años eran suficientes para saber que no había más futuro que el presente.

Desde muy niña conocía a ese hombre que de cuando en cuando visitaba a sus padres. Callado, atento, trabajador según la opinión de su padre, un poco viejo tal vez: su cara y sus manos estaban surcadas por demasiadas y profundas arrugas. Pero ¿qué importaba eso? ¿Acaso ella con diecisiete no parecía de veinticinco? Era un hombre bueno o al menos lo aparentaba. A su madre no le gustaba porque decía que su mirada era rara y estaba siempre puesta en Clotilde. Y Clotilde no dejaba de encantarse con la idea de que fuera cierto el decir de su madre, de que alguien pudiera detenerse en ella aun siendo así, llena de harapos y con olor a cabra. No fue difícil entablar relación, un vaso de vino ofrecido, un trozo de pan servido, alguna que otra referencia al buen o mal tiempo y ya la relación era un hecho. Las visitas de Zúñiga comenzaron a hacerse más seguidas, incluso alguna vez trajo vino para convidar a don Moisés, padre de Clotilde. Mientras, no dejaba de elogiar la cocina de doña Margarita, quien seguía haciendo sus cosas con una sordera temporaria.

La primera vez que Zúñiga pudo estar a solas con Clotilde fue en una ocasión en que acompañó a la muchacha a guardar a las chivas. Allí le confesó su pasado, le habló de su mujer y de sus hijos que estaban en Chile. Le contó también que había vivido un tiempo con una mujer de nombre Filiberta con quien había tenido un hijo, pero que desde hacía tiempo que estaba solo y estaba dispuesto, si ella lo quería, a contraer matrimonio cuando fuera más grande.

Clotilde tenía entonces quince años, pero de allí en adelante supo cada día que pasaba que cualquier destino con Zúñiga sería mejor que la tutela de sus padres. Cualquier rancho de barro y paja construido en la montaña sería más acogedor que el olor a cabra y leña que invadía sus sentidos desde que tenía memoria. Mejor el sexo con un hombre como Zúñiga que parecía, si no quererla, al menos, respetarla, que con un familiar que la lastimara. ¿Qué cuánto más podía esperar como mujer a un hombre? ¿Qué dónde lo conocería? Y por último, ¿hasta cuándo tendría que cuidar cabras sólo a cambio de comida? Zúñiga era la oportunidad para huir. ¿Qué importaba si era amor u otra cosa, si era tan solo el olor a hembra -como decía su madre- lo que perseguía Zúñiga? Después de todo no había mucho que elegir. Y aun cuando no se casara, con el tiempo ya nadie recordaría la promiscuidad de sus vidas.

Doña Margarita jamás permitiría el matrimonio. No tanto por Zúñiga -aunque bien poco lo estimaba- sino porque a esta altura de la vida ya no había en la casa quién cuidara las chivas. Ni ella ni su marido estaban en condiciones de caminar días enteros, de tolerar la intemperie y de comer una vez al día. Sus cuerpos gastados no soportarían ni media jornada, y si Clotilde se iba no había reemplazo. Un par de brazos y piernas jóvenes a cambio de una comida no se consigue fácilmente en estos parajes. Tal vez Zúñiga pensaba lo mismo.

Un 18 de septiembre decidieron unirse de una vez por todas. Él la esperaría a la salida del rancho paterno y juntos caminarían hasta el paraje donde Zúñiga todavía mantenía un cuartito que en algún momento había compartido con Filiberta Jara, pero que ya no lo hacía desde hacía tiempo. Se marcharon al atardecer. Un día se tardaron en descubrir que Clotilde faltaba del rancho y apenas un segundo en saber dónde estaba. Allá fue doña Margarita a buscar a su hija. ¿Y qué mejor argumento para desconfiar sino el hecho que la puerta le fuera abierta por la propia Filiberta? “Que su hija no está aquí”, “que como no, si la estoy viendo “, “que ta’bien, pase, la puerta no se le da a nadie”, “que yo me quedo, que no me vuelvo”.

El destacamento de gendarmería de Taquimilán tomó cartas en el asunto a pedido de los padres de Clotilde. Por tratarse de una menor hubo que dar curso a la justicia:

“El inculpado llevó a la menor hasta el paraje “Los Galpones” donde se alojó la noche del 19 en el domicilio de su exconcubina Filiberta Jara, donde tuvo relaciones sexuales por primera vez con la menor Clotilde Rivera… Zúniga declara: que hace dos años que conoce a la menor y que dio promesa de matrimonio pero que debía esperar porque era aún muy chica. A partir de entonces y como sufría mucho en su casa Clotilde le pidió que le llevara con él, pues en su casa la mandaban al campo a cuidar chivas…Que había prometido casarse con la menor Clotilde, aunque ya era casado, porque creía que aquí se podía casar nuevamente. Que la primera vez que tuvo relaciones sexuales con la menor fue el día 19 de septiembre a la noche. Que la sacó de su casa para vivir con ella y no para dejarla tirada por ahí y que tenía intenciones de casarse si ello se podía… Que hizo mal en no hablar con el padre de Clotilde y que en este momento se arrepiente de haber sacado a la menor del hogar de los padres…La dicente (Clotilde Rivera), cansada de vivir en el hogar de sus padres, donde era utilizada para cuidar chivos por medio del campo y durmiendo a la intemperie, le pidió que la llevara con él; a cuyo pedido accedió Zuñiga prometiéndole que cuando cobrara pasaría por ella. Que tenía conocimiento de que era casado en Chile y tenía hijos pero que se había separado. Que se fue de su casa porque muchas veces la “manijaban” sin comer, mandándola a cuidar chivas desde el amanecer hasta la noche y era retada muy frecuentemente por sus padres; que cansada de todo eso decidió irse con Zúñiga a quien quiere mucho y este fue muy bueno con ella”.

La justicia no encontró delito alguno. Clotilde se negó a regresar con sus padres cuando la justicia la obligó, pero de cualquier manera su madre se negó a recibirla. El matrimonio nunca se llevó a cabo, pero no importó. La promesa fue suficiente declaración para comprobar la honradez de este hombre cuando solicitó la atención de esa mujer. El amor no fue esa pasión anárquica por la que se juega hasta la vida, como en la fábula de los amantes de Verona. De este lado de la vida, aquí en la frontera de los Andes Meridionales, en un espacio olvidado hasta por la naturaleza, Clotilde y Zúñiga existieron. Se encontraron tan pobres como nacieron, se desearon sin formas ni amuletos estrafalarios. Él quería compañía y una buena mujer que le lavara la ropa y cocinara su pan. Ella quería ser rescatada y jugar a ser mujer. Decidieron entonces que eso les alcanzaba para ser felices.

 María Beatriz Gentile

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Extraído de: Historias de sangre, locura y amor: Neuquén (1900-1950), de María Beatriz Gentile, Gabriel Rafart, Ernesto Lázaro Bohoslavsky (compiladores) .


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