Norte Neuquino

A los tiros. El caso del juez Yerio. Barrancas, 1904

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En Barrancas contra el juez de paz.

El diario La Prensa de Buenos Aires, el domingo 11 de diciembre de 1904 publicó un despacho de Chos Malal que decía: «Se desarrolló el seis del presente un lamentable incidente en Río Barrancas, entre el juez de paz de aquel departamento, señor Cecilio Yerio y el vecino Carlos Garaycoechea. Yerio se retiraba de la casa de Garaycoechea en compañía de otras personas y en tal circunstancia aquél comenzó a disparar tiros de revólver. Al sentir Yerio las balas que agujereaban el poncho que llevaba puesto -continuaba la crónica-, desnudó a su vez el revólver y encarándose con el agresor, lo hirió de dos balazos que le produjeron la muerte momentos después. Según datos obtenidos, Yerio y sus acompañantes habían sido invitados un rato antes a casa de Garaycoechea, pero permanecieron breves instantes debido a que los recibió de mal modo. En vista de los excelentes antecedes del juez Yerio, se cree que procedió en defensa propia ante el inopinado ataque de que era objeto».

El caso se resolvió rápidamente, pero vale la pena reconstruir los hechos.

Los protagonistas

¿Quién era Cecilio Yerio? Había nacido en Coronel Suárez el 18 de diciembre de 1876, hijo de Cirilo Yerio e Isabel Segovia. Su padre Cirilo era un estanciero de la provincia de Buenos Aires propietario del establecimiento Los Cardos (Cnel. Suárez).

Su familia estaba constituida además por cuatro hermanas, Sabina, Elvira, Isabel y Petrona, y sus cuatro hermanos, Salustiano, Emiliano, Ciriaco y Demetrio. Cecilio y Ciriaco se establecerían en Junín de los Andes donde curiosamente noviaron y se casaron con dos hermanas recién llegadas de España: las Ferré Espinós. Estos dos hermanos Yerio, estuvieron entre los fundadores de la Sociedad Rural de Junín de los Andes. Cecilio comandó en Confluencia Traful su Estancia La Argentina.

El sumario formó la causa 403 -año 1904- de 60 fojas. Actuó el juez Patricio J. Pardo, fiscal fue Abel Chaneton y defensor José Bruguera. El calor era agobiante en diciembre de 1904 cuando Carlos Garaycoechea invitó a un asado a varias personas, no todas de las cercanías. El asado se haría en el campo que administraba el vasco en la margen sur del río Barrancas donde, además, Garaycoechea tenía establecido un negocio. Todo, a unos cinco kilómetros del juzgado. De los invitados, el único que vivía en Barrancas era el juez de paz Cecilio Yerio, un bonaerense de 27 años, soltero (no disponía juez suplente). El invitado más cercano era el comerciante Benedicto Becaría, que vivía en El Tril. De más al sur aún de Barrancas llegó el maestro de Buta Ranquil, el joven (29) soltero Celestino Cabral. Antonio Troul era un ganadero entrado en años (59) que residía accidentalmente en Cochicó. Y Cristóbal del Campo, procurador lego en Chos Malal (de 39 años). Para ponerse en época, vale aclarar que en esos parajes era habitual que todos portaran armas de fuego.

El asado del fatídico martes 6 de diciembre del año 4

El lugar del convite fue como se dijo anteriormente, la casa y negocio de Carlos Garaycoechea que tenía en las chacras a orillas del río Barrancas, modesta construcción rodeada de sauces orilleros. El pequeño grupo de invitados salieron al atardecer de a caballo desde el juzgado de paz de Barrancas a cargo de Cecilio Yerio. Entre ellos iban, además del juez, lo mencionados protagonistas, el maestro de Buta Ranquil Celestino Cabral, el comerciante de la pampa de El Tril, Benedicto Beccaría y el procurador lego de Chos Malal, Cristóbal del Campo. Este último había intermediado por encargue de Garaycoechea para que el chileno Anselmo Bravo fuera arrendatario de sus chacras y lo hiciera también en un campo para invernada del ganado. De manera que el grupo arribado incluía al viejo Bravo de 61 años. Cuando llegaron, desmontaron, pero Bravo esperó afuera. Del Campo, ya en la casa del anfitrión y tras los saludos del grupo, le dijo a Garaycoechea que allí estaba Bravo. Garaycoechea, contrariando lo acordado, adujo conocer dichos de Bravo adversos de su persona, según le contó el peón Bustos. Irritado, sentenció que «a ese viejo no lo quiero ni en mi casa ni en el campo». Por lo que Del Campo propuso aclarar las cosas con las explicaciones del peón. Pero la reacción del “vasco” Garaycoechea, violenta y vituperante, lo decidió a apartarse del convite para retirarse del lugar. El juez Yerio adhirió a la salida. «Yo también me voy», dijo y salió a la vez que Garaycoechea, sentado, le reprochó: «Hacés bien carajo, al retirarte porque vos también son de los que hablan…» (por detrás). Fue entonces que el vasco se levantó y desenfundó su arma enfurecido. Lo quiso atajar el tano Beccaría, que no alcanzó y no pudo evitar el tiroteo.

Corpulento y macizo, cubierto con un poncho patria, el juez de paz escuchó el disparo que le hicieron de atrás, echó rápido mano a su revólver y descargó tres balazos que dieron en el agresor. Garaycoechea disparó una vez más y gritó: «Me jodiste pero te jodí». Volvió unos pasos para su casa y rápidamente se desplomó. Muy pronto murió.

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Chasque a Chos Malal y sumario en puerta.

Fue Beccaría quien le pidió el arma a Yerio y con otros atendió al caído. Lo entraron a la casa y depositaron sobre una matra. Después Beccaría redactó con su pésima ortografía una nota al comisario de Chos Malal con un breve relato de la balacera y descripción de la defensa de Yerio. Fue todo muy rápido y el chasque con la nota partió antes que expirara el anfitrión del asado. El juez de paz, desesperado, a falta de autoridad y de suplente, esperó 3 días sin salir del juzgado. El chasque -Juan de Dios Barrientos- llegó a Chos Malal a las 13 el 7 de diciembre y estuvo de vuelta a las 16 del 8. Inmediatamente, a falta de autoridades, los vecinos y algunos testigos, no esperaron más a las autoridades y «por el calor reinante y su efectos», enterraron a Garaycoechea «a flor de tierra para facilitar la exhumación» y a 25 metros de su casa. Labraron un acta especial que redactó con buena caligrafía el maestro Cabral. El 9 arribó el comisario sumariante Juan Francisco Muñoz Moyano.

Conmovió a la región neuquina vecina a Mendoza y repercutió en diarios de Buenos Aires y Bahía Blanca. Es que Cirilo Yerio, el padre del joven juez, era importante ganadero en Coronel Suárez, casado con Isabel Segovia.  Cecilio, que tenía 27 años al momento del tiroteo en el que se cruzaron 7 balazos. Soltero hasta los 32, se casó en Junín de los Andes, y tanto allí como antes en Barrancas, había labrado su propio prestigio.

Río Barrancas - Neuquén - Mendoza
Río Barrancas 8211 Límite entre Neuquén y Mendoza

Sumario e inventario del finado.

El puesto policial más cercano estaba en Buta Ranquil que lo creían acéfalo, por eso mandaron un chasque a Chos Malal. El homicida, testigos y vecinos, debieron esperar la llegada del comisario sumariante Juan Francisco Muñoz Moyano, pero tuvieron que enterrar el cuerpo afectado por el tórrido verano. El comisario llegó el 10 de diciembre y tomó todas las declaraciones en un solo día. A falta de médico y autopsia legal pidió a los testigos un acta con detalles de las heridas que constataron en el cadáver. Luego hizo un inventario del juzgado de paz que quedó acéfalo por estar arrestado el titular involucrado en el crimen. Yerio firmó la entrega. El listado incluyó 21 libros entre copiadores, de marcas y señales, un solo expediente, útiles de escritorio y libros de registro civil. Según los testigos, el muerto tenía en su ropa 7 pesos con 80 centavos y 57,80 chilenos. El comisario hizo un inventario en la casa del occiso: dos sobretodos, dos sacos, un traje, dos ponchos de lana de guanaco, un cinto para revólver, una montura, un rebenque, una matra, estribos y freno de plata, un lazo trenzado. En la pequeña tienda, poco y nada: lienzos, 45 camisetas, bolsas de yerba y frutos (cerda, lana y cueros). El comisario elevó el sumario al jefe policial José Rodríguez Spuch junto a un paquete con las dos armas y el poncho de Yerio. Lo recibió el 20 de diciembre en la flamante capital de Neuquén.

La Nochebuena de Yerio preso.

Yerio llegó a la capital tras el largo viaje de a caballo por el camino de El Tril, Las Cortaderas, el flanco de la sierra de Auca Mahuida, Añelo y la costa norte del río Neuquén. Enseguida pidió a José Bruguera lo defendiera (era aquel español que dio un complaciente discurso en la inauguración de Neuquén capital). Por ese motivo Bruguera se excusó ante el juez Pardo que el 22 de diciembre lo nombró fiscal ad hoc, y debió elegir a otro. ¿A quién? Nada menos que a Abel Chaneton, el futuro periodista, que en 1901 fue destituido como juez de paz de Las Lajas por una causa penal grave y por la que estuvo largo tiempo preso. De manera que la indagatoria -el día de Nochebuena- se cumplió con notorios personajes de la historia neuquina. Yerio aclaró que Garaycoechea le mandó un peón para invitarlo a almorzar un asado y se negó. Insistió volviéndolo a invitar a cenar y fue con un grupo de personas conocidas del vasco. Cuando el anfitrión discutió con uno de los concurrentes que por eso se retiró, él también salió yéndose hacia su caballo. Fue cuando Garaycoechea lo ofendió. No contestó la ofensa, pero escuchó el disparo «muy cerca de atrás» y se dio vuelta cuando le disparaba un segundo balazo «a dos pasos de distancia». Allí Yerio desenfundó y descargó los 3 únicos proyectiles que tenía cargados. Recordó que Garaycoechea ya había baleado al vecino de Mendoza Eusebio Carmona. Declaró que no tuvo incidentes con el occiso, quien sólo una vez le reprochó haber multado a su arrendatario Pedro Matural. El feriado de Navidad lo aprovechó Bruguera para preparar la defensa que presentó al día siguiente.

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Deducción de lo no explícito.

La justificada y fatal reacción del juez de paz de Barrancas, Neuquén, Cecilio Yerio, el 6 de diciembre de 1904 cuando lo atacó a tiros por la espalda el agricultor, criancero y ex juez Carlos Garaycoechea, a este le costó la vida, pero no traslució en el sumario policial y ni en la causa penal consecuente, el por qué de los primeros disparos de quien, precisamente, era el anfitrión que daba un asado -finalmente frustrado- que ya crepitaba en la finca cercana al río a la que concurrieron varios invitados. Por una discusión con Cristóbal del Campo, procurador lego en Chos Malal y uno de los invitados, basada en rechazar el arreglo que a su requerimiento hizo y aprobó, de un arrendatario para sus chacras y campo. Se echó atrás, adujo, porque un peón -Agustín Bustos- le comentó que el fulano propuesto, hablaba mal de Garaycoechea. Burlado como intermediario, Del Campo se retiró. Fue al adherirse el juez Yerio que el dueño de casa lo acusó también de habladurías. Por eso al salir -«yo también me voy»- le disparó por la espalda con la respuesta y consecuencias conocidas. Pero si rechazaba al candidato para arrendar el campo, ¿cómo involucró a Yerio en la disputa? En las 37 fojas del sumario que suscribió el comisario Juan Francisco Muñoz Moyano, nada dice al respecto, pero algo se puede deducir: al final de las indagatorias a testigos y al imputado juez de paz, el sumariante hace el inventario del juzgado acéfalo, el juez bajo arresto suscribe la entrega de todos los elementos y la documentación al comisario que lo pone en «una bolsa de cáñamo» dentro de la oficina bajo llave del juzgado. Hace responsable de la llave al encargado policial de Buta Ranquil, y destina la «supervigilancia externa de dicha pieza (que deja) a cargo de Agustín Bustos que vive en una pieza contigua a la del Juzgado». Es decir, el mismo Bustos que llevó a Garaycoechea los «chimentos» contra el posible arrendatario y contra Yerio.

Corta penuria y defensa a poncho.

El 20 de diciembre de 1904, cuando Yerio llegó preso a la nueva capital de Neuquén, el sumario fue entregado al jefe policial José Rodríguez Spuch junto a los dos revólveres usados y el poncho del juez de paz (agujereado a balazos según La Prensa y el defensor Bruguera). El 22 recibió todo el Juez Patricio J. Pardo. Al día siguiente fue nombrado el fiscal ad hoc Abel Chaneton, que cuatro meses después fue propuesto a integrar la primera logia masónica lugareña Obreros luz del Neuquén e inmediatamente rechazado «por sus antecedentes en la vida profana». En la propuesta de la logia figura como procurador, de 29 años, viudo. En la mañana del 24 de diciembre, el viudo Chaneton aceptó e inmediatamente presenció la indagatoria que el juez le tomó a Cecilio Yerio en presencia del defensor José Bruguera. Surge que Garaycoechea insistió con el convite a Yerio quien se había negado a ir por dos veces, pero Bruguera no usará el dato para argumentar una premeditación. Yerio pasó la Nochebuena entre rejas y Bruguera preparando la defensa que presentó en cinco fojas el 26 de diciembre. La basó en la agresión ilegítima del anfitrión y en la reacción «por instinto natural de conservación» del agredido frente al «funesto dilema de matar o dejarse matar», ya que cuando giró lo encañonaba el agresor. Pidió el sobreseimiento total y definitivo con la consecuente e inmediata excarcelación.

Lo que dijo el fiscal Chaneton.

Ya en las primeras líneas de las ocho páginas que necesitó el alegato del fiscal Chaneton, se anticipaba su opinión nada acusatoria. Lo escribió entre signos de admiración respecto del fracasado asado trágico: «¡Qué lejos estaría del ánimo de los concurrentes el drama que pocos instantes después había de desarrollarse en su presencia y del cual debía ser víctima el dueño de casa don Carlos Garaycoechea!». Cerró su escrito aconsejando sobreseer definitiva y totalmente al juez Yerio y lo suscribió el 30 de diciembre.

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Fuente: Síntesis de diversos artículos publicados sobre este tema por el periodista y escritor Francisco Juárez en el diario el diario Río Negro en el año 2008


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