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Historias Neuquinas: “Empleado colaborador” y “Gracias, lo tomo amargo”

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Historias – anécdotas de otros tiempos. Una en Zapala, la otra en Neuquén Capital. Situaciones distintas, pero en común la respuesta ingeniosa (y graciosa) para salir del apuro.

Zapala: Empleado colaborador

Ocurrió en Zapala a mediados de la década del ’40. Quienes viven allí o los que han conocido el lugar en aquellos años, saben bien que por entonces las posibilidades de recreación o esparcimiento eran limitadísimas. Una única sala para la proyección de películas, algún baile popular, la concurrencia a la habitual reunión en un bar o la invitación a una fiesta familiar, esas eran las alternativas posibles para los zapalinos.

Estación de ferrocarril de Zapala a inicios de la década del 40
Estación de ferrocarril de Zapala a inicios de la década del 40 – Foto Gentileza Museo Municipal de Zapala

En cambio, desde tiempos pretéritos, podría decirse desde que Zapala comenzó a tomar forma de pueblo, una actividad que atrapaba la voluntad de muchos de sus pobladores eran las partidas de naipes y dados donde los ludo maníacos con regularidad tentaban a la suerte, la mayoría de las veces esquiva y promotora de lamentaciones, desafíos y desgraciadas situaciones.

Entre la dotación de la policía local también había alguno que otro seguidor de esta clase de pasatiempo que en los ratos de ocio pugnaba por hacerse de unos pesos extra retando al destino con su habilidad. Uno de estos funcionarios, un oficial, de vez en cuando tomaba parte de la mesa de juego que, en la ocasión a que se refiere este comentario, se realizaba animosamente en una casa de familia.

Durante una jornada de esas, luego de terminar una partida, nuestro personaje, urgido por una necesidad fisiológica, debió retirarse presuroso de la “sala de juego” en dirección al baño, o mejor dicho al excusado -así se nombraba al retrete- que, como era común en muchas casas de la época, estaba situado en el patio y generalmente en los fondos del terreno.

Por esos días el Comisario había recibido precisas directivas de la Jefatura para que intensificara las medidas de control y represión del juego clandestino, pues habían llegado noticias a Neuquén de que en Zapala se jugaba fuerte y mucho.

De entre las tareas de inteligencia que inmediatamente realizó, surgió que uno de los matutes más frecuentados y donde se apostaba dinero, era precisamente el que funcionaba en la vivienda anteriormente aludida. Decididamente, el titular de la dependencia, con la reserva necesaria, diseñó el procedimiento y en persona, acompañado de los testigos requeridos al efecto, al frente de una comisión policial, irrumpió abruptamente en el local impartiendo enérgicamente las órdenes a los sorprendidos y atónitos jugadores para que nadie se moviera de sus lugares, colocaran las manos sobre la mesa y no se tocara absolutamente nada, ni los elementos de juego ni el dinero apostado.

Estando el procedimiento policial en plena ejecución, sin sospechar ni remotamente lo que acontecía, el oficial mencionado al comienzo regresó calmoso y más holgado desde el patio y al abrir la puerta que comunicaba con la habitación transgresora, grande fue su sorpresa. Quedó paralizado al ver allí a su jefe con los demás efectivos en plena tarea labrando el acta correspondiente, contabilizando los elementos probatorios y manteniendo inmóviles a los cabizbajos jugadores.

Hay que hacer notar que el Comisario también quedó pasmado y boquiabierto ante la inusitada llegada de su subalterno, por lo que con voz firme y tajante le inquirió:

-¿Y Usted, qué hace acá?, gritó vivamente.

En el silencio sepulcral que reinaba en la habitación todos los presentes se volvieron dirigiendo la mirada hacia nuestro protagonista, aguardando absortos su respuesta ante una situación tan comprometedora que no admitía evasiva alguna. Éste, sobreponiéndose de la sorpresa, reaccionó como un rayo poniendo verdaderamente de manifiesto una agilidad mental envidiable, contestando con expresión natural:

-¡Vengo a colaborar con el procedimiento, señor Comisario!

 

Una anécdota de la fundación de Neuquén: “Gracias, lo tomo amargo”

Esta anécdota que tomó inmediata carta de ciudadanía en Neuquén, por así decirlo, y se ha venido repitiendo hasta nuestros días.

Catangos en la estación Neuquén - 1902 - Sistema provincial de Archivos.
Catangos en la estación Neuquén – 1902 – Sistema provincial de Archivos.

Ocurrió el mismo 12 de septiembre de 1904, fecha de la inauguración oficial de esta capital, en el almuerzo popular que la comisión de festejos organizó en honor del ministro del interior doctor Joaquín V, González, su comitiva visitante, autoridades locales y vecinos.

Dicha comisión la presidió don Francisco Bueno, activo y movedizo organizador del agasajo, al punto que no llegó a sentarse a la mesa en la comida (tablones sobre caballetes de madera y al aire libre), que transcurrió con abundancia de buen humor y chascarrillos. Al servirse a los comensales, el café, tomó el azúcar inadvertidamente y se sirvió él antes que otro; pero, reaccionando pronto y para enmendar su “equivocación protocolar”, se la pasó inmediatamente al ministro, a cuyo lado se encontraba él de píe. El ilustre riojano, que lo había observado con regocijada cachaza socarrona, quiso gastarle una broma y le dijo sonriente, alcanzándole el azucarero: “Sírvase usted primero, señor Bueno.” Como todos estaban en el secreto, hubo naturalmente un momento de tensa, expectativa, en el ambiente de ligera jarana que reinara. Pero don Francisco salió rápidamente del paso. Ni lerdo ni perezoso, con esa chispa y ese gracejo que distinguen a los naturales de las provincias andaluzas, le contestó en el acto: “—No, gracias; yo siempre lo tomo amargo”, estallando una carcajada, general, ante la ingeniosa salida.

Y así se hizo en seguida famosa la rápida y chispeante replica, que la tradición local ha venido conservando y en Neuquén tiene indiscutible derecho de primogenitura.

Figura popular y vecino fundador apreciado, don Francisco Bueno Cordero (don Pancho Málaga, que de esa parte de España era, o don Pancho Regular, como cariñosamente también se le decía) contribuyó al progreso local en diversos órdenes, ejerciendo incluso funciones públicas transitorias; construyó caminos por contrata e instaló servicios de balsas, primero en el río Neuquén y luego el muy necesario pasaje en el río Límay, a la altura de Laguna del Toro, hoy Senillosa.

 


Fuentes:
 – Guardianes del Orden, Primera recopilación de datos y antecedentes históricos de la policía de Neuquén 1879-2000, Tomo 3, de Tomas Heger Wagner
 – Recuerdos Territorianos – Los primeros años de Neuquén Capital, de Ángel Edelman


 

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