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Buscando a Bairoletto – parte 1 de 3 – La comisión policial

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Aquel 24 de Octubre de 1936, el comisario Delio Bernabé Espíndola que se encontraba en la Jefatura de Policía en Neuquén Capital fue informado por su superior, el comisario Conrado José Pauletti, inspector de Policía de la zona de Confluencia, que debía partir en  comisión especial al frente de un grupo de subalternos hacia la zona de Chihuidos, allá por donde el río Agrio y el Neuquén se juntan, en el departamento de Añelo. Había información de que en esa zona había un hombre cuyos rasgos y aspecto coincidían con el del hombre que era obsesión de todas las policías del país: Juan Bautista Bairoletto.

Habitualmente, el Comisario Espíndola renegaba de esas comisiones. Si ya eran duras las condiciones en ese pueblo que llamaban “capital”, mucho más lo eran en ese desierto despoblado donde podían pasar días sin ver un ser humano. Pero esta vez, el renombre de la persona buscada lo hizo pensar en un final grande para su carrera. Aparte del reconocimiento que sobrevendría, se imaginó un próximo ascenso a Inspector de la fuerza. Se quedó pensando unos minutos. Luego tomó la foto de Juan Bautista Bairoletto que estaba en la pizarra sostenida por un alfiler. La misma foto que estaba colgada en todas las comisarías y puestos policiales del país. La guardó en su bolsillo.

Juan Bautista Bairoletto
Juan Bautista Bairoletto

En pocas horas armó una partida importante, seleccionando a los mejores hombres, los que más destacaban en rudeza para soportar las duras condiciones que seguramente se presentarían y también por su espíritu de sacrificio. En Añelo se sumarían algunos agentes y suboficiales, entre ellos uno muy reconocido por sus conocimientos de rastreador y orientación, el agente José Milla.

A las 13.00 hs, estaban listos todos los hombres de la partida con sus caballos ensillados iniciando la marcha. La orden había sido que debían trasladarse a la costa del puesto de Juan Ramos sobre la con­fluencia de los ríos Neuquén y Agrio.

A las cinco de la tarde pasaron por Añelo donde se les sumó el grupo de policías locales que quedaron al mando del comisario. Sin detener la marcha continuaron cabalgando ininterrumpidamente  hasta pasadas las nueve y cuarto de la noche para hacer un breve descanso. Continuaron galopando de noche diez leguas más y se detuvieron en el puesto de Emilio Castillo a descansar y reponer fuerzas.

A las ocho en punto toda la partida se dispuso a continuar marcha. Su próximo destino era Paso de los Indios, distante a unas ocho leguas. Cuando llegaron,  se volvieron a detener. El extremo calor hacía imposible continuar. El Comisario decidió un descanso hasta las cinco de la tarde. Otra vez en marcha, seis leguas más adelante llegaron al puesto de Domingo Jara, donde dejaron descansar a los caballos una hora

A partir de allí, decir ca­mino es solo un acuerdo del lenguaje para describir algo y que todos pensemos en lo mismo. En realidad era sucesión de angostos trechos arenosos y pedregosos

Como desde el puesto de Domingo Jara en adelante, ninguna per­sona de la comisión policial conocía el camino, cuando encontraron en el tra­yecto a  Francisco Jara, le pidieron que los guiara. Francisco accedió diciendo que había una «gueya» por la costa que casi no se notaba pero él conocía.

Mientras continuaban seis leguas más hasta el puesto de Juan Ramos, el Comisario trataba de interrogar a su circunstancial guía para sacarle alguna información.

– Oiga, don Francisco. ¿No vio a alguien desconocido por estos días andando por aquí?
– No, ninguna- respondió cambiando la actitud de tranquila a algo nerviosa
– ¿Seguro..?
– No. Hace poco…
– ¿Qué?
– Hace unos días tomé un peón nuevo. Su apellido es Romero. Oigan, cuánto va a demorar todo esto? Necesito regresar, tengo que hacer…

Nadie le respondió. Su respuesta no llamó la atención ni levantó sospecha. Todos se ponen nerviosos cuando los milicos los interrogan. Continuaron cabalgando en silencio hasta llegar al fin al puesto de Don Ramos. Su esposa Doña Rosa Olivares los recibió, pues su marido no estaba. Sin perder tiempo, luego del formal saludo procedieron a interrogarla. Le explicaron que dicha comisión buscaba a un individuo y mientras esto decían, le mostraban la fotografía de Bairoletto.

– Mire, mi marido el veinticuatro pasó al otro lado del río para ir a Bajada del Agrio. El de la foto se parece a Romero.
– ¿Lo conoce..?, ¿quién es Romero?, ¿así se hace llamar el de la foto?, ¿está segura..?…

– Si, es parecido –dijo arrepintiéndose de haber hablado.

Esperó unos segundos y continuó

– Pasó el invierno acompañado de Pedro Larra en Bajada del Agrio, cazando gatos por el Cajón del Sauce.
– ¿Dónde lo podemos encontrar..?
–interrumpió el Comisario.
– Una vez dijo que sabía parar en la casa de un  tal Lalo, que conoce de chiquito, que vive en la costa del Covunco, cerca de la casa de la viuda de Peralta.

El comisario y su ayudante se miraron. Eran muy conscientes de la importancia de la información que estaban recibiendo. La ansiedad por lo que se estaba revelando provocaba un entusiasta hormigueo que sus rostros transmitían. Doña Rosa lo percibió, e inmediatamente se puso en alerta.
No dispuesto a dejar pasar su oportunidad, el Comisario le volvió a mostrar la fotografía de Bairoletto, el bandido más buscado de la Argentina, y cambiando a un tono poco amigable, le preguntó lentamente.

– Este hombre de la foto, ¿es Romero..?

La mujer no contestó. Estaba incómoda. Estaba asustada. Se sintió presionada y no le gustó. Ella no era delatora. Romero era un paisano como su marido. La policía no los trataba bien a los paisanos, se creían superiores, y encima los trataban mal por ser chilenos. ¿Por qué debería ayudarlos?

– ¡Mire bien!, -insistió el Comisario- tómese su tiempo, pero diga si este hombre es Romero. No hace falta que le recuerde lo que puede suceder si nos miente –amenazó-.

Esa táctica funciona bien la mayoría de las veces. Rosa volvió a mirar la foto, aunque no le hacía falta, sabía bien que ese hombre era Romero. Miró la foto unos largos segundos para que pareciera que quería estar bien segura y finalmente dijo en voz tenue bajando la mirada:

– Si, el de la foto es Romero.

A partir de ese momento, la mujer dándose cuenta que ya no había vuelta atrás, comenzó a contestar cada una de las preguntas que se le iban haciendo, mientras los milicos iban anotando.

–  …»Romero ahora está de peón, en el puesto de Jacinto Jara, a unas seis leguas de aquí…. La primera vez que lo vi fue en el mes de agosto y estaba barbudo. … A fines de agosto mi marido lo pasó del lado del Agrio a Añelo, en la balsa, y ya estaba afeitado, dejándose un pequeño bigote… La última vez que lo vi fue entre el 18 al 20 de octubre próximo pasado en que llegó acompañado de Rosendo Melo, con el cual se había encontrado en el campo, campeando unos animales de Francisco Jara con quien trabajaba de peón…»
– Espere – interrumpió el comisario – ¿dijo Francisco Jara…?
– Sí – respondió ella.
– Continúe
– …“Romero vestía bombacha de gambrona fantasía nueva, saco de brin color negro, gorra de vasco color azul… camisa blanca a rayas, pañuelo blanco al cuello, usando como está en la fotografía… medias color café y zapatillas de cuero blancas… tiene una bombacha y saco de casimir color negro y montaba un caballo y una yegua de pelo rojizo colorado canela. Por la marca no es de la región.”

El comisario se mostró satisfecho por la información recibida. Francisco Jara, tenía dos puestos, uno sobre la costa del río Neuquén a seis leguas y otro a una legua y media sobre un terreno muy alto donde probablemente esté o haya estado Bairoletto o Romero, y desde donde se domina toda la costa del río Neuquén en varías leguas de extensión por sobre los cerros que la rodean.  Hacia este último puesto se dirigió la partida policial al día siguiente.

Cuando llegaron tomando sus precauciones, en vez de encontrarse con el bandido se encontraron con un joven de 14 años.

– ¿Cuál es su nombre? – preguntó uno de los policías al muchacho.
– José Bernardino Jara, señor –contestó algo asustado
– ¿Y su padre quién es?
– Faustino Jara, señor.
– ¿Y Francisco Jara?
– Es mi tío, señor.

El joven, intimidado y asustado por la presencia policial, sin contar que además en ese momento se encontraba solo en el puesto, “largó” todo lo que sabía, mientras los policías anotaban:

– ¿Dónde está Romero?
– Se fue en dirección a los cerros a buscar una yegua y un caballo de pelo rosillo
– ¿Cómo están marcados los caballos?

Dibujó la marca en la tierra, pero luego cambió el dibujo aclarando que se había equivocado.

– ¿Va a volver?
– No creo. Ayer llegó mi tía Lucinda
– ¿Su tía…?
– Sí, la esposa de mi tío Francisco…
– Bien, continúa, ¿y qué paso con su tía…?
– La escuché hablar con Romero. Él le decía que había visto una comisión policial en la costa del río, y también en casa de Ramos. Dijo que no le quedaba más remedio que irse.
– ¿Está armado?
– Tiene un cuchillo mediano y un revólver de tamaño más bien chico
– ¿Cómo viste?
– Con bombachas de corderoy marrón, saco azul marino oscuro, chalina grande de guanaco al cuello y camisa blanca a rayas, zapatillas blancas y boina.
– ¿Tiene dinero?
– Se fue sin esperar a cobrar
– ¿Cómo está montado?
– Se llevó un caballo y la yegua del pilchero

Justo en esos instantes llegó Lucinda Soto de Jara, la tía del muchacho. Sometida también a interrogatorio, contestó siempre con evasivas y contradiciendo lo dicho por el menor. Una de las varias contradicciones que llamó la atención fue que el peón (Romero) le pidió las cuentas y decidió irse sin decir por qué ni en qué dirección.

El comisario decidió mandar buscar inmediatamente a Francisco Jara, que estaba en el puesto de la costa del río. El mismo que los había guiado por la “gueya” desde Paso de los Indios hasta el puesto de Don Ramos. El era la clave de todo. Una vez traído y puesto en presencia del comisario, el hombre se negó a contestar todas las preguntas que se le hicieron sobre Romero, argumentado que “el sabría por qué se fue”.

El comisario cayó en cuenta. Había sido engañado. Esa forma evasiva de responder las preguntas. Francisco Jara alojaba a un prófugo de la justicia, la persona más buscada por todas las policías del país y cuando se le pide que haga de guía hasta el puesto de Don Ramos, los lleva por intrincados caminos para hacerlos perder tiempo y para que Bairoletto los viera desde lo alto. Precisamente, ahora sabían que había un buen camino que conducía hacia arriba, pero cuando preguntaron por los caminos más accesibles, no fue este siquiera mencionado. Aceptó guiarlos sin objeciones con una única intención, alejarlos de Bairoletto, o al menos ganar tiempo. Siempre protestan los puesteros cuando los policías los obligan a hacer de baqueanos, pero esta vez no fue así. La intranquilidad demostrada luego durante el trayecto cuando empezaron a hacerle preguntas y el apuro en regresar. Cuando se fue, seguramente se encontró con Bairoletto que estaría al acecho. Al día siguiente por donde él regresó se veían dos rastros de cabalgaduras, según le informaban los policías que mandó a relevar la zona. Todo esto daba margen a sospechar que él mismo había facilitado la fuga de Romero o Bairoletto.

El comisario llamó al agente Narciso Lobos

-¡Agente, lleve a este hombre detenido a Añelo, bajo cargo de presunto autor de encubrimiento. Que le inicien sumario y quede a disposición del señor Juez del Territorio!.
-¡Sí Comisario!

El Comisario se sentó en una piedra ensimismado. Todos lo miraban, pero él perdió registro de ello. Por primera vez tenía algunas certezas. Hace tres días estaba en su despacho en Neuquén y ahora en medio de la nada misma. Era difícil confiar en la gente de ese despoblado lugar: son todos parientes y están encubriendo. Pero no todo está perdido. Bairoletto no puede estar muy lejos. Estas oportunidades no se presentan más de una vez. No hay que perder un segundo.

Rodrigo Tarruella

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Esa es otra historia

Relato basado en el informe del Comisario Bernabé Espíndola al Inspector de la Policía de la zona de Confluencia, Comisario Conrado José Pauletti, el 3 de Noviembre de 1936


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