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El mínimo exigible

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Fragmento del libro La patagonia piensa de Juan Benigar (1883 – 1950). Los escritos de Benigar, dejan al descubierto otra realidad.


El mínimo exigible

Los territorios nacionales están gobernados por un poder central autoritario, que, aunque no es el de un zar o de un caprichoso dictador personal, en sus re­sultados se le asemeja como una gota de agua a otra.

Su impersonalidad, en vez de ser una ventaja como lo es la impersonalidad bien definida de regímenes constitucionales, lo hace peor aún desde el punto de vista psicológico. Porque un poder personal es algo tangible que, para el desahogo del alma, puede ser moralmente responsabilizado por los desaciertos y hasta maldecido y amenazado, no importa que con graves riesgos y sin resultados prácticos, pero por lo menos con la esperanza de causarle alguna desa­zón en pago de las molestias e injusticias sufridas. Nosotros, en cambio, nos encontramos frente a una maquinaria deshumanizada y sólo llegamos en con­tacto con sus extremos mecanismos oficinescos, que amasan, arrollan, amartillean y aplastan movidos por palancas y resortes sin alma.

La Patagonia piensa - Juan Benigar
La Patagonia piensa – Juan Benigar

Responsabilizar al empleado inmediato sería im­procedente e injusto, porque él obra de acuerdo con las directivas recibidas de sus superiores. Solamente como a ente humano podremos tacharlo de crueldad o de falta de hombría cuando, en vez de renunciar, se presta a ejecutar órdenes a todas luces injustas e inhumanitarias. Si recurrimos a sus directores nos encontraremos con otros empleados y pronto nos convenceremos que éstos obran de acuerdo con ru­tinas las más de las veces de origen oscuro, al margen de toda legislación cuando no en contradic­ción con leyes positivas y casi siempre reñidas con el sentido común. Si reclamamos más arriba, supuesto que se nos atienda, se nos dirigirá a esas mismas direcciones cerrando el círculo sin salida.

Vivimos, pues, bajo la dictadura irracional de la rutina de la cual no podemos escapar.

Es inútil, por ejemplo, que un poblador pobre se dirija a la Dirección de Tierras para legalizar su si­tuación de ocupante de terreno fiscal. La Dirección quizá -y quizá no-, sólo se dignará a acusar el re­cibo de la solicitud para ignorarla después y conce­der eventualmente la tierra a quien no la necesita ni vivirá en ella. No faltan pruebas recientes de tales procedimientos.

Es inútil que tal poblador solicite una veintena de palos para erigirse un rancho; la solicitud le será de­negada sin perjuicio que después se le trate de ato­rrante, porque vive en una mísera cueva. Pero aún dueño de extensos campos, malamente concedidos, se permitirá que en provecho propio arrase la rique­za nacional de una de las mayores manchas de pina­res y se concederán miles de toneladas de madera a precio irrisorio a quien sólo la necesita para hacer un gordo negocio.

Es inútil que una población indígena con setenta niños en edad escolar se dirija en una docena de ges­tiones al Consejo Nacional de Educación, al Gober­nador, a Poncio y a Pilatos y a la misma suprema autoridad nacional pidiendo que se reabra una es­cuela cuyo rancho se quemó cosa de once años atrás: de la Presidencia se dirigió a los solicitantes de vuelta al Consejo. Los indios en su deseo de tener la escuela han levantado con su exclusivo esfuerzo un rancho, modestísimo por cierto, pero se encontró que no respondía a las ideas de los finos señores oficinescos, que por su parte en once años no encon­traron seis o diez mil miserables pesos para cons­truir un edificio mejor.

Entre tanto, como para desafío diría, si no supiera que no hay mala voluntad, sino que media la simple inconsciencia de un régimen desordenado y sin rumbos, en el mismo departamento se edificó una docena de casas —cada una sería aquí una lujosa escuela— para albergar dos familias de gendarmes, que terminadas costarán muy cerca de treinta mil pesos por familia. Entiendo que, aquí en la frontera más que en ninguna parte, por decoro nacional hay que proveer a las autoridades públicas de decentes edificios. Pero no es racional ni mucho menos, sino es absurdo y hasta provocativo bregar con dineros públicos por la comodidad particular de los funcionarios nacionales con preferencia a las primordiales necesidades de las poblaciones.

Anoto que los ejemplos ofrecidos hasta aquí están tomados de este pequeñísimo rincón de la vasta Patagonia y de ningún modo se crea agotado el reper­torio local; expuesto todo lo que conozco habría para un libro.

 

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Fragmento de La Patagonia Piensa, de Juan Benigar (los resaltados son nuestros)


 

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