Estepa y petróleoHistorias

Buscando a Bairoletto – parte 2 de 3 – Baqueano vs. Rastreador

Plan Quinquenal - Neuquén

El Comisario reaccionó decidido y comenzó a dar órdenes. Buscó con la mirada al rastreador y no lo encontró.

– ¿Dónde está el agente José Milla? – preguntó al grupo en voz alta.

-Está en el campo relevando huellas, Comisario – le respondió un agente adelantándose.

-Díganle que venga. Agente Gutiérrez, llame al joven…-dijo tratando de recordar el nombre-

-José Jara, Comisario – ayudó a recordar Gutiérrez

-Sí, José Jara. Quiero hablar con él.

Cuando se presentó el muchacho, lo hizo esperar hasta la llegada del  agente Milla, casi una hora después. El Comisario los reunió y le dijo a José:

-Joven, indíquele al agente en qué dirección partió Romero. Sin equivocaciones, si no quiere acompañar detenido a su tío a Añelo.

Una vez recibida la indicación del rumbo tomado por Romero o Bairoletto, el grupo policial se dispuso a partir. Al frente iba Milla que ya había identificado un rastro. El resto de los efectivos lo seguían a caballo, incluso José Jara que fue obligado a acompañarlos.

En un descampado de las serranías, a una legua del puesto encontraron la yegua color rosillo colorado. Cuando fue consultado, José Jara confirmó que se trataba de la yegua que pertenecía a Romero y que llevaba de relevo. En su huida se vio necesitado de abandonarla maneada, tal vez pensando en regresar más adelante a buscarla. Continuaron la marcha, hasta que en cierta parte del terreno, desaparecieron las pisadas de caballo que montaba el perseguido.

El comisario reagrupó a los efectivos ordenando:

-Nos dividimos en dos grupos. Usted, Milla, con los policías de la comisaría de Añelo busque rastros en las partes bajas. Los de Neuquén vienen conmigo a los cerros altos.  José Jara viene con nosotros –dijo mirando al joven- Nos va a indicar las aguadas ocultas donde pueda estar Romero. Con este calor es inevitable que tenga que pasar por alguna de ellas.  El que encuentre primero algo hace la señal con humo desde donde esté y nos juntamos todos en ese lugar. ¿Comprendido?

– Sí Comisario – respondieron todos.

Juan Bautista Bairoletto - Rastreador vs. Baqueano

Pasaron varias horas de búsqueda hasta que la señal convenida de humo se distinguió desde el sector que guiaba Milla.  Entonces el grupo del Comisario se dirigió hacia ese lugar para reunirse.

-Comisario –reportó Milla-  encontré el rastro perdido de Romero y lo seguimos hasta acá. Pero el Agente Bernardino Villar, asegura haber visto un individuo a caballo, que desapareció de la vista antes de que pudiéramos notarlo.

-¿En qué ubicación?

-Allá enfrente – señaló -.

Frente a ellos, quebrada escarpada de por medio, estaba la otra sección del cerro. Imposible llegar sin atravesar esa estrecha garganta.

Tomaron un descanso de quince minutos antes de continuar. En ese lapso, varios agentes auscultaron la sección de enfrente con unos prismáticos. La noticia llegó antes que finalizara la pausa.  Había un caballo que posiblemente fuera el de Romero. Lo extraño es que estaba sin montura. ¿Por qué motivo lo habría abandonado?

De inmediato llegó la orden que disponía descender del cerro y avanzar en dos alas con el fin de rodearlo de a pie. Era imposible pasar las cabalgaduras por allí, dada la conformación del terreno, que era rocoso y de paredones altísimos en su base. Más arriba se sucedían cuevas y moldes de piedras acantiladas, en parte inaccesibles.

Con gran dificultad escarparon los cerros. En una cueva, a unos cien metros de donde estaba el caballo, encontraron el recado que Romero al huir había escondido.

El Comisario, estaba cada vez más admirado del evidente conocimiento y oficio de rastreador de Milla. Le ordenó que ensillara el caballo encontrado, mientras él y el resto, rastrillaban a pie las escarpadas paredes en busca de Bairoletto. Varias horas, hasta muy tarde, bajo el sol calcinante y una sed abrasadora estuvieron buscando por todos lados. Luego de que Milla informara de la imposibilidad de cortar rastros por ser de piedra toda esa región, suspendieron la búsqueda y se dirigieron hacia una aguada que descubrieron en el trayecto. Poco después subieron hacia una planicie para que los extenuados animales  comieran algo.

No me gusta nada lo que está pasando –le confió el Comisario al Sargento Escobar- Este hombre parece ser conocedor de estos terrenos y sus alrededores. Nos lleva una ventaja. No se puede explicar cómo se escurrió entre los cerros. Sabe bien como no dejar rastro. Se maneja con soltura. No puede ser que esté aquí hace poco tiempo, debe llevar varios meses.

Bairoletto o Romero, en su huida, tuvo que lanzar necesariamente el caballo por paredones de tres o cuatro metros de alto para subir al cerro opuesto. El caballo quedó imposibilitado de conti­nuar la marcha, posiblemente por los golpes que ha tenido que soportar en las caídas al saltar los murallones.  Al no poder seguir avanzando se vio obligado a abandonarlo y continuar a pie por algún pasaje conocido solo por él.

Ya nada podían hacer. La noche acechaba invitando a retirarse de ese peligroso lugar. Le ordenó al menor José Jara que regresara a su puesto antes que oscureciera.

Al día siguiente, el 28, luego de despachar al agente Diógenes Amarante con destino Añelo a la oficina de correos y telégrafos, para enviar un telegrama informando a la superioridad en Neuquén, se internó nuevamente la partida policial en la región serrana, un poco más al Sur, con el objeto de evitar las paredes rocosas, cambiándolas por trechos de tierra, greda y arena que resultaran algo más sencillos.

-Desde aquí, nos dividimos en los mismos grupos de ayer- ordenó el Comisario – Vamos hacia el río y batimos todo el terreno en un máximo de dos leguas. El grupo que encuentre algo hace la señal de humo convenida. Milla, usted vaya un poco más al norte con el Sargento Escobar y busque rastros.

Varias horas después, el grupo de los agentes de Añelo, de los agentes Villar y Gutiérrez, advirtió con su humareda que habían encontrado algo. El Comisario y su grupo se movieron rápido hacia el lugar de donde provenía, donde fueron informados de algunos indicios que se podían tener en cuenta. Milla y el Sargento Escobar demoraron casi dos horas en llegar, pero trajeron pistas más firmes.  Habían encontrado rastros de pisadas recientes. La señal de humo enviada por uno de los grupos los obligó a regresar sin poder seguirla.

El Comisario no dudó, prefería seguir la pista encontrada por Milla. Tenía absoluta confianza en él. Era el mejor rastreador de la policía del Neuquén. Si Bairoletto dejaba alguna marca, Milla la encontraría con seguridad.

Los recientes rastros que el rastreador había descubierto, se dirigían por las piedras hacia el rancho de Francisco Jara. Hacía allá fue nuevamente toda la comitiva policial. Otra vez la encontraron a Lucinda Soto de Jara y por supuesto al joven José Bernardino Jara. Además había otra menor: Beatriz Jara.

Interrogaron primero a Lucinda.

-Ya les he dicho que no he vuelto a ver a Romero desde el día 26 cuando se fue –dijo la mujer- ¿Por qué me molestan..?

-¿Y cómo explica que los rastros que encontramos de a pie llegan hasta acá mismo? – preguntó el Comisario.

-Mire Comisario, ¡aunque me mate, no diré nada! –dijo desafiante la mujer

Desde ese momento, Lucinda se encerró en un completo mutismo.

Por el contrario, el menor José Bernardino Jara, comprometió seriamente a su tía Lucinda diciendo que esa mañana había estado Romero y que la tía le había dado un caballo doradillo de su tío Domingo Jara, además de carne y tortas, una bajera, unos cueritos, y después se había ido en dirección a los Chihuidos.

La otra mujer, Beatriz Jara, de dieciocho años de edad, dijo que en momentos de venir con las chivas para el corral esa mañana, cuando venía por el borde del cerro, vio a Romero que se hallaba en la aguada y tenía cerca suyo, des­ensillado, un caballo zaino de la marca de su tío Francisco, y que en ese momento se separaba de él su tía Lucinda trayendo un balde con agua.

Dado que a Lucinda se le había advertido anteriormente que  dicho sujeto era un criminal buscado por la Policía,  que demostraba con su actitud que lo estaba encubriendo para ayudarlo a escapar, y que los testimonios de los menores la comprometían, el Comisario dispuso su detención.

No pudieron determinar al principio si Bairoletto salió a pie o a caballo del rancho, porque habían hecho circular  la chivada y eso impedía cortar rastros. Pero una vez que se alejaron dos mil metros en la dirección de Los Chihuidos, como había dicho José Jara que era la dirección tomada por Romero o Bairoletto, toman el rastro reciente de un hombre a caballo que seguía esa trayectoria.

Tenían que apurarse. Más allá de Los Chihuidos no había casi nada. Si a Romero o Bairoletto no lo agarraban antes, se les iba a complicar. Lo que tenían enfrente era desierto puro, en forma de planicie arenosa con arbustos. Para colmo el clima se descompuso.  Y mientras las nubes presagiaban tormenta, se levantó un viento huracanado que dificultaba el rastreamiento.  Después de varias horas empezó a granizar, y continuó con una torrencial lluvia, un diluvio que transformó el suelo que no podía absorber semejante cantidad de agua, en una inmensa y pegajosa  arcilla. Parecía todo perdido. El agua estaba borrando las huellas de aquel páramo.

Milla, a pesar de todo, pudo con sus ojos de rastreador ver lo que nadie, y reencontró el rastro. Pero ya no se dirigía a Los Chuihuidos, sino hacia la aguada de Mena. De ahí a la costa del río Neuquén, perdiéndose entre los cerros próximos al puesto de Domingo Jara. El grupo siguió todo el recorrido mientras la tormenta iba menguando. Decididos a hacer noche en el puesto, hacia allí se dirigieron. En el trayecto encontraron huellas recientes de una mula y pisadas varias que se dirigían rápido también a dicho puesto. La tormenta cesó, al menos donde estaban ellos, arrastrada por el viento que se la llevaba hacia el Auca Mahuida.

En el puesto sorprenden a Faustino Jara en el momento que ataba la mula mencionada entre unos sauces, y desensi­llaba al animal.

-¿Dónde está su hermano Domingo?-le preguntó el Comisario

-Debe estar por llegar –respondió- salió a correr unos animales.

-¿Y usted de dónde viene?

Yo también vengo de hacer lo mismo.

Al llegar Domingo Jara momentos después, el Comisario observa que el caballo doradillo colorado que éste monta, es el mismo que le facilitó Lucinda Jara a Romero, según lo dicho por el menor José Bernardino Jara. Esto hace recaer inmediatamente sospechas sobre Domingo y se lo interroga, pero dice no conocer ni haber visto nunca al peón de su hermano, ni tampoco al sujeto de la fotografía que se le exhibe. El Comisario ordena que se lo tenga separado de los demás hasta que aclare su situación.

Cuando interrogan a Faustino,  en principio dijo no conocer al peón de su hermano, pues sólo lo vio una noche que venía de los Chihuidos con su mujer y había pasado por el puesto de su hermano Fran­cisco hacía unos días;  después de ser interrogado nuevamente, dijo que recordaba haberlo visto en el campo, que le parecía que fue al día siguiente de haber estado en el rancho y que entonces le vio bien la cara. Al exhibirle la fotografía de Bairoletto, dijo que era el mismo, o sea Romero, el peón de su hermano.  Ambos, Faustino y Domingo, dijeron que el caballo doradillo colorado había estado todo el día allí y que estuvieron pasando la rastra a los sembrados con él.

El Comisario consultó brevemente con Milla, y llegó a la conclusión en este punto, que no estaban mintiendo, por cuanto el rastro del animal que seguían no tenía herraduras y el doradillo colorado, sí las tenía.

La noche envolvía al extenuado grupo. Un aguacero de campo golpea en pocas horas con mucho más fuerza que el peor día completo de calor o frío extremo de la estepa. Mientras se acomodaban y desensillaban, el Comisario pensaba en el menor José Bernardino Jara. ¿Por qué les mintió con lo del caballo? La menor Beatriz Jara les dijo que vio a Romero con un caballo zaino. ¿Por qué entonces José dijo que era un doradillo colorado? ¿Para despistar? ¿Se habrá confundido, o habrá sido deliberado? Al día siguiente lo iría a buscar para interrogarlo. Bairoletto conoce bien la zona, sabe escurrirse. Es un Baqueano. Pero que no se confíe –pensaba-, porque nosotros, …tenemos al Rastreador.

Rodrigo Tarruella

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Más Neuquén

Publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.


Relato basado en el informe del Comisario Bernabé Espíndola al Inspector de la Policía de la zona de Confluencia, Comisario Conrado José Pauletti, el 3 de Noviembre de 1936


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