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La última curda – Apostar, conquistar y morir de alcohol – (parte 2 – última)

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Los prostíbulos aparecían también como espacios aventurados y peligrosos. Son numerosos los expedientes por lesiones, robo y homicidios ocurridos en el territorio dentro de las llamadas casas de tolerancia. El siguiente relato da vida a un hecho ocurrido en el prostíbulo de la Sra. Manrique, ubicado en la calle San Luis el 25 de diciembre de 1908 de la capital neuquina.

Por la tarde de ese día, el lugar estaba siendo utilizado por un grupo de personas, entre las que estaban las pupilas, la dueña y algunos asiduos clientes, bailando y bebiendo con motivo de festejar la navidad. Desde cerca de las 14 horas había llegado al local Manuel Durán, personaje que había sido mencionado en la causa anterior como concurrente al baile de la fonda de Carmen Zapata, con algunas copas encima.

Más o menos a las 16 horas entró Lázaro Talla y al encontrar a la pupila Delia Suárez recostada sobre el mostrador, la tomó de un brazo y la llevó al fondo del salón diciendo a los presentes “ahorita los dejo sin hembra”. Según lo declarado por la pupila mencionada, “se zafó y corrió hacia la puerta del patio”. Al regresar al lugar encontró que Talla y Durán discutían, pregonándose insultos y amenazas.

Nuevamente la disputa era una mujer, el baile y los tragos amargos y dulces que acompañaban la calurosa tarde de verano. De un momento a otro, Manuel Durán sacó su cuchillo e hirió a Lázaro en el brazo.

Talla descubrió su revólver y disparó. Durán, bacán del barrio, cayó herido en medio del salón de baile. Lázaro todavía alcoholizado y apenas consciente de lo sucedido no se detuvo ni para saber si había matado a Durán, corrió desesperadamente por las arenosas calles del Bajo y sólo se detuvo en la casa de su hermana a quien le dijo: “He hecho una muerte en lo de la vieja Petrona porque me estaban compadreando”. Le entregó el arma y huyó.

Durán murió 15 días después por una peritonitis, no acusó a Talla y solo se limitó a decir que quien le disparó era solo un “camorrista”. Estas declaraciones y las circunstancias del hecho, permitieron alegar “en defensa propia” lo que evitó que Talla fuera condenado por la justicia.

Archivo de la Justicia Letrada del Territorio Nacional del Neuquén - (AJLTN) - exp.nº 1047
Archivo de la Justicia Letrada del Territorio Nacional del Neuquén – (AJLTN) – exp.nº 1047

Este episodio sucede entre dos jóvenes argentinos de 20 años, Talla, soltero, jornalero y Durán, también soltero, empleado municipal. De las mujeres que aparecen como testigos de la causa tres declararon ser pupilas de la casa: Hortensia de 20 años, casada y sin instrucción; Delia, 22 años, soltera con instrucción y Sonia también de 20 años, soltera y sin instrucción. Los hombres, además de la víctima y el acusado, se identificaron como Domingo de 20 años, chileno, soltero hijo de la dueña del prostíbulo y Eduardo, austríaco de 24 años de edad con residencia en la capital, soltero, albañil con instrucción.

Como se puede observar también el prostíbulo podía volverse en un sitio difícil y violento tanto para hombres como para mujeres. Dada la escasez de mujeres en esas épocas, las riñas y la competencia por su amor y su cuerpo parecían ser una constante que se repetía no solamente en los sitios públicos.

La irrupción de una serie de prostíbulos entre 1905 y 1920, tiene que ver con esta ausencia. Al menos 7 casas de tolerancias hemos contabilizado que funcionaban en el pueblo de Neuquén por esas fechas; la fama de estas casas trascendía el ámbito local, llegando también a otros poblados del Alto Valle desde donde concurría gente. En 1910 se vuelve a especificar el lugar donde debían funcionar las casas de tolerancia estableciéndose que las mismas se debían instalar en las manzanas ubicadas entre las calles Perito Moreno al Norte, Montevideo al Sur, Bahía Blanca al Este y al Oeste la calle Río Negro.

Sin embargo, las riñas entre varones no solamente se originaban por mujeres, también el dinero y el juego podían encarnar el origen de una disputa en un contexto parecido.

Espacios como las fondas eran también lugares de esparcimiento. En general acudían los hombres que trabajaban en el pueblo o en las chacras próximas donde allí encontraban un sitio para cenar, compartir charlas con otros compañeros, jugar a las cartas y tomar unos tragos. Tal era lo que sucedía en la fonda de la calle San Martín, cuando por esa calle pasaba la ruta 22, y cuyos dueños, Ana Rosa y José, también poseían piezas para alquilar en el fondo de su patio.

La siguiente causa se inició con la declaración de varios testigos que habían acompañado la noche anterior a Tránsito Miranda. Según estos relatos, el viernes 29 de noviembre de 1911 habían cenado un conjunto de hombres, jornaleros, peones, empleados de comercio y ferroviarios en la fonda de Ana Rosa y José. Con Tránsito Miranda se encontraban Tobías, Lisandro y el Tuerto, que luego de cenar iniciaron un partido de truco al “que pierde paga una botella de vino”.

Tobías y Tránsito, víctima y victimario, jugaban en pareja ganando un partido y pagando otro. Pero internamente aún debían resolver quién de los dos se haría cargo de las deudas contraídas por la partida que habían perdido. Según el testimonio del patrón, los cuatro “charlaban y tomaban vino amistosamente”. Sin embargo, por las declaraciones de Tránsito Miranda, las cosas entre ellos no eran tan amables, su compañero no tenía dinero para pagar y por este motivo Tránsito decidió abandonar el juego. Tobías, con unas cuantas copas encima, comenzó a propagarle cargadas e insultos: “dale ahora estas agrandado porque ganaste un partido” “dale, ¡jugate otro, gorra colorada!” “dale indio de mierda”.

Al salir de la fonda, tres de ellos se marcharon a las piezas del fondo donde pasarían la noche. Mientras caminaban, iban tomando vino y seguían discutiendo por las deudas de juego. Llegando frente al cuarto en el que dormía Tránsito, las burlas de Tobías se incrementaron (continuaban ahora relacionadas con la ropa que llevaba puesta) y el aire comenzó a enrarecerse. En ese instante Lisandro vio que Tránsito sacaba un cuchillo y diciéndole a Tobías “me estas jodiendo y te voy a joder” le asestó una puñalada en el abdomen. Luego de unos instantes, Tránsito, Lisandro y los que dormían en el cuarto sintieron que Tobías se quejaba y decía “me has jodido, hermanito”, unos minutos después dejaron de escucharlo, y supieron que había muerto. Lisandro corrió hacia las vías del Ferrocarril Sud, pero antes Tránsito le advirtió: “si se muere no vas a declarar que yo lo maté sino te mato a vos también”. Al rato ingresó al cuarto donde se encontraban sus compañeros de pieza y en tono amenazador preguntó “¡¿quién dijo que yo maté a un hombre?!”. Nadie respondió nada, ya que además de borracho estaba armado. Después escucharon que lloraba, y como hablando consigo mismo se decía: “bastante me han jodido….soy indio carajo”. Más tarde se levantó, se colocó el poncho y rumbeó al boliche a emborracharse. Era la salida que parecía encontrar Tránsito Miranda para adquirir el coraje que necesitaba para enfrentar sus actos y sus pensamientos. Era su forma de sentir fortaleza y adormecer su cabeza en un contexto donde el que más bebe es más hombre. Tránsito, como tanto otros, emborrachándose lograba convertirse en ese “verdadero hombre” que sentía que debía ser.

Al amanecer de ese día, Ana Rosa se despertó a las 6 de la mañana para trabajar en los quehaceres de su casa cuando vio, al igual que otras veces, un hombre tirado en el suelo de su patio durmiendo la borrachera. Pero su intuición le decía que esta vez era diferente, y efectivamente cuando se acercó y lo dio vuelta vio que estaba muerto. Era Tobías Alonso, uno de los peones de José, su marido. A las 10 de la mañana la policía encontró al autor del hecho tirado, también, pero completamente borracho al lado del boliche del Turco. Ese mismo día comenzaron a llover citaciones a la gente que vivía en las piezas de la calle San Martín.

¿Quiénes eran estos hombres que se encontraron apenas unos minutos y que se jugaron la libertad y la vida en una partida al truco? Tobías era chileno a igual que Lisandro, el Tuerto español y Tránsito indio. Sólo uno contestó que sabía leer y escribir y que reconoce las generales de la ley. El resto no tenía instrucción, todos eran jornaleros, jóvenes y solteros. Lo que en otro momento quizá hubiera pasado como una broma pesada, en momentos de embriaguez permitió que el coraje afloraba descontroladamente conduciendo a la fatalidad en más de una ocasión. Está vez Tránsito no encontró otra forma de callar aquello que le molestaba y lo ridiculizaba frente a otros hombres: su condición de indio, su manera de vestirse, la imagen burlona que le volvía de sí mismo; en definitiva, se trataba de aquello que lo identificaba y lo diferenciaba del resto de los mortales.

No sería la única vez que en el pueblo de Neuquén se mezclaban peligrosamente alcohol, deudas de juego y bromas pesadas conduciendo a personas que apenas se conocían, a la prisión o a la muerte. También otros personajes en condiciones similares culminaban sus días de la misma manera.

Tal fue el caso de lo ocurrido en septiembre de 1912 en los “galpones de chapa de zinc” del Ferrocarril Sud. En esta ocasión se trataba de cuatro extranjeros que, ocasionalmente, estaban pasando la noche en uno de los galpones del ferrocarril situado a poca distancia del pueblo. Se trataba de gente solitaria en un medio amenazante, donde no se sabía con quién se estaba durmiendo ni tampoco qué cosas entraban en juego cada vez que se iniciaba una partida.

Ese sábado se habían alojado Francisco, un español recién llegado de 55 años, Basilio también español de 21 años, Adrián un belga de 59 años y Juan, chileno de 30 años, soltero y sin instrucción. Muy temprano por la mañana se agregaban dos hombres más que dijeron no tener rumbo fijo. Según los relatos de Juan, los recién llegados prepararon unos mates e iniciaron una conversación amena preguntando sobre trabajos y otras cosas relativas a la zona y la gente del lugar. A media mañana, uno de ellos sacó una botella de caña convidando a los presentes; por supuesto el gesto fue aceptado y en correspondencia Juan, sacó otra caña para compartir. El único que no aceptó beber, a esas tempranas horas, fue Basilio que acompañó la jornada tomando mate. Después de un rato, Francisco y Juan cayeron completamente borrachos en algunos de los catres que estaban en el galpón. Luego Adrián y los recién llegados comenzaron una ronda de pulseadas. Uno de estos últimos, según relató después Adrián, ganando las pulseadas hacía alarde de su fuerza e insultaba a sus compañeros. El juego se iba tornando más violento hasta que uno de los desconocidos se levantó amenazando a su compañero de viaje con un cuchillo. Este último, borracho y sin defensa, se alejó del lugar. Quedaron tres: Basilio preocupado por el tono que adquirían los hechos y el belga con el desconocido, continuando la discusión y las amenazas. En medio de la riña Adrián sacó su arma, un calibre 38, y según su declaración dio un tiro al aire; pero en ese momento su contrincante caía muerto en los brazos de Basilio.

Lo sucedido luego no está claro. Uno de los guardas del ferrocarril dio aviso de lo acontecido a la policía. Cuando llegó el comisario encontró a un hombre muerto desde hacía una hora y a dos borrachos durmiendo sin la menor idea de lo sucedido. Al día siguiente, Adrián y Basilio se entregaban a la policía quedando los cuatro detenidos. Juan y Francisco obtuvieron su libertad cuando los participantes del hecho dieron su versión de lo acontecido. A los pocos días también Basilio recuperó su libertad y el autor del crimen debió enfrentar el juicio y la prisión. Del hombre muerto se supo muy poco, no tenía identificación ni papeles que dieran pistas de él.

La última curda – Apostar, conquistar y morir de alcohol - Neuquén Capital.

Sólo llevaba una bolsa con ropa sucia, yerba, un tarro de tabaco negro “La Fortuna”, una navaja de afeitar y un papel con membrete escrito en árabe; usaba una gorra color café, pañuelo al cuello, chaquetilla rayada, botines de cuero y pantalón negro; medía cerca de un metro sesenta, aparentaba unos 55 años, pelado y con bigote rubio canoso. En septiembre de 1913, el tribunal de la ciudad de La Plata en respuesta a la apelación dictaminó revocar la sentencia y absolver de culpa y cargo al procesado; el 23 del mismo mes Adrián recuperó su libertad.

Dos escenarios distintos, pero un mismo acto. Entre el delirio de la borrachera y el juego, la sensatez y el silencio parecían no tener cabida. Las piezas, galpones y pabellones de solteros si bien eran espacios privados se tenían que compartir, en ocasiones con desconocidos o con conocidos peligrosos. En un contexto social, sensible a la diferencia y a la identidad, muchas palabras podían ser el causante de un momento de arrebato o bronca capaz de causar la muerte. En este caso, el honor y la virilidad parecían estar en juego en cada pulseada ¿Acaso no era todo lo que estaba en juego y lo único que se podía perder? La fuerza física, el coraje y la dignidad parecen haberse apostado en este juego mortal.

Lo aquí expuesto no solamente se limitaba a la vida en la frontera, sino que era una realidad compartida, vivida también en otros ámbitos geográficos donde, en condiciones sociales similares, los sentimientos y las acciones de hombres y mujeres nacionales o inmigrantes se repetían.

En estos escenarios, actitudes como la “compadreada”, el “alarde” y la “fanfarronería” no eran conductas tolerantes para un hombre que se preciara de tal. En general se la entendía como una provocación y una invitación a pelear, excusa suficiente para exponer pública o privadamente el “coraje”, la astucia y el manejo de armas. También la competencia y los celos por mujeres o dinero eran elementos que “amenazaban” la masculinidad de quien no los defendiera. En una cultura donde el que más bebe es más macho y el vino o el licor es el compañero leal que facilita la amistad (y la enemistad), la presencia de estos elementos daba como resultado una combinación explosiva que se resolvía con violencia. A tal punto estas circunstancias generaban el contexto para el crimen que, en 1920, y a raíz de la gran cantidad de lesiones, accidentes y también de homicidios ocurridos en circunstancias de consumo excesivo de alcohol, el Gobernador del Territorio del Neuquén, resuelve dictaminar la “Ley Seca” que penaba con multas tanto a consumidores como a expendedores de bebidas alcohólicas.

El Gobernador resuelve: incurren en contravención y se hacen pasibles de penas impuestas por la presente disposición: Art. 1º: Toda persona que se encuentre en estado de ebriedad manifiesta en las calles, caminos, plazas, almacenes, despachos de bebidas, parajes y sitios públicos, abonará la suma de $5 m/n en concepto de multa y $ 10 m/n en caso de reincidencia. Art. 2º: El dueño o encargado de la casa de negocio donde se expendan bebidas alcohólicas que despache a personas en manifiesto estado de ebriedad, menores de 18 años o que expendan bebidas a agentes de Policía, abonará la suma de $ 20 m/n y en los casos de reincidencia $ 50 m/n. Art. 3°: Los propietarios de las casas de comercio donde se despachen bebidas alcohólicas están obligados a mantener expuestos en un paraje visible un ejemplar de la presente disposición, sellado por la Comisaría de la jurisdicción en la que aquellos se hallen establecidos”

En general, tanto víctima como victimarios eran hombres solos, solteros, sin familias y sin lugar de residencia fija. Quizá esta situación los exponía más a estos hombres que a otros a circunstancias imprevistas o momentos intimidatorios caracterizados por la insensatez y la intolerancia. Hilario Torres, Rodolfo Laurín al igual que Manuel Durán y Lázaro Talla arriesgaron sus vidas y libertad por celos, envidia y por compadrear; Tránsito y Tobías, como Adrián y el desconocido jugaron una partida cuyo precio ignoraban, pero que estaban dispuestos a pagar.

Marcela Debener

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Extraído de: Historias de sangre, locura y amor: Neuquén (1900-1950), de María Beatriz Gentile, Gabriel Rafart, Ernesto Lázaro Bohoslavsky (compiladores)


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