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Un terremoto en Plaza Huincul (Homenaje a Edgardo Antoñana)

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Por cierto es que en nuestras vivencias todos nos parecemos un tanto, aunque no todos tengamos el mismo ADN, pero no es menos cierto que solo un puñado de nosotros logrará conseguir el carné en el Club de la Vida en condición de SOCIO INOLVIDABLE.  EDGARDO ANTOÑANA consiguió con sobrados méritos entrar en esa categoría por la puerta grande. Un “tipazo” que fue capaz de cometer los mayores sincericidios frente a una cámara ante ciento de miles de personas, con la naturalidad que su compañera Dominique le enviara un mensaje de salutación a alguien de su familia, recitar un poema de Neruda con la prestancia de Pancho Ibañez seduciendo al público femenino, enfrentar sin soslayos a colegas periodistas deportivos y no darle respiro al videografista por la cantidad de títulos que generaba, entrevistar a personajes de peso y nivel internacional con la seguridad “Odol” de Cacho Fontana. Podía ser el más ácido, crítico y duro ante la presencia de un acto de corrupción pero también el más blando, sensible y llorón ante la imagen de un perrito con una patita quebrada. Dueño de una nobleza inquebrantable para defender a su equipo y acariciador permanente del alma con las personas que apreciaba. El hizo maestría del periodismo trabajando en alguno de los medios más prestigiosos del mundo, pero también recogiendo frutas en algún lugar de Europa para sobrevivir, produciendo en café fashion o con Susana Giménez, presentando artistas en algún boliche, haciendo radio en alguna FM o trabajando en la bolsa de valores. EL conocía la calle, mucho más que la mismísima gallega del GPS. Edgardo que no temía perder ese espacio en el noti, era consciente que su fecha de vencimiento se aproximaba y fue capaz de reinventarse hasta convertirse en la pieza, tal vez la más emblemática de TN.

En la comarca petrolera lo vimos crecer de pichón y para los que lo conocemos desde entonces él es y será: “EL TERREMOTO”, que ya de chico junto al tanito “el terror” Coretti que soñaba con ser aviador, correteaban las calcinadas arenas del zanjón persiguiendo lagartijas hasta llegar a la Pasto Verde y visitando en el recorrido a la piedra Patoruzú, jugar un rato en el carro de la sodería y esperar que oscurezca un poquito para ir a espiar pícaramente a “la casa de chapa” hasta que la policía los descubriese y echar a correr. Ya en la adolescencia se internaba en el club Argentino y allí comenzó con la práctica de algún deporte, aunque su verdadero talento lo demostró jugando al mus de seis, con 8 reyes para ver quien pagaba la vuelta. Y empezó a asomarle algún vestigio de lo que sería cuando grande mientras hacíamos estudios terciarios en Neuquén, por entonces Edgardo nos taladraba los oídos a Richard Montalbán y a otros compañeros, relatando partidos de fútbol de su independiente adorado. Se arrimaba su mano derecha empuñada a la boca y empezaba el juego: “Santoro la toca para Pancho Sá, de primera para el chivo Pavoni, se la pasa a Balbuena, éste para el polaco Semenewicz…Galván, el toque para Bochini”… y allí arrancaba una serie de paredes con Bertoni, que podía durar 15 minutos hasta llegar a transformar en un estirado gol esa mágica jugada, con la impronta del gran José María Muñoz o del relator zonal Francisco Radivoy con los goles de Chipo, de quien también Edgardo fuera hincha.

Edgardo que ya brillaba con su traje y sus compañeros, egresando en la Escuela Nacional de Comercio de Plaza Huincul. Año 1972
Edgardo que ya brillaba con su traje (en el medio, el de color claro) y sus compañeros, egresando en la Escuela Nacional de Comercio de Plaza Huincul. Año 1972

Nunca se lo pregunté, pero me parece que el relato profesional de encuentros de fútbol fue el único sueño que le quedó por cumplir. Y un día el atrevido, el cabrón y cascarrabias después de haber paladeado un par de wiskies eligió disputar un mano a mano al mus, en una rara porfía donde estaba en juego su honestidad y honor, apostó su propia vida con la muerte y la maldita y traicionera, acostumbrada a jugar con los naipes marcados, no le aceptó el envido a la grande, ni a la chica, ni a los pares, pero le dijo quiero a un órdago al juego, ganándole de mano la partida con 31. Muchos te lloramos por acá, pero nos quedamos fascinados después de compartir las múltiples expresiones de cariño de tus compañeros de laburo, a quienes les has dejado huellas tan marcadas y profundas como pisada de dinosaurio, idénticas a las que imprimiste en nosotros y conociéndote estoy seguro que si hay revancha AMIGO EDGARDO ANTOÑANA, si hay revancha, la ganás vos, porque ésto es solo un antojo de Dios, que quiso que le relates los partidos de la selección rodeado de perritos abandonados meneando sus colas.

Soy Rubén “conejo” López y es octubre del 2.017.-

 


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