Sur y Limay

La villa que nació y murió detrás de una represa

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Rincón Chico, en Piedra del Águila, fue un pueblo creado para albergar a los trabajadores que construirían la represa Piedra del Águila. Llegó a tener 6.000 habitantes. La villa no sólo estaba completamente pavimentada, sino que también tenía tendido eléctrico por todos lados, cloacas y hasta agua caliente.

Hoy ya no queda nada, solo se adivina el pueblo por el asfalto y los cordones de vereda que es lo único que queda. Pero por sus calles y en la construcción de la represa, miles de seres humanos vivieron, amaron, sintieron, fueron felices, sufrieron, y algunos también murieron.

Tenía una capacidad para 9.000 habitantes.

Antes de construir la represa hubo una ciudad temporaria que se llamó Rincón Chico, un pueblo que se organizó para luego desaparecer. Era una comunidad que se había conformado por la necesidad de trabajo a partir de un proyecto ambicioso: la construcción de una represa ubicada en Piedra del Águila, un de las cinco que controlan el Limay. Fue la más grande, y también la que más vidas se cobró mientras duró la obra.

El proyecto comenzó a plasmarse en 1984. Primero se construyó la villa, en la que vivirían 5.500 obreros pero que tenía una capacidad para 9.000 habitantes. Luego se iniciarían las obras.

Como ocurrió cuando se hizo la de El Chocón, llegó a Neuquén gente de todos lados. La capital aportó muchos trabajadores, pero también vinieron desde otras provincias y países limítrofes.

Se necesitaba una enorme masa laboral para levantar los 167 metros de altura que tenía la presa sobre una extensión de 820 metros. Allí se instalarían seis turbogeneradores  encargados de motorizar la energía, que llegaría de un lago de 282 kilómetros cuadrados. Un proyecto ambicioso y magnífico.

La vida en la villa era casi igual a la de cualquier pueblo organizado, aunque en este caso todos tenían el mismo trabajo, más allá del rol que tenían y la empresa que los contrataba.

La jornada laboral comenzaba temprano en horas de la mañana hasta el mediodía, cuando se hacía un descanso para el almuerzo. A la tarde todos seguían hasta completar las 10 horas. Eran días largos y duros. No importaban las condiciones climáticas, la obra no se paraba por nada.

Para los ratos libres, el pequeño pueblo tenía espacios destinados para el esparcimiento. Había un cine, un gimnasio y distintos lugares de recreación. El sitio también contaba con una iglesia, un supermercado, una central telefónica, un centro de salud y una sucursal bancaria. También había una escuela para que las familias que estaban asentadas allí pudieran enviar a sus hijos. Un destacamento policial era el encargado de la seguridad y de mantener el orden.

La gran mayoría de los que vivían en Neuquén o alrededores aprovechaba el fin de semana para ver a su familia. Los que venían de lejos, viajaban una vez por año (por lo general para las fiestas) para aprovechar las vacaciones. Pero la inmensa masa de hombres estaba en la villa permanentemente, golpeados por la soledad y la nostalgia.

El primer grupo generador fue inagurado por el entonces Presidente Menem, y los Gobernadores Jorge Sobisch de Neuquen y Horacio Massaccesi de Rio Negro.

Un pequeño grupo de prostitutas comenzó a frecuentar la villa los fines de semana. Ingresaban escondidas en algún vehículo particular y salían de la misma durante la madrugada. Pero el grupito de “las chichis”, como las llamaban los obreros, comenzó a hacerse más grande, hasta que la situación se volvió ingobernable.

Para evitar problemas, las empresas decidieron autorizar la visita de las mujeres, que llegaron a alcanzar las 150 y que fueron alojadas en una gamela. Las chichis estuvieron supervisadas por controles médicos diarios y su trabajo fue organizado de manera tal que no alterara el trabajo de la gente.

“A todas se las respetó y nunca hubo problemas”, recuerda Alcides Christiansen, por entonces delegado de los obreros. Incluso asegura que de aquellas visitas nacieron varios romances y hasta matrimonios.
Pero no todo fue paz y trabajo en la villa. Una serie de accidentes que, a lo largo de la obra, se cobraron la vida de 13 obreros, motivaron un fuerte reclamo de los trabajadores que estuvo acompañado además por un pedido de aumento salarial, en un contexto gremial complicado producto de pujas internas de la UOCRA.

El 30 de abril de 1986 una marcha histórica que protagonizaron los obreros caminando durante cinco días desde Piedra del Águila a Neuquén fue el punto de inflexión en la historia de la provincia. Los trabajadores no consiguieron todo lo que reclamaban, pero a partir de esa protesta mejoraron las condiciones de seguridad y los magros sueldos que cobraban.

Invierno de 1986

La villa duró aproximadamente seis años, ya que en 1990 comenzó el llenado del enorme lago artificial.
Cuando concluyeron las obras civiles, muchos obreros volvieron a sus ciudades de origen. De a poco, aquella pequeña ciudad que le dio tanta vida a la represa se fue despoblando hasta desaparecer.

Los obreros que son parte de la historia

Jornadas extenuantes, anécdotas inolvidables y una experiencia laboral para toda la vida.
Miles de obreros hicieron historia trabajando en la construcción de la represa de Piedra del Águila.
Las imágenes que ilustran estas notas fueron tomadas de un grupo de Facebook denominado “En los 80 se vivió en la Villa Piedra del Águila”. En el sitio, todos los que pasaron por la villa suben sus fotos y cuentan sus recuerdos.

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.

Esa es otra historia

Fuente: Mario CippitelliLa Mañana de Neuquén


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