Este artículo titulado “Los Chasques del Desierto” de Félix San Martín fue publicado el 1º de enero de 1937 en el Diario La Nación.
No puede precisarse desde que fecha data la existencia de las tribus araucanas en los que es hoy el territorio de la Patagonia. La primera mención que de ellas hacen los cronistas de la conquista no va más allá del año 1551, al referirse a la “entrada” que entonces hiciera el Capitán don Jerónimo de Alderete, a la sazón segundo de Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile.
En cuanto a la lengua que hablaban, hay varias constancias que diferían en algo de los indígenas trasandinos de su misma raza. Tal vez fuera una forma dialectal, o la apuntada diferencia solo consistiera en modismos regionales. Por otra parte, aún se discute si los araucanos son autóctonos de Chile, o una raza conquistadora llegada del Oriente en época remota a aquel país. Como quiera que sea, tenemos el hecho de la radicación de tribus araucanas en lo que es hoy la Patagonia desde un lejano pasado.
Ya sea por incapacidad, o por el orgullo racial del conquistador que lo llevaba a mirar con desprecio todo lo que no fuera español y cristiano, lo cierto es que, no solo no cuidó de estudiar la vida de los pueblos americanos que subyugaba, sino que sistemáticamente destruyó los preciosos elementos que tal vez pudieran, sino aclarar el misterio de sus orígenes, por lo menos revelarnos los secretos de sus culturas. De ahí que los estudiosos del pasado de América vayan dando tumbos en sus investigaciones, aceptando la hipótesis para abandonarla mañana ante los nuevos problemas que plantea el descubrimiento de ruinas de ciudades ciclópeas, de monumentos desconcertantes o de necrópolis misteriosas. Hay claros inmensos en los estudios de las culturas de la América precolombiana, claros que, desgraciadamente, no podrán llenarse por la pérdida absoluta del cuerpo documental que con seguridad debió existir a la llegada del conquistador, y que este, con una ceguera de la que no podrá redimirse ante la historia, destruyó bajo el anatema de herejía.
Ante esta pobreza de fuentes de información cobra importancia cualquier rasgo de la vida de los pueblos aborígenes, sorprendido en la afanosa búsqueda, pues él contribuye a la reconstrucción histórica que tan penosamente van realizando los investigadores del pasado americano.
Nuestros treinta años de vida fronteriza, en medio de los miserables restos de las tribus ayer señoras del desierto, y en la misma área geográfica en que ejercieron su poderío, nos han permitido rastrear algo, siquiera de sus viejas costumbres, mantenidas en la intimidad de los “toldos” o en el recuerdo atormentado de los ancianos sobrevivientes a la catástrofe que abatió a su raza.
La naturaleza del medio geográfico en que viven los pueblos primitivos imprime a sus hábitos y costumbres caracteres que son su reflejo. Las tribus araucanas, dispersas en el amplio sector comprendido de Norte a Sur entre los ríos Barrancas y Limay, y de Oeste a Este entre el macizo de los Andes y la vastedad de la pampa, debieron ajustar sus métodos de vida a las imposiciones de su inmensa heredad. Pensar que su existencia se desenvolvía como una de las tantas especies de la fauna regional, como la incomprensión de algunos autores supone, es caer en el mismo error en que incurrieron los conquistadores ignaros y brutales. Su ética acusa un agudísimo espíritu de observación, sin el cual fatalmente hubieran perecido o descendido a un nivel bestial. Escrutaban los misterios de la naturaleza con su provecho de salvadoras enseñanzas, y lo que para muchos de nosotros no serían sino supersticiones ridículas, tal vez encierran penetraciones profundas en el arcano del cosmos. Sin que esto importe una irreverencia, nos atreveríamos a afirmar que el hombre urbano de nuestros días, perdido el contacto con la naturaleza, está incapacitado, no solo para comprender, sino hasta para acercarse a ciertos fenómenos que rigen la vida, entendiéndose ésta en su más lato concepto. Hay cosas realmente sorprendentes en los conocimientos de los indígenas en ese sentido. Alguna vez nos referiremos a ellas, pues hoy debemos limitarnos al tema objeto de esta colaboración pedida por el gran diario en que aprendimos a leer.
Uno de los problemas más serios de la vida de las tribus regionales debió ser el de la mutua comunicación. Si bien parece ser que vivieron en un cuasi perpetuo estado de guerra, motivado por ambiciones de predominio de sus caciques o por la disputa de campos de caza, causas tan humanas como idénticas a las que en todos los tiempos determinaron los conflictos armados entre los pueblos, hubo períodos, mas o menos largos de paz. Y era entonces cuando volaban a través de las distancias los mensajes de congratulación por sucesos prósperos, o por adversidades espiritualmente compartidas, llevadas de viva voz, ya que se carecía de escritura, por los chasques, figuras de singular significación en la vida azarosa del desierto, cuyo relieve se agrandaba en los casos frecuentes en que por su intermedio se pedía, dentro de un término perentorio, una alianza para hacer la guerra o para afrontar a la que se era provocado.
Este interesante personaje de la vida del desierto debía reunir condiciones especiales que le permitieran el feliz desempeño de su difícil profesión. Su campo de operaciones era la solitaria inmensidad de montañas y llanuras, en la que a los peligros del acecho del enemigo se unían los riesgos de un clima bravío y los no menos ciertos del vado de ríos caudalosos y arrolladores torrentes. Esto exigía físico robusto hecho a la fatiga y la intemperie, capaz de soportar hambre y sed, fuerte voluntad para vencer la mil contingencias propias de largos viajes a campo traviesa, sagacidad para sortear lo imprevisto, memoria extraordinaria para trasmitir fielmente el mensaje del cual muchas veces dependía la existencia de su parcialidad, cuando no el éxito o el fracaso de la gestión que motivaba su viaje, perfecto conocimiento de todas las rutas aún de las mas ocultas en la fragosidad de las montañas y en las temidas “travesías” seguridad para rumbear en la noche llevando de guía a las estrellas, ojo experto de rastreador para individualizar los rastros que encontrara en la huella. Debía resumir, en fin, la ciencia del desierto, en la que desde el grito de las aves hurañas hasta la nube que vuela en las alturas, tiene su lenguaje, y saber jugase la vida sin un temblor en las carnes ni en el ánimo.
Se explica, entonces, el esmero que se ponía en la elección y formación de tal sujeto, que en el orden de la vida de las tribus asumía un papel importantísimo, y a quien se rodeaba del respeto de todos y de la estima de los jefes. Todo esto nos lo explicaba un araucano octogenario con visible satisfacción ante el interés que mostrábamos escuchándole.
De entre los niños de la tribu se elegían los mas despiertos, no importaba el número, y un anciano comenzaba a aleccionarlos. Comenzaba primero a enseñarles a hablar con dicción clara y enfática, haciéndoles repetir frases al caso. Durante la lección los alumnos debían permanecer de pie, bien plantados y erguida la cabeza. Luego se les mandaba a un toldo vecino con un recado cualquiera, el que debían trasmitir en la rígida actitud ritual. Repetido este paso tantas veces como fuera necesario, hasta obtener un desempeño correcto del educando, se alargaban las distancias de la prueba y la extensión de los recitados. De ahí se pasaba a recorridas a caballo, que a su vez iban alargándose paulatinamente, y en los que la rapidez de la marcha entraba a tener tanta importancia como la fidelidad en la transmisión del recado. Este debía vocearse a la puerta del “toldo” indicado sin que el pequeño jinete se desmontara, y escuchada la respuesta volvía al punto de partida, donde se repetía la misma escena.
Tal aprendizaje duraba años, hasta que llegados los muchachos a la pubertad, se los sometía a pruebas severas, lanzándoles a puntos lejanos a través del desierto, palenque futuro de sus correrías tras la caza y de los lances inciertos del “malón”.
Probada la aptitud profesional, el “mocetón” quedaba incorporado de hecho al grupo de chasques de la tribu, en la que no era extraño que la mitad de sus lanceros lo fuera.
Es presumible que las tribus, antes de tomar posesión del caballo, formaran sus chasques peatones por los mismos procedimientos que acabamos de reseñar. Múltiples versiones de los cronistas de América refieren casos asombrosos de la rapidez con que corrían los aborígenes. Los querandíes alcanzaban por pie al venado y al ñandú; los chasques del Inca cubrían distancias enormes en tiempos increíbles; los araucanos llevaron desde el Mapocho al Cautín, con pasmosa rapidez, la noticia de la aparición del hombre blanco en sus fronteras. Y así como fueron grandes corredores pedestres, luego que montaron a caballo se convirtieron en jinetes infatigables, señoreando el desierto por espacio de tres siglos, merced a la adopción del nuevo elemento que el destino puso en sus manos. Desde entonces se agrandó su poderío, porque virtualmente no hubo para ellos distancias, cruzando el continente de mar a mar en el galope fantástico de sus “malones”, pues así como ellos fortificaban su físico con el ejercicio y la intemperie, adiestraron sus caballos y les dieron un fondo que hoy nos parece de leyenda. Sus chasques han tranqueado el desierto en todos los rumbos, ora llevando los pedidos de alianza para la “invasión” inminente, ya el aviso de la “entrada” del cristiano en sus dominios, o bien el llamado a “parlamento” para dirimir cuestiones de su política interna. Viajes fabulosos por las distancias cubiertas y los tiempos empleados, documentan la capacidad de hombre y bestia para actuar en aquel medio rudo, como que al fin eran sus criaturas.
Bien podemos evocar la figura legendaria del chasque del desierto sobre el mismo terreno de sus proezas. Parécenos verlo trotar por el sendero que faldea la montaña cubierta por un ligero manto de nieve en una madrugada otoñal. Jinete de su fuerte pingo serrano, ceñida la frente por la vincha roja que sujeta su melena, estropeada la casaca de cuero, deshilachado el chiripá por las espinas del bosque, calzadas sobre las botas de potro las nazarenas, la lanza terciada sobre el armón, boleadoras a la cintura, la mirada inquieta escrutando hacia todos los rumbos, bien está en el paisaje montañés de severa belleza. Diríase un halcón cetrino llevando a la lejanía quien sabe qué mensaje..
Félix San Martín
Sobre esta transcripción
Este texto fue publicado en 1937. En consecuencia, conserva categorías, giros y modos de denominación de los pueblos originarios propios de entonces, que hoy podrían resultar inadecuados. Se mantiene la transcripción sin intervenciones a fin de preservar su valor testimonial y permitir una lectura situada sobre cómo se pensaba y se narraba la Patagonia y los pueblos originarios en la Argentina de la primera mitad del siglo XX.
En particular, el artículo recurre a términos y enfoques característicos de su tiempo (por ejemplo, «araucanos», «raza», «desierto» y expresiones afines) que hoy se leen a la luz de debates sobre autodenominación e identidad, pero también sobre representaciones del territorio y lenguajes que invisibilizan o simplifican la presencia indígena.
Esta distancia no anula el interés del artículo, al contrario, pero sí exige una lectura crítica: el lenguaje no es neutral y responde a marcos culturales e ideológicos. Debe considerarse además que el texto combina observación, interpretación y una marcada voluntad literaria, con tendencia a idealizar rasgos, generalizar prácticas y construir figuras arquetípicas (como la del «chasque del desierto«).
Resulta importante destacar el valor que adquiere la dimensión oral en la reconstrucción de esta historia: el autor apoya parte de su relato en una escena narrada en primera persona («nos lo explicaba un araucano octogenario…»), que remite a formas de transmisión de memoria basadas en el testimonio y la experiencia. Sin idealizarlo, ese registro permite aproximarse a un tipo de conocimiento que circuló a través de relatos de quienes alcanzaron a vivir esas prácticas o a escucharlas de quienes las vivieron.
Rodrigo Tarruella (editor Más Neuquén)
Más Neuquén es una publicación declarada de interés por el Congreso de la Nación (355-D-20 y 1392-D-2021 / OD 391) y la Legislatura del Neuquén (2373/18), por su aporte al conocimiento e historia del Neuquén.
Fuente: Artículo de Félix San Martín publicado en La Nación el 1 de enero de 1937, titulado “Los Chasques del Desierto”.
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