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El agua potable en Plaza Huincul – Los aguateros

Campaña Vacunación

Desde que se iniciaron los trabajos de instalación del Campamento, de las nivelaciones, emparejado del lugar y levantamiento de la torre con la que se procedería a perforar el Pozo N° 1, constituyó un problema permanente la escasez de agua necesaria para todas las tareas, para el regado de las pocas plantas y verduras que algunos obreros fueron cultivando en los patios de sus casitas, el lavado de la ropa, y la necesaria para la higiene personal; y naturalmente, el agua necesaria para tomar cuando la sed los abrasaba, para lavarse la cabeza, para hacer la sopa, el café o el té, o en algunos casos, para lavar finas prendas de tela.

Plaza Huincul en la década del 40
Plaza Huincul en la década del 40

 

En los primeros tiempos, se recurría al agua de la «Aguada», donde Doña CARMEN FUNES había levantado unos ranchos, que servían de refugio y paradero para los que se largaban a cruzar el desierto, a caballo o a pie. O se le pedía agua a los empleados del Ferrocarril, que la almacenaban celosamente dentro de las alambradas que los ingleses habían colocado alrededor de todas las instalaciones de la Estación PLAZA HUINCUL, que se levantaban en el kilómetro 1295.

Cuando se la negaban, procedían a robarla para poder atender las necesidades primarías con el precioso líquido. Hasta que Y.P.F., consciente del problema, empezó a solucionarlo perforando pozos de agua en distintos lugares del nuevo yacimiento. Así fue que levantó las instalaciones de lo que todo el mundo llamó: «EL BOMBEO DE AGUA», donde se extraía, se almacenaba y se distribuía el agua a todo el Campamento, a los talleres, los edificios públicos, las oficinas y las casas de familia. Este agua se usaba para todo, menos para beber, o cocinar, o para el uso de algunos sectores del Hospital y Laboratorios. Si bien era un poco salobre, podía llegar a ser tolerada por la gente y los anímales .

Pero, para beber y cocinar, se usaba el AGUA POTABLE que se traía desde Arroyito, de un cargadero en el Río Limay en vagones tanques provistos por el FERROCARRIL DEL SUD. Estos vagones llegaban dos o tres veces por semana hasta la Estación, y desde allí, a unos grandes piletones donde se almacenaba para su posterior distribución.

EL AGUA POTABLE NO PODÍA FALTAR. NO SE PODÍA ENSUCIAR, NO SE PODÍA MALGASTAR. Por lo tanto, YPF tenía un encargado responsable de recibir los tanques de agua y llevarlos hasta ser trasvasados a los piletones, que eran cubiertos. Desde ese momento, otro obrero de YPF tomaba la responsabilidad de cuidar los depósitos, y entregar, viaje por viaje, a los camiones aguateros, el agua para repartir casa por casa, oficina por oficina.

La válvula de descarga de los camiones estaba permanentemente cerrada y asegurada con una gruesa cadena y con un macizo candado.

La llave de ese candado la tenía un solo hombre en el Campamento, y que por ello, por esa responsabilidad, era llamado EL HOMBRE DEL AGUA POTABLE. Por muchos años le tocó al papá de quien esto escribe, cumplir con las obligaciones que el tener la llave representaba, por lo que éramos un poco privilegiados, en conocer cómo se desarrollaba todo el circuito. Ya explicamos cómo llegaba el agua a Plaza Huincul. Cuando los aguateros regresaban con el tanque del “Camión aguatero” vacío, pasaban a buscar a mi papá donde estuviera, a la hora que fuera, y se iban a cargar el tanque. Al lado de la cisterna, bajaban a una excavación dentro de la cual quedaban, la parte superior de carga del tanque, a nivel de la parte inferior o piso de la cisterna, recibiendo el agua por desnivel. Luego se dirigían a hacer el reparto a las casas. Para nosotros era una alegría verlos venir, porque corríamos a preguntarle que querían decir las letras YPF que tenían pintadas atrás del tanque.

Doña Felicinda del Carmen Barros y Don José Blas Rodríguez, junto a sus hijos (de izq. a derecha) Donato, Úrsula, La pequeña Juanita, en brazos de mamá, Martín, Marcelino y Jacinto (autor de esta nota)
Doña Felicinda del Carmen Barros y Don José Blas Rodríguez, junto a sus hijos (de izq. a derecha) Donato, Úrsula, La pequeña Juanita, en brazos de mamá, Martín, Marcelino y Jacinto (autor de esta nota)

 

Ya fuera Don Campos, Don Ñancupe, o Don Enrique Domini, nos contestaban divertidos: quiere decir… “YA PARIÓ FILOMENA” o “YO PEGO FUERTE”, etc, etc, en tanto iban haciendo su trabajo. Cada familia estaba provista por un tanquecito de agua, construido de Zinc con una tapa que cubría todo su diámetro, y con una canillita en la parte inferior.  Tenía una capacidad que oscilaba entre los 60 y 100 litros, según los miembros de la familia, y que con tres o cuatro baldes, llenaban rápidamente los aguateros. También esos baldes de acero, que eran para unos 20 litros de agua, se construían en los talleres de YPF. La gran mayoría de los elementos que se usaban en el yacimiento, eran construidos en los talleres del mismo por hábiles artesanos.

Tres veces por semana venían Don Domini, Don Campos o Don Ñancupe, con su precioso tesoro de agua potable, en invierno o verano, con frío o con sol. Entre risas y chistes, olvidando un poco que muchas veces andaban mojados hasta los huesos, seguros y orgullosos de su importante tarea en el yacimiento petrolero.

Con el Plan Quinquenal de Perón hacia los años “50, se construyó un acueducto por el cual se traía el agua potable directamente desde el Río Neuquén, y se terminaron para siempre los aguateros, y se perdieron entre los médanos y los tamariscos de los cercos, sus figuras dobladas por el peso de los baldes y sus alegres risas, cuando toda la purretada les preguntaba qué quería decir YPF.

 

 


Extraído del suplemento El Rey Petróleo de la revista Por siempre Neuquén – Nota escrita por Jacinto Rodriguez (Arín Leuvú) – Titulo original de la nota: El hombre del Agua Potable.


 

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