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Norte Neuquino

Evasión planificada de la cárcel de Chos Malal (1896)

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En los primeros años, cuando se daban los pasos iniciales para una vida organizada del Territorio, las necesidades del personal policial que debía atender las demandas de seguridad en este vastísimo espacio, eran por demás considerables. Otros aspectos determinantes fueron la escasa remuneración, el atraso en los pagos y el deficiente nivel de instrucción de la tropa. Evidentemente, la “paga” no resultaba un atractivo por lo que las plazas de gendarme o agente eran cubiertas mayormente con individuos de regular condición (hay notar la gran cantidad de recibos de sueldos hasta bien entrado el 1900, donde las firmas eran estampadas “a ruego” del empleado por no saber firmar). Esas circunstancias no propiciaban la existencia de una Fuerza cuyo personal subalterno satisficiera plena-mente el ideal que se esperaba de la misma, salvo honrosas excepciones que, en algunos casos, las crónicas de la época supieron rescatar con justicia.

La Ley de presupuesto asignaba una muy exigua partida para sostener el rubro seguridad en los Territorios Nacionales, lo que daba por resultado un insuficiente número de efectivos para asistir medianamente a una jurisdicción de algo más de cuatro mil leguas cuadradas de geografía mayoritariamente montañosa y con una población muy dispersa. Otro aspecto a considerar era la proximidad con la República de Chile, con más población y con muchos pasos, accesos o boquetes que hacían posible el ingreso y libre circulación de malhechores que asolaban los crianceros e incipientes poblaciones obteniendo suculentos botines y ganado, a veces a costa de las vidas de sus pacíficas y esforzadas víctimas. Estos forajidos, luego de cometer sus fechorías y conociendo el escabroso terreno como la palma de sus manos, rápidamente traspasaban la cordillera regresando a su origen con los despojos logrados y a partir de allí su persecución resultaba sumamente dificultosa.

Estando vigente este panorama, por cierto no muy alentador, en la noche del 12 al 13 de enero de 1896 se registró una fuga de la cárcel o del “cerrito” como comúnmente se conocía el lugar del Departamento de Policía en Chos Malal que servía de alojamiento para los detenidos. De allí imprevistamente trece presos se dieron a la fuga junto con el personal policial encargado de la custodia que en la huida se alzó con algunas armas y municiones, generándose tras ello la consiguiente alarma en la tranquila población una vez que se conoció la novedad.

Alameda y Policía en Chos Malal. A la derecha, salon de fiestas de Gabriel Cirer. A la izquierda, Casa de Familia del Coronel Olascoaga, 1903. Foto ilustrativa, Tapa del libro
Alameda y Policía en Chos Malal. A la derecha, salón de fiestas de Gabriel Cirer. A la izquierda, Casa de Familia del Coronel Olascoaga, 1903. Foto ilustrativa, Tapa del libro “Chos Malal, entre el Olvido y la Pasión”.

A esta altura cabe hacer notar también que, no obstante el cuadro expuesto anteriormente en lo que respecta a la calidad de los guardianes del orden, existía un clima no muy favorable entre la misma dotación debido al desgano y a cierto resentimiento que en algunos hombres había generado la imposición de algunas sanciones disciplinarias. Además de una evidente pereza había una firme intención de continuar desempeñándose en forma irresponsable y haciendo menos de lo preciso, por lo que a esta respuesta adversa se sumó también la idea de elaborar un plan de fuga que pudo ser mantenido en absoluto secreto por más de dos meses.

El día del suceso la guardia de los reclusos estaba a cargo de solamente cuatro gendarmes, dado que el grueso del personal, en atención al aumento del movimiento de personas a través de la frontera, debió ser desplegado para cubrir o reforzar los puestos de control o boquetes.

En horas de la madrugada, conocida la evasión, se pudo, aunque con cierta dificultad, conformar un grupo de treinta personas, entre policías, empleados de la gobernación y vecinos colaboradores para emprender la persecución y captura de los fugados y de los policías desleales.

Una de las comisiones formadas, al cabo de un tiempo observó rastros que se dirigían al cerro “Mayal-Mahuída” distante a unos diez kilómetros del pueblo, en cuya zona los evadidos efectivamente habían tomado posiciones haciendo varias descargas contra los perseguidores ni bien los tuvieron a tiro de fusil. A partir de allí las patrullas comenzaron a rodear el sector tratando de cortar los accesos o lugares que pudieren facilitar una huida a la vez de ofrecer el menor blanco posible a los disparos continuados que efectuaban los fugitivos.

El peñasco aludido, de poca altura, tiene una áspera y escabrosa conformación, no existiendo más de cuatro lugares para su descenso que comunican a los parajes “Chacay- Melehue”, “Butalón”, el río Neuquén y el valle que éste forma.

La posición alcanzada por los fugados los favorecía enormemente pues tenían un dominio amplio e ideal para controlar a quienes iban en su persecución, procurando por medio de los disparos a que detuvieran su avance o al menos que no se acercaran más.

Transcurrieron muchas horas hasta que la alta temperatura de un verano particularmente caluroso, el cansancio y la sed, minaron el ánimo de los escapados que no contaban con provisiones u otros medios para soportar por más tiempo un asedio tan prolongado, por lo que dándose por vencidos optaron por rendirse y entregarse. Del grupo solo dos no pudieron ser recapturados, por cuanto a poco de abandonar el pueblo se separaron del conjunto y tomaron otras direcciones.

De regreso a la cárcel y debido a las deficientes condiciones de la misma que no garantizaban la imposibilidad de otra fuga, los presos necesariamente debieron continuar alojados engrillados.

El semanario “Neuquén”, haciéndose eco de este suceso, exhortó a las autoridades gubernamentales para que adopten medidas tendientes a subsanar deficiencias y evitar casos análogos y que, si bien en este episodio no se registraron graves consecuencias, las circunstancias que rodearon al mismo bien podían haber dado lugar a un resultado peor e incluso fatal.

Pasado el consiguiente nerviosismo y vuelto las cosas a su sitio, siguieron escuchándose quejas, incluso periodísticas, llamando a la reflexión a los funcionarios para que se modifiquen las condiciones y consideraciones perjudiciales para los presos. También se proponía que debían cesar las tolerancias impropias para el cuerpo de gendarmes del que, salvo excepciones, adolecía de falta de moralidad, competencia y celo en el cumplimiento de su deber. Se sugería prestar más atención abonándoles puntualmente, proveyéndoles vestuario y calzado apropiado, a la vez de impedir que cualquier forastero o interesado que se presente sea incorporado ocupando una plaza de gendarme sin tomarse en cuenta la responsabilidad que el mismo iba a asumir a partir de que tendría a su cargo la vigilancia de la población y el cuidado de sus intereses. Necesariamente, la persona que iba a ocupar tan importante puesto debía ser conocida, sin vicios ni malos hábitos, buena familia y antecedentes irreprochables. Aquí volvemos otra vez sobre el viejo problema. Si se tiene en cuenta el escaso número y las características o la conformación social de los habitantes en esa época y su entorno, no se daba la posibilidad de hacer algún tipo de selección. Había que aceptar lo menos malo.

Debido a estos graves sucesos y fundamentalmente por la masiva fuga de los presos, el Gobernador Franklin Rawson, mediante el Decreto N° 2 fechado el 19 de enero de 1896, suspendió al Jefe de Policía y al Comisario de Ordenes, basando su decisión en que los mismos no estuvieron a la altura de su alta misión y responsabilidad. También hizo alusión a la importante y activa cooperación que prestaron los empleados de la Gobernación y vecinos, lo que posibilitó la aprehensión de los presos y guardianes prófugos, agradeciéndoles su patriótico y eficaz auxilio.

A través de una disposición similar (Dto. N° 3) en la misma fecha, ordenó a la Jefatura de Policía la inmediata baja de los gendarmes Manuel Acosta, Cándido Navarrín, Ramón Molina y Gregorio López, éstos últimos Sargento y Cabo de Cuarto al momento de la evasión, quedando todos a disposición del Juzgado Letrado. (Semanario “Neuquén” N° 67 y 68)

He hallado otro antecedente similar pero que solamente habría sido producto de un rumor, no obstante, igualmente es evidencia clara de las situaciones que se generaban a nivel de la conducción por las especiales condiciones y características del personal policial que carecía de preparación suficiente como para someterse a un sistema que se sustenta en pautas disciplinarias concretas para garantizar un ordenado y efectivo desenvolvimiento de la organización.

Se trata de dos comunicaciones telegráficas, enviadas en fecha 12 de julio de 1907 a la Jefatura de Policía por el titular de la Inspección de Zona Sección Centro, que por esos tiempos tenía su asiento en Las Lajas, cuyo contenido es el siguiente:

“En este momento infórmome por vecinos que han oído murmuraciones que se trama una sublevación de presos y gendarmes contra suscrito. Creo por ciertas causas que; si se produce hecho, Comisario Serna apoya sublevación. Origen es haber ordenado suscrito bajas dos sargentos y dos gendarmes que ebrios promovieron ayer desorden. Si se produce hecho solicitaré ayuda vecinos que ofrecense. (…) Se que Comisario Serna solicitó licencia en previsión ocurra lo expuesto mi telegrama anterior. Opino conveniente no concedérsele. Hay once presos entre contraventores y delincuentes; no hay forma tenerlos seguros. Firmado: Caprara – Inspector”.

Clara muestra de una incontrastable y dura realidad de aquellos viejos tiempos.

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Esa es otra historia

Extraído del libro: Guardianes del Orden, Primera recopilación de datos y antecedentes históricos de la policía de Neuquén 1879-2000, Tomo 3, de Tomas Heger Wagner


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