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Locas conspiraciones. El golpe del treinta en Neuquén (primera parte)

Plan Quinquenal - Neuquén

Corría la segunda mitad del año 1930 y si la primavera todavía no había empezado, ese setiembre la anunciaba sin novedades. Todo parecía que Neuquén estaba condenado al fenómeno climático de siempre: viento y calor. Esa combinación hacía insoportable el mediodía en la capital neuquina, donde los médanos ya habían empezado a cambiar de lugar y la tierra comenzaba a habitar la faringe de los escasos habitantes.

Como si quisiera hacer más sofocante el día, y todavía con la arena pegada en la frente, Don Amadeo Delfino -encargado de la Gobernación del Territorio- se reúne en su despacho con el Dr. Martín Ardenghi, a cargo del gobierno municipal de la capital:

– Vea Dr. Ardenghi…, las cosas en Buenos Aires van de mal en peor, se están poniendo muy feas…. He recibido dos telegramas que me informan que en cualquier momento lo derrocan a nuestro presidente. ¿Puede ser tan grande la canallada en este país? Pero le aseguro que aquí no será tan fácil para los enemigos de Yrigoyen….

– ¡Muy bien Delfino! Yo estoy al pie del cañón. Habrá que prepararse… porque si Zapala es de ellos…. seguramente van a querer avanzar hasta aquí…

– Mire…, de momento dispuse el acuartelamiento de la policía de la capital. Y voy a nombrar a Lieste – el capitán de gendarmería- jefe de la Comisaría local. ¿Qué le parece?

– Ta’ bien, pero… hay que ver la forma de averiguar qué es lo que va a hacer este cabrón de Etcheluz. Hay que averiguarlo bien porque es muy escurridizo       

En efecto, por la noche el gobernador a cargo llama a Lieste a su despacho:

– Mire Lieste…, Ud. sabe que las cosas no están bien en la Capital Federal. Parece que las galeritas van a derrocar nomás al peludo… Es mi función preservar el orden en el Territorio, ¡y estoy dispuesto a cumplir con mi deber cueste lo que cueste! De manera que le ordeno a Ud. que se dirija a Zapala y confirme allí en qué condiciones está el Tiro Federal… si está bien cerrado o fue violentada su cerradura. En ese caso se encarga de repararla. Pero sobre todo, me averigua qué es lo que piensa Etcheluz… Porque debe estar ya enterado de los movimientos en la Capital… Averigüe bien qué es lo que piensa, cuáles serán sus pasos, si piensa avanzar a la capital del territorio o hacer otra cosa. ¿Se entiende?

Cumpliendo con las precisas órdenes del Gobernador -por la mañana del jueves 4 de Setiembre- Lieste enfrenta 180 km de viento y arena, camino a Zapala. Allí revisa tas cerraduras del Tiro Federal, recomienda su cuidado al comisario local y se entrevista con Etcheluz:

– Sr Etcheluz, no sé si estará al tanto de lo que sucede en la Capital Federal… pero…

– Sí, claro. Estoy a la expectativa de lo que sucede… porque ¡no se puede seguir con este estado de cosas…!

– Bueno señor, justamente, porque es conocida su posición política es que el Gobernador quisiera saber si es que Ud. tomará el ejemplo de lo que sucede en la Capital Federal y tomará la Capital del Territorio.

Etcheluz se levanta de su silla y sube el tono.

– Escúcheme Capitán, dígale a ese empleado -porque es sólo eso, un empleado “a cargo” de la gobernación- que la tiranía cae, y eso no lo va a poder evitar nadie. ¡Y que yo no estoy dispuesto ni he pensado en semejante cosa!! ¡Que tenga seguridad de esto que le digo! Por favor transmítaselo y convénzalo de tal cosa. ¿Era todo lo que tenía que decir?

El diálogo no había terminado bien, pero fue claro, sin dejar lugar a dudas. Lieste volvió a la capital convencido, aunque de mal humor.

Los días siguieron acumulando monotonía y arena, y ni el golpe de Estado del 6 de setiembre parecía alcanzar para romper con la medianía pueblerina. Neuquén está muy lejos de Buenos Aires y, por desgracia, el golpe se había producido el sábado y por más que se acuartelaron las fuerzas, el domingo pareció apaciguar los escasos ímpetus revolucionarios de la capital neuquina.

Pero la mañana del lunes, para quien quisiera verlos, presentó detalles curiosos, perfiles que no cuadraban.

El Capitán Lieste comenzó a preocuparse desde temprano, precisamente desde el momento en que el Teniente Paterson Toledo -a cargo de las fuerzas militares de la ciudad- lo despertó.

– Bueno Capitán…, Ud. sabe lo que ha pasado en la Capital…

Sí, han derrocado al presidente Yrigoyen…

– Sí, pero mire… tome como quiera esos hechos, no me importa. Lo cierto es que allí se restableció la unión histórica: el pueblo estuvo con el ejército y éste con el pueblo, ¡fue una gesta sanmartiniana…! ¡Y Neuquén parece otro país…!! ¿Cómo no van a creer los chilotes que esto les pertenece si nosotros estamos a espaldas de los rumbos que toma la Patria?

– Mire teniente…-, a mí me parece que Ud. está tomando esto por un lado…, disculpe ¿no? digo…me parece que se equivoca.

Paterson lo mira con sorpresiva decepción:

– Sí, creo que sí, me he equivocado. No tendría que haber venido a hablar con Ud., creo que no entiende lo que pasa… Mire, yo soy el representante del ejército aquí y no voy a admitir que en estas circunstancias el pueblo me ignore. Yo tengo la responsabilidad de cuidar este pedazo de la Patria, recuerde que los chilenos están a un paso…

– Bueno, bueno teniente…         

– Bueno nada… Mire, vamos a organizar una movilización. El ejército no puede quedar de esta manera… mi amigo Roberto Linares se está haciendo cargo de eso… Vea, la gente va a llegar hasta el Distrito Militar, allí salgo yo y junto con mis soldados vamos a la gobernación a pedirle cuentas al Gobernador, si está o no con nosotros…

– Bueno, si ya lo tiene decidido así…, que quiere que le diga…a mí me parece que, con todo respeto, está equivocado. Porque el Presidente Provisional, Gral Uriburu, ya ha enviado al Encargado de la Gobernación un telegrama pidiéndole que mantenga el orden, con lo cual ya se ha dado el reconocimiento al encargado de la gobernación hasta tanto llegue un nuevo gobernador…

Obviamente que el teniente no quiso entrar en razones, a la vez que el capitán Lieste -preocupado- informó al Gobernador de las acciones que iba a impulsar aquel orgullo lastimado. Ya a media mañana, en el Distrito Militar, estaban reunidos algunos vecinos -entre ellos Alejandro Chaneton- y el Teniente Paterson Toledo, conversando sobre la movilización y la exigencia de desplazar a las autoridades yrigoyenistas.

El gobernador Delfino, que recibe a la extraña -y escasa- comitiva, dialoga con el Teniente que reclama por la posición política del gobernador, y muestra los telegramas de Uriburu en el que se lo trata como “A Cargo de la Gobernación”. Luego de un intercambio de ideas, todos -junto con la banda de música que ofrece el gobernador- van hacia el despacho de la intendencia de la capital para desplazar a las autoridades, presididas por el yrigoyenista Dr Ardenghi, quedando a cargo del gobierno municipal el Teniente Paterson Toledo. Una especie de golpe aldeano se había concretado.

Luego de estos movimientos, con algo de reconocimiento para el Teniente, y Delfino conservando su cargo, parecía que la ciudad estaba en condiciones de recuperar su ritmo cansino. Pero quienes habían protagonizado estas idas y venidas, no solo que se sintieron grandes protagonistas de una historia, sino que además estaban lejos de apaciguar sus temores. Por esa razón, y como prevención, Delfino y Paterson Toledo habían recomendado la vigilancia de algunos policías y civiles.

Pero los rumores, y sobre todo el temor, fue creciendo cuando esa noche llegaron telegramas desde Bahía Blanca informando que estaba en marcha una contra revolución, y que Buenos Aires estaba a oscuras. El teniente Paterson aumentó su nerviosismo, y experimentó un fuerte impulso a tomar mayor protagonismo:

– ¡Claro Delfino!!! ¡Es el Gral. Justo!!! Yo lo conozco bien, ¡su mayor habilidad es trabajar en la oscuridad! Mire…, a mí no me van a detener con esas cuatro personas que fueron hoy a la municipalidad. ¡Eso no es ningún reconocimiento, no es nada… yo acá me juego entero… y cada uno que se arregle como quiera, pero sepan que la patria está en juego y yo la voy a defender! ¡No facilitaré nada a los traidores!!

Por la noche, luego de la cena, se reunieron a tomar sus copas -en el Hotel Confluencia- algunos hombres distinguidos del pueblo, entre los cuales se encontraba el gobernador Delfino que, comentando las novedades, señaló:

– No pueden volver a producirse situaciones como la de hoy…esta inestabilidad es perniciosa, insostenible…. ¡Con esto ya fue suficiente! Yo soy la autoridad aquí y a mí se me va a respetar. A partir de mañana correrá la Ley Marcial, y se lo haremos saber a la población mediante carteles. La situación es peligrosa y no se puede escapar nada cuando se está produciendo una contrarrevolución en Buenos Aires.   

Pero la historia no estaba mirando a Don Delfino. A las pocas horas de haber empezado el 9 de setiembre, llegaron más telegramas informando que había un fuerte tiroteo en la zona ubicada entre el Correo y la Casa de Gobierno, que la situación era difícil en Buenos Aires.

Eso fue suficiente para que el teniente Paterson Toledo, se sintiera con el destino de la Patria en sus manos. Por la mañana salió, con esa enorme responsabilidad a cuestas, dispuesto a entrevistarse con el Gobernador, cuando de repente se cruza con Lieste.

– Capitán, ¿Usted sabe cómo están las cosas? Mire, la situación está que arde…, yo voy a la Gobernación a solicitar que se me otorgue la Jefatura de Policía del Territorio…

– Teniente, mire… a mí no me parece… yo creo que es un exceso… al menos haga que se lo ofrezca el Sr Gobernador… ¿Quiere que se lo sugiera?

Y así fue, a sugerencia del capitán Lieste y con la excusa de que había que mantener el orden ante posibles movimientos de alguna facción radical, que el Teniente Paterson Toledo era ahora -además de intendente interino- jefe de la policía del Territorio, asumiendo esa misma tarde.

Al gobernador no le había complacido mucho nombrar a Paterson Toledo, ese nombramiento tenía un sabor amargo, el de la imposición. Pero el gobernador no estaba en una situación muy fácil, su filiación yrigoyenista lo comprometía y no resultaba sencillo hacer equilibrio y mantenerse, más allá del orden que prevaleciera en este tiempo de revoluciones y contrarrevoluciones. En ese sentido, Paterson -y su vocación de “libertador”– podían servir, de manera que invita al flamante Jefe de Policía del Territorio -y a su mujer- a cenar en su casa. Con las copas de coñac vino lo más importante:

– Vea, Teniente…, la cosa no es tan sencilla…. Mire, espere un momento que le voy a mostrar algo…

Retorna de la cocina con un telegrama en la mano.

– En verdad, estas cosas son muy delicadas y… las mujeres están de más…

– Pero ¡Ud. es un impertinente…!, – señala la mujer del Teniente-

– Discúlpeme señora -agarrándola del brazo- pero es así, por aquí por favor….el Teniente comprenderá…

Delfino, con sus escasas novedades, logró alarmar a Paterson que se sintió por fin convocado a protagonizar un acto patriótico. El orden no podía estar en peligro en una región de frontera, y tanto uno como otro -por orgullo o por mantener el cargo- se sentían convocados a protegerlo. No obstante, a Delfino no le alcanzaba entusiasmar al Teniente para conservar el estado de las cosas, algo no le cerraba… el gobernador intuyó que esos temores y rumores -que se confirmaban unos a otros- no alcanzaban para un acuerdo duradero. ¿Se construiría más adelante?

Locas conspiraciones. El golpe del treinta en Neuquén.
Ilustración de Roberto “Bud” Cáceres

II

La media noche de ese nueve de setiembre encuentra al Teniente, a Delfino y a Lieste conversando -con diferentes criterios- en la Comisaría de la Capital. Luego de 10 minutos llaman a Julio Villarino -comisario a cargo en ese momento- y le informan que al día siguiente se hará cargo de esa comisaría de la capital. Le recomiendan dar prioridad a cierto trámite pendiente y que vigilara de cerca -y en forma inmediata- a la gente que estaba parando en el Hotel Confluencia y que había venido de Buenos Aires en el último tren. En especial las actividades de cierto capitán, quien lo había ido a recibir a la estación de tren y a visitar al Hotel.

En ese misterioso tren que había llegado de Buenos Aires, estaban -para el teniente Paterson- las claves del complot que se había armado. Tal suposición no aceptaba dudas o – mejor dicho- las dudas eran muestras de traición, por lo que Lieste estaba ya en la mira del Teniente.

El complot solo podía evitarse si se adelantaba y madrugaba a los revoltosos. Para el Teniente, en un lugar como éste, el orden era fundamental para resguardar la soberanía ante el peligro de Chile.

Muy dispuesto y preocupado, Villarino salió con su pesquisa por las oscuras calles neuquinas. Parecía que al fin algo iba a pasar en este arenal. Pero no le fue muy bien, poco halló y siendo ya las 2,30 de la mañana se dispuso informar a Toledo de su escaso éxito.

– Mire, teniente, no he podido recabar mucha información…. los agentes de investigación destacados en el Hotel no han notado nada fuera de lugar, de manera que yo….

Vea, Comisario, éste es un asunto netamente militar y además es demasiado tarde…así que por favor, vaya a descansar que mañana tiene mucho trabajo. Yo me encargo del asunto….

De repente, ambos ven un jinete que -por la calle San Martín- se dirige a mucha prisa hacia el Este:

– ¡Rápido, comisario, rápido!!! ¡Vea quién es, vea a dónde va!!! ¡Seguro es uno de ellos!!!

Villarino montó su pardo y se dispuso nuevamente a investigar, quizá tuviera suerte esta vez, quizá pueda enterarse de ese asunto militar… o saber en definitiva quiénes eran “ellos”.

El jinete dobló hacia el Este, rumbo al grupo de casas donde vivía y tenía su negocio Enrique Carro. En una de esas casas bajó, y en circunstancias que Villarino se acercaba a la vivienda donde el jinete había parado, éste sale de la casa y montando en su silla inglesa, se dispara rumbo al norte. El comisario lo pierde.

Villarino suma ahora su desazón al cansancio y al sueño. Ya le importan poco los cambios de autoridad, el jinete o lo que sea, quiere su cama…y su mujer. Pero la noche iba a ser larga para él. Antes de llegar a su casa, apenas pasadas las tres de la mañana, lo intercepta un conscripto y le indica que lo espera el Teniente Paterson en la comisaría. Cuando llega hay agentes de policía y soldados. El Teniente, al entrar, lo increpa:

– ¿Y…?!! ¿Quiénes son los radicales que bajaron del tren hoy?

– Bueno teniente…, como ya le dije. Todavía no lo sé….

– Vamos Villarino!!! (Desenfundando su pistola y apuntándole) ¡Conmigo no se jode!!! ¿Me oye?!! ¿¡Quiénes son carajo!!!?

– Estee….le repito teniente…

– ¡No repita nada, imbécil! ¡Traidor!!! Ud. se vendió a Chile como los demás. ¡Sargento Escobar! ¡Lo desarma y lo encierra en el calabozo!!!

El comisario no podía entender lo que sucedía, y además sentía que la única conspiración era contra su merecido descanso. La comisaría desde ese momento se convirtió en un centro de operaciones de una guerra que nadie esperaba ni sabía cuál era. El Gobernador Delfino, Paterson Toledo y un sargento proveyeron de armas y municiones a todos los agentes que iban llegando, que fueron despertados y convocados -por una supuesta orden del Comisario Villarino- que ya estaba detenido. Don Amadeo Delfino, carabina en mano, recibía a esos agentes:

– Lo que está pasando es terrible… Nos han carnereado y casi nos queman vivos… el turro de Villarino se vendió. Sí, nos carnereó junto con Lieste… Ellos están confabulados con ese hijo de puta de Etcheluz que se viene de Zapala para tomar la gobernación y el Banco. Así que señores, ¡a defender la capital…!!! ¡Tomen sus armas y a esperar órdenes!!

A cada hombre que llegaba a la comisaría, el gobernador le espetaba esta perorata, a la vez que entregaba a cada agente una carabina con una bala en boca y veinte tiros. Aunque algunos de esos agentes fueron también arrestados por complicidad con el “complot”.

Ya casi amaneciendo, Paterson Toledo, creyendo estar avanzando en el control de la capital, mueve sus piezas -como sobre un mapa militar para defender la Patria contra los chilenos o – lo que es lo mismo- los que quieran “imponer el desorden en este pedazo de patria”. Ordena entonces enviar a la Senillosa el Ford de la gobernación y un camión repleto de soldados para frenar a Martín Etcheluz, que avanzaba desde Zapala.

Hasta entonces, el Hotel Confluencia -el principal de la Capital- había quedado rodeado de soldados armados con mauser, esperando nuevas órdenes, pero arrestando a toda persona que pretendiera entrar al edifico, sea cocinero, ordenanza o simple huésped. Alrededor de las 6 de la mañana, inesperadamente el lugar se transformó en un escenario de lo más violento.

A esa hora llegó el Teniente Paterson con una veintena de hombres armados que -abriendo a las patadas las puertas de las habitaciones y revolviendo todo -buscando pruebas de la mentada subversión- fue sacando, en nombre de la Ley Marcial, a las personas que allí estaban durmiendo. Entre los detenidos llevaban a cierto Capitán, que tanto preocupaba a Paterson, pero también a civiles y funcionados nacionales que estaban de paso por Neuquén.

Todos los que allí estaban fueron concentrados en el patio del Hotel donde -de espaldas, con las piernas abiertas y las manos en la nuca- esperaban la orden de trasladado a la comisaría, para ser encerrados luego en un calabozo. Ese destino no pudieron evitar quienes llegaron luego al Hotel o a la Comisaría capitalina, eran recibidos por soldados que los interrogaban por su nacionalidad y parentesco, y aunque no tuvieran un familiar chileno eran también conducidos al calabozo de la comisaría.

Con el correr de la mañana fueron llegando allí más detenidos. El espacio era pequeño y con las horas fueron sufriendo los efectos del hacinamiento y el encierro, comenzando las descomposturas y vómitos.

Cerca de las trece el Dr. Martín Ardenghi llega apurado a la Comisaría de la capital:

– Perdón, señores. Esto es URGENTE. ¿Dónde está el Teniente Paterson Toledo, dónde está?!! ¡Necesito informarle algo, muy importante!

– Está ocupado Dr Ardenghi, en el despacho del Sr Gobernador y no creo que….

La respuesta es interrumpida intempestivamente cuando salen del despacho de la gobernación -frente a la comisaría- Amadeo Delfino, con una carabina, y Paterson que -con una pistola en la mano- a los gritos increpa a su sorprendida audiencia:

– ¿Qué es esto?!, ¿están sublevados?! ¡Se han vendido por cinco pesos!!! ¡Traidores a la patria!!! ¡Manos arriba carajo!! ¡Están todos detenidos por venderse a Chile!!!

Los dos martillan sus armas, todos -menos Ardenghi- levantan sus manos y son colocados contra la pared.

– Sr Delfino, ¿dónde podemos encerrar a estos “chilenos”…?

– Y… en la Oficina del Censo…

– ¡A ver soldados!!, ¡retírenles sus armas y me los encierran en la sala del Censo! ¡Rápido, vámo!! ¡Y al que se mueva para otro lado o diga algo, ahí nomás me lo cagan a balazos … ‘ta?!!

Uno de los agentes de policía detenido comenzó a buscar la llave de la oficina del Censo Ganadero, pero solo la encontró cuando Amadeo Delfino fue más vehemente con su carabina. Así quedaron encerrados Alejandro Chaneton y varios vecinos y oficiales de la policía.

-Ustedes cinco hacen guardia en la puerta!!! ¡Y si alguien habla o se mueve me lo balean!!! ¿Comprendido?!!

– ¡Sí Señor!!!

– Ta’ bien.

Pasados 30 minutos de este “incidente” llega a la comisaría un italiano que en su media lengua pregunta:

–  io vengo a preguntare por un amico. Me diqueron que estaba detenido y ...

Cuando escuchó esta jerigonza extranjera, muy nervioso, Paterson Toledo lo interrogó por su nacionalidad y su oficio, para terminar con el repetido “manos arriba” y sumándolo también a los que estaban en la oficina del censo. Muchos otros tuvieron también ese destino, y algunas veces con acusaciones más “precisas” como la de “comandar las fuerzas chilenas en la capital”.

Para entonces había, entre la comisaría y la gobernación, más de cuarenta personas detenidas. La totalidad del personal superior de policía – de oficial a comisario, con una o dos excepciones- estaba en esas condiciones y toda la tropa estaba bajo las órdenes de Paterson Toledo. Esa misma tropa, que no daba señales de deslealtad, fue la encargada de divulgar entre la población -por orden del Teniente- la noticia de que había sido descubierto un complot y que sus responsables estaban en su mayoría detenidos, y en situación de incomunicados.

En esas circunstancias, y en un momento que estuvieron solos, la principal autoridad del Territorio, Amadeo Delfino -a cargo de la gobernación- y el Juez Francisco Carreño, sinceraron sus sospechas y apreciaciones ante la violencia y la masividad de las detenciones:

– Creo Sr Delfino que Ud. tiene que hacer algo… es el gobernador a cargo… no puede admitir que el Jefe de Policía del Territorio -sea quien sea- pase por sobre su autoridad…

–  Sí…sí…tiene razón Doctor. Pero…mire… la verdad es que yo vengo obedeciendo órdenes porque no me obedecen a mí… Eso es lo peor de la situación…, el Teniente Paterson ya no me escucha… En un principio sí, pero ahora…

– Y bueno hombre…! ¡Algo debe poder hacer…!! ¡Porque este tipo tiene ahora el monopolio de la fuerza…! ¡Nos va encerrar a todos!!

– Sí, la situación es muy grave y sabe qué…. temo algún fusilamiento….

– ¿Cómo?!!

-Sí, un fusilamiento. Mire, voy a enviar un telegrama urgente al Ministerio del Interior para que envíen a la brevedad un oficial de mayor jerarquía, para que se haga cargo del Teniente. Porque así no puede seguir la situación.

El Juez Carreño sintió por un instante que la historia de este pueblo podía tomar cualquier rumbo, que todo era posible, y comenzaron a borrarse los límites de lo que antes le era familiar y previsible.

La tarde había pasado y la preocupación iba en aumento, aunque con la noche las detenciones parecían disminuir. El Juez, que trataba de poner algo de racionalidad en la situación, de repente se encontró con el rostro palpable de la incertidumbre o de la “pasión patriótica” sin destino: el Teniente Paterson Toledo

– Sr Juez, necesito urgente concentrar las fuerzas de la Policía, del Ejército y de la guardia de la cárcel, para defendernos del enemigo…

– Pero Teniente!!! ¡Qué es lo que pasa!! ¡Dígalo de una buena vez!! ¡Esto no puede seguir más!

– Mire Sr Juez, mis órdenes son secretas…, de estricto secreto militar…, pero algo le puedo decir…pero por favor no lo comente… ¿puedo confiar en Ud?

– Teniente!! ¡Por favor!!!

El Teniente despliega sobre el escritorio un detallado mapa de la ciudad, con soldaditos dibujados de color rojo y otros de azul…

–  Mire, aquí estamos nosotros, ésta es la calle San Martín… por aquí… -estoy seguro- van a querer entrar los camiones con gente armada al mando de Martín Etcheluz.

Si nosotros no le cerramos el paso en una emboscada, por ejemplo aquí, terminarán tomando la Gobernación, el Banco Nación y la cárcel. ¿Me entiende?!!

El Juez cayó sentado en la silla más próxima. No podía armar una respuesta, miró al Gobernador Delfino y éste asintió agregando además la decepcionante traición de cierto personal de la Policía. Carreño no encontraba palabras que pudieran darle una coherencia al diálogo, se sentía partícipe -sin su consentimiento- de una mala novela. De todas maneras, y no muy seguro de lo que hacía, a cambio de que llevara los detenidos a la cárcel -allí estarían más seguros- el Juez posibilitó que diez guardia cárcel estuvieran bajo las órdenes de Paterson Toledo.

A las 22.30, el Teniente se dirigió a la oficina del telégrafo, acompañado de varios soldados y policías, algunos de los cuales estaban ya custodiando el edificio. Allí el Teniente se cruzó con el oficial de turno:

– Ja, aquí hay varios chiquilines que son medios chupamedias por un puestito…, por eso son adictos a sus jefes y los siguen a cualquier aventura… no importa qué está en juego…

– Mire señor yo no tengo más aspiraciones que ésta. No sé a qué se refiere. Yo…

– No te hagas la rata muerta ¡que vos también estás complotado…!!! así que andando ¡vamo, vamo!!

Así fue como con la detención del encargado del telégrafo, el teniente creía ir ganando control sobre una situación que inicialmente lo superaba.

Simultáneamente, el encargado de la gobernación convocaba a su despacho al gerente del Banco Nación que a la media noche escucha de boca de Don Delfino:

– Mire don Bemi… está en camino gente sublevada de Zapala que tienen como propósito tomar la capital. Sí, la gobernación y el Banco Nación. La situación es difícil, ha llegado ya a Arroyito y ha cortado las comunicaciones…

– ¡No puede ser…!! ¿Qué hacemos? ¿Llamó a mi gente y custodiamos el edificio? ¿Le parece?

– ¡Muy buena idea Berni, muy buena idea, adelante! ¡Y no deje de llevar armas…!

En efecto, el gerente del Banco Nación convocó a sus empleados -como también a algunos vecinos- y montaron guardia durante toda la noche.

Juan Quintar

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Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Fuente:
Historias de sangre, locura y amor: Neuquén (1900-1950) María Beatriz Gentile, ‎Gabriel Rafart, ‎Ernesto Lázaro Bohoslavsky (compiladores).
Capítulo: Locas conspiraciones. El golpe del treinta en Neuquén, de Juan Quintar.
– Ilustración: Roberto “Bud” Cáceres


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