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Inmigrantes de ultramar en el territorio neuquino

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Los inmigrantes buscaban aquí trabajo, tierra y paz. La Argentina pretendía de ellos civilización y mano de obra. Pero la instrumentación de las leyes inmigratorias tuvo defectos importantes, dado que del Hotel de Inmigrantes algunos partieron a tierras de promisión y muchos a los conventillos. Neuquén fue uno de los escenarios posibles para las expectativas de quienes se vieron forzados por razones diversas a dejar tierra y familia.


Durante la segunda mitad del siglo XIX se produjeron en el mundo grandes movimientos de población, transformándose la Argentina en un importante país receptor. La llegada de los europeos no fue sólo por un proceso espontáneo, sino que también fue estimulada por el Estado nacional, sustentando para ello razones ideológicas y económicas: aporte civilizatorio y necesidad de mano de obra. La Ley 817 de inmigración, dictada en la gestión de Nicolás Avellaneda, buscaba favorecer la radicación de extranjeros que arribaron al país por trabajo, tierra y paz. Esta ley se constituyó en la piedra angular de las políticas migratorias nacionales.

Entre los recién llegados se encontraban quienes tenían el proyecto de arraigarse y los trabajadores golondrina.

Desde la década del ’80 hasta la Gran Guerra se incrementó el número de inmigrantes que ingresaron al país, para volver a recuperar estos guarismos después, en los períodos pos-bélicos (I y II Guerra Mundial). Las condiciones de vida de estos hombres y mujeres no eran de las mejores. Después de permanecer unos días en el Hotel de Inmigrantes, muchos de ellos se ubicaban hacinados en los conventillos porteños, sometiéndose a todo tipo de privaciones para poder enviar dinero a su tierra natal -remesa – o regresar con algún capital acumulado.

La experiencia de migrar y el desarraigo que conlleva, fue parcialmente mitigada a través de las redes de solidaridad familiar, de amigos y de paisanos que se tejió con quienes se encontraban establecidos desde hacía algún tiempo, en el país y en la región. Esas redes se materializaron en asociaciones que en algunos casos alcanzaron gran importancia e influencia. El carácter mutualista de estas instituciones les permitió no sólo conservar sus tradiciones y mantener su lealtad hacia la antigua patria, sino también acompañar en la resolución de los problemas cotidianos materiales y espirituales: trabajo, educación, salud y religión.

Carpintería Franzán. Ángel Marcos Franzán, oriundo de Zugliano (Vicenza), llegó a la Argentina en 1927 para instalarse primero en Villa Regina, y luego en Neuquén.
Carpintería Franzán. Ángel Marcos Franzán, oriundo de Zugliano (Vicenza), llegó a la Argentina en 1927 para instalarse primero en Villa Regina, y luego en Neuquén.

A finales de la II Guerra Mundial, al favorecer el régimen peronista la inmigración italiana, permitió que se frenara en la península la presión social de la masa de desocupados y la ocupación de tierras. Se calcula que entre 1946 y 1955 Argentina recibió una inmigración neta de 362.000 italianos -mayoritariamente provenientes del centro y sur- que se desempeñaron como obreros especializados y no calificados en los sectores de la construcción, la metalurgia y el comercio. Esta inmigración no pudo siempre repetir el mecanismo de ascenso social de las anteriores oleadas y creó una nueva red societaria de índole más regionalista y de marcada tendencia católica. El segundo grupo de la oleada posbélica en importancia fue el español, con alrededor de 161.000 inmigrantes, entre los que se encontraban exiliados políticos y expulsados por el retroceso económico español. Se ubicaron en la actividad comercial minorista y preferentemente en la rama de bares, restaurantes y almacenes.

Oleadas migratorias y radicación en nuestro espacio

Según el Censo Nacional de 1895 un millón de extranjeros llegaron al país, ubicándose un 80% de ellos en la pampa húmeda. El Territorio del Neuquén (1884) hacia esa fecha estaba poblado, mayoritariamente, por inmigrantes chilenos y por nativos. Es evidente que durante este período el espacio local no se vio afectado significativamente por la inmigración ultramarina que dinamizó y modernizó el proceso socio-ecónomico nacional. Sin embargo, los datos del censo territoriano de 1920 muestran que los inmigrantes ultramarinos alcanzaron el 5.7%, siendo esta su participación más alta en la historia de la población del territorio, lo que marca cambios en la composición original de la población neuquina. Según datos del censo de 1947, residían en Neuquén 3.519 europeos y 185 asiáticos sobre una población de 86.836 habitantes.

Inmigrantes neuquinos
Oficios, actividades agrícolas y comerciales: españoles, italianos, sirio-libaneses y judíos

Una vez finalizadas las obras de riego sobre los ríos Limay y Neuquén se inició un proceso de radicación, en esa área, de colonos extranjeros mayoritariamente españoles e italianos y en número inferior, ingleses, suizos, alemanes, yugoslavos, rusos, etc. Estos pioneros se instalaron en parcelas de diferentes dimensiones -pequeñas y medianas- dedicándose al cultivo de hortalizas, de plantas forrajeras, a la actividad de elaboración artesanal derivada de la producción de la fruta -conservas, vinos, dulces- y a la actividad lechera. Algunos de estos agricultores fueron medianeros que posteriormente adquirieron la propiedad.

En la zona urbana, los inmigrantes -fundamentalmente españoles e italianos- se destacaron no sólo por los emprendimientos comerciales que encararon, sino por los saberes de oficios, aprendidos en su tierra o en el espacio de escala previa en la Argentina, que fueron aportados para la resolución de las necesidades básicas cotidianas. Hoy se los recuerda por su destreza y maestría como de los primeros herreros, carpinteros, ebanistas, sastres, zapateros, mecánicos, electricistas, relojeros, músicos.

Los libaneses y los sirios eligieron particularmente las actividades mercantiles. El comercio es el elemento que aglutinó a los árabes dado que cuando se produjo su emigración del Imperio Turco, éste se encontraba en una etapa de expansión, vinculando los productos europeos con Asia a partir de las ciudades puertos de Siria y El Líbano. Desde mediados del siglo pasado la emigración creció por los efectos no deseados de la actividad comercial con occidente, que acentuó y dio nuevas dimensiones a las rivalidades entre cristianos y musulmanes.

La inserción socio-económica de los sirios y libaneses en la Argentina se logró con el desarrollo de la economía informal de fines del siglo XIX, a través del comercio de productos industriales de uso cotidiano. Esta situación constituyó a los árabes que se radicaron en el territorio neuquino en la primera década del siglo XX en mercachifles, intermediarios -en una red de parientes y paisanos mayoristas- entre los productos y los compradores del interior a los que le daban facilidades de pagos pero a precios elevados. Esto les permitió, con el tiempo, obtener importantes ganancias y acumular un capital inicial para establecerse con un negocio. Sus actividades comerciales se centraron en las tiendas y almacenes de ramos generales instaladas en centros urbanos de menor jerarquía y sus sucursales a partir de la conformación de nuevos asentamientos. Dentro de su imaginario y sus expectativas, acompañaban la extensión de la línea férrea (Zapala, 1913) como símbolo de progreso, practicando la venta domiciliaria, hasta que el desenvolvimiento urbano condujo al surgimiento de comercios. Recordemos que según el censo de Territorios Nacionales de 1920 la localidad de Zapala cuenta con un total de 1817 habitantes, de los cuales 1.113 son argentinos, 435 chilenos, 79 españoles, 48 italianos, 32 libaneses, 19 sirios, 8 turcos y un número significativo de judíos.

Entre los espacios urbanizados y rurales elegidos por los inmigrantes árabes para su radicación, debemos destacar: en el norte en Chos Malal y zona de influencia; en el sur en Junín y San Martín de los Andes; en el centro en Zapala y zona aledaña y en el Departamento Confluencia en la ciudad de Cutral Co. Muchos de ellos se dedicaron también a las actividades ganadera, forestal y minera; otros se radicaron en parajes y poblados, para dar respuesta a la demanda de servicios de alojamiento y comida con hoteles, fondas, comedores y restoranes.

Inmigrantes de ultramar en el territorio neuquino
Inmigrantes de ultramar en el territorio neuquino

En el área cordillerana, la localidad de San Martín de los Andes contó con el establecimiento, en la colonia Maipú, de familias de origen italiano, suizo- francés, holandés, belga, vasco-español que se sumaron a crianceros nativos y chilenos, además de la instalación de militares y prestadores de servicios propios del Ejército. Estas familias construyeron sus viviendas, plantaron frutales, sembraron cereales e introdujeron yeguarizos para el transporte. Aquellos que deseaban poseer su parcela de tierra y venían con pequeños capitales concretaron aquí su sueño. Si bien en una primera etapa (1903-1939), la explotación maderera estuvo casi exclusivamente en manos de extranjeros, esta situación se invirtió a mediados del siglo XX. Entre los industriales del sector se encontraban franceses, holandeses, italianos, españoles, belgas, libaneses, ingleses y algunos argentinos.

Asimismo, importantes sociedades de capital compraron tierras para dedicarlas a la ganadería moderna, generando significativas fuentes de trabajo, tanto en la etapa de construcción como en las labores propias de la administración y funcionamiento de los establecimientos. En este contexto, algunos comerciantes libaneses que tenían sus comercios en el poblado entregaban mercaderías a compatriotas o parientes para ser vendidas en las estancias de la zona.

Los inmigrantes judíos que se instalaron en el Territorio del Neuquén en las primeras décadas del siglo XX se dedicaron también al comercio, estableciendo tiendas en la capital, una vez producido el traslado de la misma. La radicación de 96 familias rusas (1906) en el Alto Valle de Río Negro, a partir de la concesión de tierras en la Colonia General Roca -supeditada desde 1898 a la construcción de las obras de riego-, las ubicó cómo pioneras de la inmigración de este origen en la región. Algunos de ellos se establecieron con tiendas y almacenes de ramos generales en Fuerte General Roca hasta ocupar las tierras de la denominada Colonia Rusa y otros continuaron con la actividad comercial o desarrollando algún oficio: peluquero, herrero, relojero. Los que se dedicaron al comercio establecieron sucursales en distintas localidades valletanas y en el territorio neuquino o se mudaron a probar suerte -una vez fracasado su emprendimiento primigenio- a otros puntos del interior de ambos territorios como cuéntenik, vendedores ambulantes. Estas prácticas comerciales -venta puerta a puerta- son similares a las articuladas por los árabes en la región.

La localidad de General Roca fue un importante núcleo de recepción y punto de contacto para quien arribaba desde Buenos Aires a este inmenso desierto alejado de los centros urbanos. La vinculación con paisanos, que tenían comercios en el interior y requerían de empleados, les permitió conseguir trabajo. También muchos fueron atraídos por la extensión de la punta de riel hasta Zapala y tras el florecimiento de la actividad petrolífera se instalaron en Cutral Co. La vinculación étnico-comercial (Alto Valle-Cutral Co-Zapala) y las redes familiares trascendieron los límites jurídico-administrativos de los territorios y constituyeron así, una sólida red social en el norte de la Patagonia.

Arturo Comuzzi y su esposa. llegaron a Neuquén en 1928.
Arturo Comuzzi y su esposa. llegaron a Neuquén en 1928.
Colectividades: educación, actividades socio-culturales y mutualismo

Salvo el caso de los españoles, los extranjeros de ultramar se encontraron no sólo ante la necesidad de responder al desafío de un ambiente distinto sino también con el imperativo de incorporar el idioma y el estilo de vida del país que les acogió. El manejo del francés y la pertenencia a la iglesia católica facilitó a los libaneses la inserción en la sociedad local. Testimonios orales de sus descendientes en Zapala señalan que para los católicos un problema a resolver era el lugar donde oficiar la misa cuando, una vez por semana desde Neuquén, iba el sacerdote. La Sociedad Sirio-Libanesa, a través del tesorero de la primer comisión, prestaba el salón para el sagrado encuentro de los feligreses y el párroco.

Con respecto a los inmigrantes judíos a la diferencia lingüística se le sumaba la religiosa. Esta barrera de integración se fue disolviendo con el correr del tiempo y por su condición de ‘parte integrante’ de una sociedad en construcción que no presentaba los escollos de una sociedad receptora.

Debemos recordar que desde el Estado nacional hubo un definido interés por la enseñanza de la historia nacional y por la celebración de las fiestas, patrias con el afán de construir la nacionalidad. Las escuelas públicas -vía de integración de la pluralidad- establecieron planes de orientación y compitieron con éxito con las creadas por las colectividades extranjeras. En este contexto, miembros de familias de inmigrantes árabes, con niños pequeños, integraban comisiones pro-escuela en los asentamientos del interior del territorio neuquino. Esto posibilitó en muchos casos la construcción de las primeras aulas, a partir de la contribución popular, y en algunos parajes también se donaban tierras al Consejo Nacional de Educación para levantar allí una escuelita.

Familia Cimolai
Familia Cimolai

En el caso de la colectividad judía de Zapala, la institución y sus asociados colaboraba en todos los festejos cívicos y actividades socio-recreativas organizadas por otras instituciones étnicas y por autoridades locales. Según recuerdos del gobernador Angel Edelman, las fiestas patrias eran fiestas de ‘confraternidad’ sin protocolos y se festejaban en común los aniversarios nuestros como los de Chile el 18 de septiembre, de Italia el 20 de septiembre y de España el 2 de mayo, con actos populares y veladas patrióticas.

En Neuquén capital, los inmigrantes de la península ibérica en 1909 crearon la Asociación Española de Socorros Mutuos a partir de una convocatoria del procurador Arsenio B. Martín y de otros importantes comerciantes como Manuel Linares, Enrique Carro y José Sagristá. Esta asociación sentó las bases de una trascendente actividad social, deportiva, recreativa y cultural no sólo para los miembros de la colectividad, sino para el conjunto de la sociedad regional. En el trascurso del mismo año, tras los festejos de la fiesta nacional, vecinos de origen italiano decidieron conformar una Asociación que los aglutinara y en octubre fueron aprobados los estatutos, constituyéndose la comisión directiva. Por otro lado, unos años más tarde, en 1925 en Zapala, fueron fundadas la Unión Sirio-Libanesa y el Centro Cultural Israelita Albert Einstein, este último por. iniciativa de Carlos Chechic. Entre ambas asociaciones fundaron la Biblioteca Popular Eduardo Elordi que funcionó -según testimonios orales- durante algunos años en el salón de la institución judía.

El territorio neuquino, como otros espacios del país, en diferentes momentos históricos (1920, 1947, 1970, 1980) se constituyó en el ‘escenario posible’ de concreción de expectativas de quienes por razones económicas, políticas o ideológicas, debieron hacer las valijas y abandonar su terruño. Los inmigrantes de ultramar demostraron disposición a volver a empezar cada vez, a trasladarse de la ciudad al campo y viceversa, a cambiar de oficio y de trabajo según las ofertas del mercado. No obstante, el espacio local les brindó las posibilidades y oportunidades para lograr el ascenso social. Muchos de los inmigrantes y sus descendientes ocuparon y ocupan un papel fundamental en la definición de actividades comerciales y en organizaciones intermedias públicas y políticas, tales como clubes social-recreativos, bibliotecas, asociaciones partidarias, comisiones pro-construcción de obras públicas y comisiones de fomento.

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Esa es otra historia

Extraído de: El pulso del Viento (Historia de Neuquén) – Fascículo 8, publicado en el año 2001 como suplemento del diario La Mañana del Sur. Autora: Graciela Iuorno.


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