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El accidente del colectivo de YPF en 1966

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El 27 de enero de 1966 se incendió un colectivo que trasladaba trabajadores petroleros de YPF que cumplían funciones en cercanías de Catriel, y regresaban a Cutral Co y Plaza Huincul luego de un extenso diagrama laboral. Catorce trabajadores perdieron la vida. Fue el accidente más grave de la historia de YPF hasta el año 1976, cuando un avión de la empresa estatal cae a tierra luego de que se le desprendiera un ala en cercanías de la comarca petrolera.
Esta es la crónica de los sucesos publicada por un conocido medio periodístico de la época.

NEUQUÉN. Catorce muertos y ocho heridos graves, es el doloroso saldo de la explosión producida en un ómnibus de YPF.

El jueves 27 de enero fue un día caluroso en Neuquén, con temperaturas que en momentos, superaron los 40°.

Luego de una agotadora jornada de trabajo, de 8 horas continuadas, 35 trabajadores de la Sección Perforación y Montaje, que cumplían funciones en el pozo 14 en la Planta cercana a Catriel, subieron alrededor de las 21 a un ómnibus de la empresa, que habría de conducirlos hasta la ciudad de Neuquén.

Algunas protestas fueron insinuadas porque se habían encargado dos vehículos para realizar dicho viaje, pero por motivos no dados a conocer, la jefatura solo había hecho llegar uno, lo que obligó a realizar el trayecto —que no habría de terminar—, en una situación de hacinamiento, que hacía más intolerable aún el viaje, en un día de calor tan agotador y luego de una fatigosa jornada de trabajo.

No obstante, como era habitual, las risas, las bromas y las canciones, en un clima de franca camaradería, fueron matizando los 37 kilómetros que alcanzó a andar el ómnibus.

Accidente del colectivo YPF en 1966
El colectivo Bedford después del accidente.

Una Carga Peligrosa

La empresa tiene terminantemente prohibido el transporte de combustible o cualquier material explosivo en los ómnibus que conducen a los obreros. Sin embargo, alguien, sin pensar que ese hecho podría llegar a desatar tan terrible tragedia, llevaba bajo su asiento una lata con varios litros de nafta.

El calor, el hacinamiento y los gases que despedía el combustible —y que provocaron no pocas protestas por parte del pasaje—, habrían de provocar el horrendo desenlace que tendría lugar al llegar el vehículo al Paraje denominado Señal Picada.

Se encendió un cigarrillo y el fósforo encendido fue arrojado al piso. Hubo una explosión. Surgieron llamas por todas partes. Muchas de ellas, obstruyeron la salida y nadie pudo abrir la puerta de emergencia. Como es natural, todos trataron instintivamente de salir de allí, sin lograr más que acrecentar la confusión e impedirse mutuamente el paso.

El chofer perdió el control del vehículo, que se desplazó hasta ser contenido por una roca, situada al costado del camino. La tapa del ómnibus fue arrancada y voló por el aire.

Accidente del colectivo YPF en 1966
Un herido es bajado de la ambulancia en que se le condujo hasta el Aeropuerto de Neuquén . De allí a Buenos Aires.

En la Zona

La explosión fue tremenda. Su ruido alcanzó a varios kilómetros a la redonda y la alarma provocada entre los pobladores ayudó a que las autoridades tomaran conocimiento rápido del hecho y pudieran disponer los primeros auxilios.

Un poblador llegó inmediatamente en su caballo hasta el lugar del accidente y colaboró durante algunos minutos con los trabajadores que habían logrado salir ilesos del ómnibus fatal, procediendo de inmediato a dirigirse hacia Neuquén para dar parte del hecho. Asimismo, un automóvil que pasaba par el lugar, pudo transportar a los heridos que se consideraba más graves hasta la capital de la Provincia y avisar también a las autoridades.

La ayuda, si bien no se hizo esperar, resultó insuficiente, dado los pocos medios sanitarios con que cuenta Neuquén. No obstante ello, se puso a disposición todos los elementos materiales y cuerpo médico de su hospital y también se convocó a dadores voluntarios de sangre.

Accidente del colectivo YPF en 1966
El obispo Jaime de Nevares visitando a los heridos.

Desde Buenos Aires

Una de las primeras medidas consistió en avisar a Buenos Aires desde donde en el término de pocas horas pudo montarse un verdadero “hospital volante”.

El DC-3, fletado por YPF, al mando de los tenientes Villenour y García, con el Radio Operador Omar Correa y el mecánico Luis Nardelli, tuvo a su cargo el transporte de elementos aportados por el Instituto del Quemado, Cirugía Plástica y Reparo. Asimismo, viajó en dicho avión su director, doctor Fortunato Benahin, el doctor Clerio Zanetta al frente del equipo sanitario y la enfermera Maffía, del Departamento de Aviación Sanitaria M.T.P., quien a pesar de haber sufrido una dolorosa lesión en la pierna al ascender las escalerillas de la máquina, se mantuvo de pie todas las horas que fueron necesarias, cumpliendo así una labor doblemente meritoria.

Accidente del colectivo YPF en 1966
Interior del avión sanitario que trasladó a los heridos a Buenos Aires.

Muertos y Heridos

Como señalamos más arriba, de los 35 pasajeros del vehículo, solo 13 resultaron ilesos. Algunos heridos de suma gravedad, sobre los que había alentadoras esperanzas de poner a salvo, dejaron, sin embargo, de existir más tarde.

Costó individualizar los cadáveres carbonizados y aún humeantes, que despedían un olor difícil de soportar, lo que motivó que debieran derramarse innumerables baldes con agua sobre ellos. Las primeras identificaciones se hicieron en base a quienes se habían salvado, deduciéndose así, poco poco, a quién pertenecía el cadáver.

Los muertos son: Ernesto Cárdenas, José Carrizo, Alberto Hernán Allende, Arturo Arnaldo Sánchez, Vicente Ambrosio Alonso, Zacarías Ubaldo Poulesse, José Ortiz, Antonio Solís, Sergio Calderón, Francisco Solano Fuente, Francisco Franco, Agustín Sánchez, Roberto López y Luis Canale.

Los heridos, Luis Mimbre, Jacinto Casicuá, Enrique Durand, Pedro S. Amiguai, Juan Allegre. Roberto Zoppi y Leopoldo Avilés.

De los muertos, salvo tres — a cargo de un contratista particular—, todos los demás pertenecen al personal efectivo de Yacimientos Petrolíferos Fiscales.

De los heridos, Durand, Allegre, Mimbre, Amiguai y Casicuá, fueron trasladados en el avión ‘‘Esperanza”, que partió de Neuquén a las 8 y llegó a Buenos Aires a las 11.45, siendo internados en el Sanatorio Córdoba, situado en la avenida Córdoba 3371.

Accidente del colectivo YPF en 1966
Una enorme multitud en Plaza Huincul acompañó a despedir a los trabajadores.

Hasta ahora, las reacciones más favorables frente al tratamiento aplicado, resultaron las de Enrique Durand.

El velatorio y posterior entierro de los obreros tan trágicamente muertos, dio lugar a una singular expresión de congoja popular en vastas zonas de Neuquén y Río Negro, las que se hicieron notar especialmente en Plaza Huincul, localidad donde se efectuó el entierro colectivo de diez de los cadáveres, el sábado 29, en horas de la mañana.

En Plaza Huincul, Challacó y Centenario, se decretó duelo el día 28, desde las 12 y por el término de 24 horas; en Colonia Catriel y sus adyacencias, el duelo fue ese mismo día, también por 24 horas, pero desde las 4 de la mañana.

El presidente de YPF, doctor Facundo Suárez, así como otras altas autoridades de la empresa estatal, estuvieron presentes junto a miembros del Poder Ejecutivo provincial de Neuquén y Río Negro.

Una impresionante multitud desfiló frente a los diez féretros, e innumerables coronas florales testimoniaron el pesar de pobladores e instituciones de la zona.

Las escenas protagonizadas por los familiares, fueron inenarrables. Mujeres jóvenes han perdido a sus compañeros, muchos de los cuales, dado las características del trabajo, solo podían permanecer en su casa durante cuatro o cinco días por mes.

El dolor fue general, y una larga caravana en pos de los diez vehículos fúnebres, marchó desde el hall de la Municipalidad —donde se realizó el velatorio colectivo—, hasta el cementerio, mientras los comercios entornaban sus puertas, las banderas permanecían a media asta, y el cotidiano viento cordillerano seguía soplando ininterrumpidamente desde hacía varias horas.

Pero —y he aquí un hecho singular—, al arribar el cortejo al Cementerio e iniciarse el dramático entierro de las diez víctimas, el furioso viento que había soplado durante todo el día —como si también hubiera querido testimoniar su solidaridad frente a tanta desgracia y tanto dolor—, cesó sorpresivamente y una calma completa sirvió como marco al acto de sepelio colectivo de los trabajadores petroleros.

Las flores se acumularon frente a las tumbas. Él sol siguió lanzando todo el ardor de sus rayos veraniegos. El acto había finalizado, y —a pesar de la tremenda desgracia que a todos embargaba—, porque la vida es así, todo siguió andando como de costumbre, como si nada hubiera pasado, como si en tantos humildes hogares obreros, no se hubiera producido un vacío, Imposible ya de llenar.

La vida seguía. Ahora había que ocuparse de los heridos, de quienes si bien hablan logrado escapar de la trampa mortal, aún no estaban totalmente fuera de peligro, y aún debían ser definitivamente salvados.

Cuando todos abandonaban el Cementerio de Plaza Huincul, pudo verse a pobladores nativos, que retardaban sus pasos “como quien no quiere la cosa”, para poder rendir, al final, su tradicional homenaje, consistente en arrojar sobre las tumbas recién cubiertas, puñados de tierra, formando cruces.

Accidente del colectivo YPF en 1966
Familiares y amigos, acompañados de todo un pueblo.

La reflexión se impone: ¿qué pasó en Señal Picada?

Desde luego que la culpa directa del grave accidente, es de quien en forma tan irresponsable y burlando expresas instrucciones y lo que su propia experiencia debía dictarle, intentó transportar esa lata con nafta, cuyos gases acumulados produjeron la explosión y posterior incendio del vehículo.

Pero existe también un hecho difícil de disimular. El encargado del contingente de obreros había solicitado dos vehículos para realizar el viaje de los mismos hasta Neuquén, y solo llegó uno. Esto produjo el hacinamiento que fue motivo para que —una vez producida la explosión—, los hombres no tuvieran la facilidad necesaria para poder bajar y escapar así del voraz incendio.

YPF, en este caso no ha sabido brindar a sus trabajadores —a quienes cumplen una labor particularmente sacrificada— todas las condiciones de seguridad que son necesarias. Es un caso de negligencia que no puede ser ignorado ni dejarse de lado, porque los trabajos en el Pozo 14 deberán proseguir, los viajes cotidianos de Catriel a Neuquén volverán a sucederse, y es necesario arbitrar todas las medidas que impidan que un hecho de esta naturaleza o cualquier otro hecho que ponga en peligro vidas humanas, pueda repetirse.

El precio ha sido muy alto. Hay catorce hogares que lloran hoy la pérdida de un ser querido, y hay catorce vidas útiles arrancadas al trabajo creador. Hay aún heridos que no pueden considerarse absolutamente fuera de peligro.

Accidente del colectivo YPF en 1966
Profundo dolor de los familiares.

Por eso, se hace necesaria esta reflexión y por eso también es imprescindible que las autoridades responsables aseguren de ahora en adelante, que nunca más vuelvan a repetirse situaciones tan trágicas, que los trabajadores se vean rodeados de todas las medidas pertinentes, para garantizar sus vidas. La improvisación debe dejarse de lado. En esta hora de su evolución, YPF tiene posibilidades de dar todos los pasos necesarios para evitar accidentes como el comentado, y quienes hoy están a su frente no pueden ignorar que, posiblemente, el primer deber, sea el de brindar seguridad a la vida de quien brinda su esfuerzo, día a día para hacer posible un futuro de grandeza al país.

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Esa es otra historia

Publicado en la revista Así nº 525, año XII, del 8 de Febrero de 1966


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