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Inolvidables

Juan Benigar (primera parte)

Campaña Vacunación

El tren se detuvo, con esa manera tan particular de anunciar su llegada entre vapores intermitentes y un hiriente chirriar de metales. Sólo algunos pasajeros bajaron en la estación cuyo nombre recordaba la figura de un ingeniero europeo que vislumbró un futuro promisorio para estas tierras castigadas por el viento. Un hombre joven observó la estación y los pocos edificios de un pueblo de calles polvorientas y desérticas. Hubo un momento de vacilación antes de que Juan Benigar iniciara su marcha hacia el poblado. Cipolletti ya no era ese lugar que hasta ahora, sólo había existido en su imaginación. Benigar comprendió  que su vida anterior desaparecía para siempre porque en ese instante penetraba en un mundo desconocido y tantas veces soñado. Apuró sus pasos. Iba en busca de su destino.

Juan Benigar
Juan Benigar

A orillas del río Save, con el casco antiguo escalonado sobre una colina, se levanta la ciudad de Zagreb, capital de la República de Croacia. Próximas las fiestas de Navidad, Iván Benigar  y su esposa Rosa Lukez  habrían de recibir con júbilo el nacimiento de un nuevo hijo: Janko. Corría el año 1883. Los padres de Janko o Juan, eran de origen esloveno, y este lazo sanguíneo definiría su nacionalidad. El imperio Austro- Húngaro comenzaba a manifestar síntomas de debilitamiento. No obstante sus colegios y universidades eran reconocidos en Europa por su buen nivel académico. En una escuela de orientación humanística de Zagreb, obtuvo Juan Renigar su título de bachiller. Corría el año 1902. Sus ansias de conocimiento lo llevaron a Graz, en Austria, pasando luego a Praga, continuando allí, en Checoeslovaquia, sus estudios de ingeniería civil. Paralelamente iba desarrollando una fuerte personalidad que lo llevaría al aprendizaje de idiomas, como una forma de conocer el origen de diversas culturas. “Clasificando el material reunido, iba penetrando poco a poco el espíritu de la lengua araucana y a deducir reglas que se confirmaban por las traducciones que me hacían los indígenas. Es que un idioma se posee recién cuando se piensa en él y se aprende a pensar en un idioma oyendo o leyendo los pensamientos expresados en el mismo. Estos hombres y mujeres sencillos, fueron mis grandes maestros”

Así, a los 25 años de edad Juan Benigar exhibe un amplio bagaje de conocimientos, avalados por el dominio de catorce idiomas – vasco, sánscrito, japonés, hebreo, griego, latín, húngaro, entre otros- amén de sus incursiones por otras disciplinas, entre las que se destacan sus estudios etnológicos y sociológicos y sus concepciones filosóficas. Poco se sabe acerca de las causas por las cuales Benigar se dirigió a la Argentina, dando un total cambio de rumbo a su vida.

Podemos, no obstante, mencionar algunos posibles motivos: Una conflictiva relación con su padre que provoca un doloroso y no deseado alejamiento de su familia. Otro: expresa Benigar haber leído un informe en el que un sabio alemán sostiene que en el lapso de un siglo no quedarán indígenas en América del Norte, porque habrán desaparecido por diversas enfermedades. El joven Benigar sintió rabia e impotencia al leer esta publicación. Poco tiempo después elige como destino la América del Sur para compartir su vida con los indígenas. Y así lo expresa: “no es de admirar que, ansiando mi contacto con los indios, a mi llegada ni pasé en Buenos Aires, sino que me vine a disparadas a los territorios, de los cuales, desde entonces, no he salido. No es de extrañar si desde el principio me he interesado vivamente por el destino de estos pobres parias, dignos de mejor suerte”

Años más tarde Benigar escribiría: “al venirme a la Patagonia renuncié para siempre a las aspiraciones de lucir en la sociedad, donde mi papel sería parecido al de un peñasco tosco dentro de un palacio de mármol lustroso. Mi puesto es entre los indígenas, en la línea de fuego, que no abandonaré aunque las circunstancias me forzaran”.

El nuevo destino

Tras permanecer un poco más de un año en Cipolletti, Benigar se dirigió a pie hasta Colonia Catriel. Allí habría de conocer a la que sería su primera esposa, Eufemia Barraza de nombre indígena Sbeypuquiñ, emparentada con la dinastía Catriel. Un profundo amor signó la relación entre la indígena y el intelectual. Fue Eufemia quien lo inició en el conocimiento de la cultura araucana. La sólida formación lingüística de don Juan le permitió asimilar con rapidez el dominio de la lengua nativa. Cuando contrajo matrimonio, Benigar tenía 25 años. A partir de este momento la dura lucha por la subsistencia junto a quienes ya consideraba sus hermanos habría de ligarlo para siempre con la gente de la tierra.

Benigar  trazó los primeros canales de riego de Catriel trabajando duramente con pico y pala. Algunos de ellos tenían hasta tres metros de profundidad y fueron delineados con notable precisión, con sencillos y rústicos elementos de medición que armaba con gomas y pequeñas botellas.

Sbeypuquiñ (Eufemia Barraza) con dos de sus hijos.
Sbeypuquiñ (Eufemia Barraza) con dos de sus hijos.

El calvario de una tribu

Este libro publicado por la editorial Biblos de Azul, Provincia de Buenos Aires, es un estudio histórico antropológico a través del cual Benigar describe las vicisitudes y desencantos de los araucanos orientales que vinieron a poblar la denominada Colonia Carriel. Expresa entre otros conceptos:  “Las cincuenta leguas concedidas a estos indígenas son tierras desprovistas de aguas superficiales, donde los salitrales alternan con los arenales. El calvario de nuestra tribu que no es excepción sino regla entre los indígenas, nos indica que el problema de la radicación y de la incorporación de los autóctonos a la vida civilizada está hoy tan lejos de su solución como cuatro decenios atrás”. Comienza así también a definirse la figura del escritor. Sin embargo, el atenderá a las necesidades de la familia, trabajando la tierra o trazando canales absorbía la mayor parte de su tiempo. La notable resistencia física de este hombre delgado de 1,78 metros de estatura, le permitía afrontar los duros trabajos campesinos y, paralelamente, los intelectuales.

Escribía mucho y dormía poco. Su comprensión cada mas amplia de la idiosincrasia indígena, iba dando solidez a conocimientos sobre cultura nativa.

Pero no es Benigar el erudito que mira desde afuera, con frío interés científico el calvario de esta raza, sino que siente dentro  de su ser la necesidad de compartir su destino.  Así el hombre ilustre, el sabio europeo, conoce la injusticia, el despojo, la miseria, las enfermedades. Sufre a la par de sus hermanos nativos; vive como ellos y penetra en su mundo mágico.

Sus descreimientos y dudas respecto al destino final del hombre, cuando piensa como científico, no le impiden sin embargo aceptar a los dioses nativos y aún reclamar su ayuda, cuando su corazón siente la fuerza de la raza con la que se ha identificado.

Primer Éxodo

Respondiendo a una invitación de Félix San Martín, quién les ofrece un puesto campesino y algunos animales en la tierra que arrendaba, Juan, Eufemia y los once hijos de ambos, inician el viaje hacia su nuevo destina.
Rueda el carro sobre el desierto inhóspito. Allí van todos. Ya se esfuman sobre un paisaje gris como si nunca hubieran existido.

Su próximo destino está muy cerca de Aluminé


En el año 1914, la feroz creciente del Rio Colorado arrasó con los pocos bienes de los sufridos pobladores catrielenses.  Benigar además de algunos bienes materiales, perdió los originales de un estudio comparativo de varias lenguas nativas, un trabajo que le había demandado varios años de elaboración. Nunca más intentó repetir esta obra.
Una década después, el humilde campesino asimilado a las normas de vida nativas, habría de sorprender aI mundo intelectual porteño con un trabajo presentado ante la Academia de la Historia y Numismática Americana por el escritor Félix San Martín, con quien Benigar mantenía una relación epistolar.
“El concepto del Tiempo, del Espacio y la casualidad entre los araucanos”, mereció el elogio de importantes académicos que se desempeñaban en Buenos Aires  -Arturo Capdevila (Cordobés) y Martiniano Leguizamón (Entrerriano)-, entre otros, y el diario La Nación publicó un resumen del extenso trabajo. Filólogo, investigador, experto en hidráulica; para algunos, la personalidad más destacada que habitara la Patagonia. Sin embargo, Benigar “el solitario de Peñas Blancas”, el intelectual- campesino, se consideraba a sí mismo como un simple ser humano que, como todos, cae y se levanta en su búsqueda de la perfección.


Los Hijos del Amor

Once fueron los hijos. El primero de ellos fue Nankú (águila) en 1911, le siguen Marta Ayerupuy (que vive alegre), Laura Dumbutrayen (veloz), Juan Llanká (piedra blanca), Eufemia Quinturupay (que mira atrás), Alejandro Mañqué (cóndor), Elena Kallvuray (rosa azul), Ambrosio Millallankú (águila dorada), todos ellos nacidos en Catriel. Luego en Aluminé llegaron Feliciano Hueñumañqué (que vuela al cielo), Cipriano Mariñankú (diez águilas), María Ceferina Gumaray (flor preciosa). El destino y el futuro de sus hijos fueron una preocupación permanente para Benigar… “Yo quiero para mis hijos una patria digna, aunque tenga que ser quebrada y hollada; pero no una patria doblada en humillación”. En la portada de una libreta improvisada don Juan dejó escritas estas palabras: “Encontraran aquí, hijos míos, apuntes variadísimos, recogidos en diarios con los que el bolichero me envolvía lo que compraba en aquellos parajes solitarios de Río Colorado. Recuerden que todo el saber nuestro tiene por base elementos pequeñísimos, que en su conjunto forman lo que a muchas almas llenas de vanidad, creyéndose por su saber, dueños del universo, cuando son en realidad, sombras de nubes pasajeras. Cuídense de la soberbia”.


Juan Benigar rodeado de hijos y nietos.
Juan Benigar rodeado de sus hijos.
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Esa es otra historia

Fuente: Revista por siempre Neuquén, Año 3, n° 6, Marzo del 2000


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