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Viruela: La guerra Bacteriológica

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El coronel Napoleón Uriburu (Jefe de la IV división del ejército) le escribe al Inspector y Comandante General, desde el campamento El Mangrullo, el 2 julio de 1879, y en el último párrafo dice textualmente:

“Los indios vienen con mucha viruela; los pocos a quie­nes no le ha dado antes, la tienen ahora y les sigue a todos; es una verdadera epidemia entre ellos. Voy a man­darle una remesa de esa gente al cacique Purrán. Saludo a V.S. – Napoleón Uriburu”

El cacique Paine que huía de las Pampas con su gente fue capturado y luego liberado como enviado emisario ante Purrán, que merodeaba por la margen opuesta del río Neuquén con sus mil lanceros. Se le permitió llevar consigo diez paisanos enfermos de virue­la, con el fin de que la epidemia se propagara entre las fuerzas de aquel cacique. De esta manera se instituía la guerra bacteriológica.

Sobre este episodio, el día 17 de julio del mismo año de 1879, en otra comunicación dirigida al señor Comandante de la línea del Negro y Neuquén, coronel Conrado E. Villegas, dice también textualmente:

“El 2 del corriente mandé al cacique —prisionero— con su familia y diez apestados de viruela, llevando una comunicación a los indios de Purrán. Firmado: Napoleón Uriburu”

La Conquista del Desierto - Fotografía tomada por Antonio Pozzo
La Conquista del Desierto – Fotografía tomada por Antonio Pozzo
La epidemia

Las enfermedades, sobre todo la viruela, hicieron estragos antes, durante y después de la campaña del desierto. Dicha enfermedad demostró ser un  «agente» bélico de importancia en la lucha contra los pueblos que habitaban la región.

Los indios capturados luego de la expedición militar (varones, mujeres y niños) eran embarcados en el puerto de Carmen de Patagones o por el de Buenos Aires y conducidos a Martín García, lugar utilizado por el Estado como penal. Luego de un período de tiempo variable, de acuerdo fundamentalmente a la cuarentena establecida por las autoridades médicas, la mayoría de las mujeres y niños se repartieron entre las familias porteñas que deseaban acogerlos y el resto fue reunido por sacerdotes salesianos en distintas misiones, incorporados al ejército, como ya lo había sido otro núcleo de indígenas antes de la Campaña o bien retornaron a las tierras otorgadas por el gobierno nacional. Un número importante dejó de existir, víctima sobre todo de la viruela que ya había aparecido como epidemia en los campamentos militares y que los mismos indí­genas acarrearon a la prisión isleña y luego a Buenos Aires.

La gran mortalidad indígena de viruela se debía a que éstos con­traían el virus en condiciones de baja inmunidad, por lo que éste adquiría un carácter maligno mucho mayor.

La viruela podía presentarse en diferentes formas; las más graves se denomi­nan viruela confluente y hemorrágica y las formas más benignas, viruela dis­creta.  Casi todos los prisioneros sufrían la viruela confluente y muy pocos la discreta.

La prensa, se mostraba sorprendida que los prisioneros no hubiesen sido vacunados en forma masiva antes de ser trasladados. Por los informes de Olascoaga se sabe sin embargo que los capturados por la III División fueron vacunados. También en Carmen de Patagones se vacunó a la población indígena luego de la Expedición al Río Negro, en el año 1881. El periódico La Pampa denunciaba:

«…la invasión del mal la debemos al descuido ejercitado por el Ministerio de la Guerra. En efecto, él sabía por telegramas que había recibido de los jefes de la frontera, que la viruela diezmaba a los indios. Esto no obstante, dio orden de que esos indios fuesen remitidos a esta ciudad. Vinieron, fueron distribuidos en las casas de familia y después se produjo lo que era natural que se produjese. Gran número de estos indios, que traían ya desde el desierto el germen del mal, cayeron enfermos, atacados de la peor clase de viruela. El contagio no tardó en producirse y a la fecha los casos se han multi­plicado tanto que han puesto en alarma a la población y han determinado a la Municipalidad a lanzar manifiestos incitando a todos a precaverse contra él haciéndose vacunar«.

El periódico señalaba la falta de previsión de las autoridades que aun conociendo la situación en la frontera, permitían el ingreso de los contagiados a Buenos Aires. Así proponía que

«…lo que debe hacerse es aislar completamente a los indios y a la guarnición de Martín García, como también a la de las fronteras, prohi­biendo sobre todo de un modo absoluto que venga de allí un solo indio», llevándoles las medicinas y facultativos necesarios para atacar el mal».

Sin embargo, muchos indios no fueron vacunados, con lo cual no sólo se intro­dujo peligrosamente un foco de contagio sino que indirectamente se aseguró su desaparición, bajo un arma que era a la vez terriblemente eficaz y desculpabilizante.  Se desarrollaron entre diversos intelectuales posturas que culpaban a los mismos indígenas de ser incapaces de desarrollar adecuadamente cuidados higiénicos o bien, que por ser inferiores físicamente a la civi­lización occidental, no podían hacer frente con mayor éxito a la viruela.

La mayoría de los indígenas capturados durante la campaña militar estaban enfermos de viruela, lo cual se hizo evidente en los primeros meses de su prisión, cuando fue necesario habilitar en Martín García un lazareto para cuidar de ellos. En los momentos de mayor alcance de la enfermedad en la isla, se produjeron mas de un centenar de muertos por día, llegando en ocasiones a superar los doscientos.

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Esa es otra historia

Fuentes:

  • Baigorrita, drama histórico de la conquista del Neuquén, de Gregorio Alvarez, Editorial Pehuen.
  • Robar el Paraiso. Indios, viruela y bautismo en Argentina (1870-1884), de María Silvina Di Lascia – Revista Quinto Sol – N° 4 – Año 2000

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