Norte Neuquino

Las Veranadas

Campaña Vacunación

El Departamento Minas tiene una larga historia de práctica de la trashumancia. Desde muy antiguo, sus fértiles valles cordilleranos de altura, las veranadas, fueron utilizados para engorde estacional de las haciendas. Los que primero aprovecharon esta particularidad, fueron los pehuenches con el producto de sus malones en las pampas bonaerenses, que luego vendían a los españoles. Después, se asociaron con los famosos hermanos Pincheira, que les brindaban apoyo armado en los malones, vendiendo luego el ganado gordo en Chile. A fines de siglo llegaron los grandes estancieros Enrique Price en Las Lagunas y Francisco Méndez Urrejola en la región del Varvarco y desparramándose por casi todo el Norte neuquino. Urrejola mantenía sus numerosas haciendas en las veranadas de Ahilinco y sus invernadas llegaban hasta Chacay Melehue y Vilu Mallín, teniendo su gran fundo en Chillán. Aún se pueden ver en Ahilinco los restos de sus grandes corrales pircados y en Huingan-Có subsiste el topónimo “Cañada de la puerta”, un paso estrecho en las bardas que caen a pique al caudaloso Neuquén. Por este paso, obligatoriamente debían pasar todos sus animales en el peregrinar anual de la subida o bajada de las veranadas. Esta estrechura natural era aprovechada para contar uno por uno los animales, devolver los ajenos,  pagar a los indios y seleccionar los que se llevarían a Chile o los que debían continuar en engorde.

Regresando de la veranada, próximo a Los Miches
Regresando de la veranada, próximo a Los Miches

El camino a la veranada fue descripto magistralmente a principios de siglo por el padre Carvajal, comparando aquellas grandes movilizaciones de animales y gente con la marcha bíblica del pueblo judío en su éxodo a la tierra prometida. Según venga la primavera, a mediados de octubre-noviembre, comienza la movilización de los crianceros desde sus casas familiares de la invernada en busca de los pastos tiernos de la cordillera.

Abre la marcha la yeguada con sus potrillos que olfatean y siguen en el aire caminos invisibles. Atrás van las vacas y sus recién nacidos terneritos de piernas flacas y caminar firme. Más atrás viene la chivada, con sus chivitos que hacen agua la boca. Los perros, subiendo y bajando la larga fila, mantienen un orden que solo ellos entienden, pero que es efectivo. Adelante, atrás o en el medio, van los cargueros, las mulas aperadas especialmente y con sabiduría para poder llevar en ellas, desde bidones de agua hasta carne fresca, ropa, harina y los vicios que deberán durar toda la veranada, junto con los palos y las carpas para las viviendas. Esta movilización, generalmente es familiar, con los esposos y sus hijos y algunos allegados. Cuando faltan brazos o los hijos son chicos, se invita o contrata a gente amiga o conocida. Los chicos van sobre mansos caballos y con una larga faja atadas sus piernitas por debajo de la panza del animal, afirmándolos en ellos. Se cuentan de muchos casos en que, al no tener animales mansos, los caballos se desbocaron ante imprevistos, arrastrando su pequeña y frágil carga a todo galope por entre las piedras con funestos resultados. Por los caminos de tierra y entre el polvo de miles de pezuñas, avanza la columna y solo se escuchan los ladridos de los perros o los silbidos y gritos de quienes alientan o llaman a los rezagados o cansados que quieren pararse. Hay que llegar temprano al lugar prefijado para acampar, rodear los animales, hacer fuego y fijar las guardias. Al día siguiente, luego de dormir a la intemperie sobre cueritos a la orilla del fogón que no se apaga, la marcha sigue quizá hasta por 20 días o más que también será igual al regreso.

En las veranadas, los momentos de encuentros colectivos de los crianceros, son muy pocos destacándose la reunión para la fiesta de San Sebastián (20 de enero) en Las Ovejas (antes se iba a Yumbel, Chile), y la fiesta de la Virgen de Lourdes en Ahilinco (11 de febrero), aparte de los rodeos para la fiesta de la Candelaria antes de regresar a las invernadas. Aunque hoy casi no se realiza, este encuentro de la Candelaria, en lugares prefijados, era el más esperado para verificar las marcas, devolver animales ajenos, encontrar los perdidos, comprar o vender hacienda o encontrar noticias de los animales que “habían robado los chilenos”. Todo terminaba en una gran fiesta con asado, bailes, cuecas y la imperdible presencia de las cantoras. Esta reunión era el preanuncio para que los veranadores se dispusieran para el regreso a la soledad de las dispersas invernadas, perdidas muchas, en el extenso desierto del Añelo.

Paisano veraneador, llevando sus arreos entre los cerros, desde Huantraico a un campo entre las Lagunas Varbarco Campos y Varbarco Tapia.
Paisano veraneador, llevando sus arreos entre los cerros, desde Huantraico a un campo entre las Lagunas Varbarco Campos y Varbarco Tapia.

 

 


Extraído del libro Malal Meulen – La querencia del Viento – de Isidro Belver


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